Mis paginas

lunes, 4 de octubre de 2010

MI AMIGO MURIO EN UN ACCIDENTE

Un amigo de la escuela tuvo un accidente y murió. Me afectó demasiado, me siento extraña, como fuera de mí misma, sin ganas de nada ni siquiera salir, no creo que sea miedo si acaso un poco, es que no es justo, él tenía 20 años igual que yo, es horrible, me la paso viendo fotos y correos que me mandaba, o nuevos que no contesto. Quisiera que alguien me dijera algo que me ayude o qué se hace en estos casos.
RESPUESTA
En estos casos se siente lo que tú sientes y se llora mucho. Dicen que el tiempo ayuda y es cierto, porque todo pasa y esto también pasará, pero pensarlo no te consuela. En el fondo, cuando ha habido mucho afecto, no se desea terminar de inmediato con el sufrimiento, es como un tributo para el ser querido, así que te toca sufrir intensamente durante una temporada. Sin embargo...
Es mucho lo que puedes y necesitas hacer. Puesto que te sientes extraña y fuera de ti misma, te urge volver, “sentirte en casa”. ¿Dónde estamos en casa? En ese sitio que sabemos nuestro, conocido y confortable que nos hace sentirnos a salvo. La dirección de dicho lugar no es terrenal o humana, sino espiritual. Se trata de lo más profundo del propio ser, de la propia alma. Bien afianzados en ella, si nos es preciso abandonar relaciones e iniciar otras nuevas, cambiar de rumbo, mudarnos de domicilio o de país, o cualquier cosa igualmente fuerte, seguiremos donde debemos estar: en nosotros mismos, en casa, a pesar del dolor y del estremecimiento. Quizá quieras repetir en tu interior: “Yo soy (tu nombre completo con apellidos) y estoy aquí”. Esto para volver en ti. Y agregar: “Querido (el nombre de tu amigo que dejó este mundo), tú estás allá. Te tocó partir antes que a mí. Gracias por todo lo que en vida me diste. Seguirás viviendo en mi corazón. Haré algo bueno en memoria tuya”.
Suele suceder que cuando alguien tiene un destino inesperado, como tu amigo, intuimos su dolor y el de su familia y, por cariño, quisiéramos poder hacer algo en su favor. Por supuesto que no sabemos qué, pues tales dolores son personales y es imposible que nadie los sufra en lugar de otro. Tampoco podemos aliviarlos. A veces, atinamos a rezar por su consuelo o a escuchar su pena. Esto sirve. También a ti te serviría conversar lo que sientes, hasta disiparlo. Se dice que “lo que no se conversa, se imprime”. ¿Quién desearía que se te quedaran impresas para siempre las dolorosas sensaciones actuales? Llegará el día en que vuelvas a la alegría de tu juventud, si buscas con quién platicar, inclusive si fuera con un psicoterapeuta. Y pide abrazos a quien tengas confianza y quiera dártelos, sin que sean eróticos. Estos últimos tienen el riesgo de hacerte confundir los enormes sentimientos que ya tienes, con un apasionamiento. Espera un poco, para que cuando digas “te amo” sea verdadero, y no el producto de una confusión. Te deseo paz.
“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com o al teléfono 7 63 47 28

No hay comentarios:

Publicar un comentario