Todos queremos ser buenos. Ésta es una necesidad tan
poderosa, que cuando cometemos un error,
sufrimos e iniciamos un proceso de “ajuste” que ocupa nuestros pensamientos. Nos
decimos: “¿En verdad estuvo tan mal?,
“No tenía otra alternativa”, “Espero que nadie lo sepa” y cosas por el estilo,
encaminadas a devolvernos al estado de inocencia.
No queremos cometer errores. De hecho, nadie comete uno
consciente y deliberadamente si cree que su acción resultará, para él, más mala que buena. En todo error subyace una
buena intención, inclusive en el delito: “Tendré más dinero si robo esa
cartera”, “Mis familiares quedarán vengados”, “Obtendré el puesto eliminando a
este competidor ”...
El concepto de lo que es bueno o malo nos fue inculcado;
cada persona posee uno propio y suyo, del cual emanan creencias que rigen
vigorosamente al individuo. No existe juez más severo que el que portamos
dentro; compara cada impulso, deseo, pensamiento o acción con el código de
paradigmas grabado en el interior de cada uno. No obstante, los humanos lo
contrariamos, y a esto llamamos “errores” o “pecados”. Los cometemos grandes y
pequeños, triviales y graves. Una vez cometidos, se tienen dos grandes
alternativas, que encierran muchas otras: sentirse responsable, o culpable.
¿Cuál es la diferencia?
El que opta por la responsabilidad se dice a sí mismo:
“Este error es mío, yo lo cometí, me corresponden las consecuencias”. Entre
ellas está asumir la falta, resarcir el daño cuando hacerlo es posible y no ocasiona
más daño, y convivir con la nueva imagen, de ya no inocente.
Quien opta por la culpabilidad, que como dije más arriba
desea con todo su corazón ser bueno, comenzará a buscar métodos para liberarse
de responsabilidades, principalmente permaneciendo en la inconsciencia,
contándose mentiras, intentando modificar al juez o entregándose a la expiación
inconsciente. Prefiere cualquier cosa, menos sentirse responsable. Su frase
favorita es: “Yo no tuve la culpa”. Lo que sigue a esta decisión de seguir
percibiéndose inocente a pesar de todo, es un universo subjetivo de
falsedad, angustia y enfermedad física o mental.
El código moral de nuestro juez interior no
necesariamente está siempre en lo correcto, puede contener paradigmas absurdos
que corresponden a la historia y creencias de la familia que lo compiló, como
por ejemplo, la doble moral que tradicionalmente rige en nuestra cultura para
hombres y mujeres. Sin embargo, beneficioso o nocivo, su tarea es comparar y
dictaminar si hay incongruencia entre sus normas y las conductas.
Este juez es incorruptible, en el sentido de que con nada
se le seduce para que olvide la
incongruencia entre lo sucedido y el código del bien y el mal inculcado; él
seguirá presionando de manera cada vez más poderosa, inclusive si la consecuencia
es la muerte. Incorruptible, pero no inmodificable; el estado de conciencia
tiene la facultad de fungir como poder legislativo que reforma, modifica o
redacta nuevas leyes. Repito: desde el estado de conciencia; lo cual significa
que el individuo se hace responsable también del contenido de su código. Esto difiere
grandemente del estado de inconsciencia en la culpabilidad que busca,
inútilmente, modificar al juez.
Cuando alguien decide promulgar una nueva ley, el
implacable juez interno la somete a escrutinio y señala que tiene incongruencia
con las grabaciones originales; por lo tanto, produce el acostumbrado
sentimiento de culpa. Entonces, el legislador necesita asumir esa “culpa” y
decirse: “Yo lo determino así”. Bert Hellinger, el creador de Constelaciones
Familiares, afirma que sin culpa no hay desarrollo; es decir, que mientras se
obedece incondicionalmente al código, sin traerlo a la conciencia y examinarlo,
somos como robots pre programados que ejecutan sus rutinas a la perfección, en
estado de inocencia, y de inconsciencia.
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