Qué bueno que exista un día para felicitar a los papás. En éste hay permiso para reconocer la importancia del padre y el profundo amor que el hijo o hija tienen para él. Amor indestructible. Sobrevive en las más adversas circunstancias, en ocasiones oculto bajo una gruesa capa de resentimiento o de lealtad hacia la madre. Pero ahí está. Es el impulso masculino que libera al hijo del “hechizo de mamá” y lo lanza fuera del nido, al mundo exterior, a la conquista.
Qué importante es mamá. Ella es útero, casa, lo interior, receptividad, la relación del hijo consigo mismo. El proceso no está completo sin la intervención de papá. Él es lo que penetra, el sembrador, dar de sí, volcarse hacia lo exterior, la relación del sí mismo con el mundo de afuera.
Hace algunas décadas, un autor definió al mexicano en estos términos: “Exceso de madre, ausencia de padre y abundancia de hermanos”. Si tal afirmación fuera verdad, estaría describiéndonos como sujetos domésticos, aferrados a lo conocido, temerosos de lanzarnos a lo nuevo e incapaces para concretizarlo, trabados en una lucha por la supremacía con los de la propia casa. ¡Qué importante es papá! Él debe respetar, resistir y superar el impulso del hijo a quedarse con mamá y seducirlo a triunfar en su medio ambiente, hacerlo exitoso.
Entre nosotros, el día del padre es, con mucho, menos popular que el día de la madre. Todavía existe en demasía el “mis hijos”, en lugar de “nuestros hijos”. Pero en esta festividad es posible detener la corriente de la costumbre, volverse a mirar a papá con amor y decirle, en voz alta o en el corazón: “Tú eres mi padre y yo soy tu hijo o hija. Te llevo en mis genes y en mi corazón. Gracias por la vida y por todo aquello que has podido darme. Es suficiente. Lo demás, a mí me toca obtenerlo”.
Quiero narrar una experiencia reciente. Cuando presenté el cuento “Calixto el castor”, que trata de un padre que debe irse de casa y dejar a sus hijos al cuidado de otro castor, una señora compró el librito y lo dejó en algún sitio, a la vista. Su nieta lo tomó, se lo llevó ocultamente a la escuela y allí la maestra lo leyó al grupo. Grande fue la sorpresa cuando aproximadamente diez niños dijeron que tal era su vida, porque no vivían con su papá. En palabras de la niña, vivió una muy buena experiencia al poder hablar con otros niños de lo que cada uno sentía, se hicieron amigos entre sí, y agregó: “Qué lástima que ya se va a acabar el año, porque me gusta tenerlos como amigos”. La añoranza por papá los había puesto en contacto.
Termino diciendo: “Felicidades, papás, gracias por existir”.
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