Mi hijo de 7 años está en primero de primaria, su maestra
nos citó porque el niño tuvo una pelea con un compañero y casualmente golpeó a
otro, nos dijo que en la escuela no se admitiría el “bulling”. Yo la escuché
con reserva, conozco a mi hijo y sé que no es abusivo, pero en el coche mi
esposa le daba consejos que no estaba yo de acuerdo, le decía que valía más
ceder que pelear con sus compañeritos y me di cuenta que tenemos muchas
diferencias de criterio para educarlo, porque yo sé cómo se establecen las
jerarquías entre los niños hombres, hay que defenderse o abusan de uno. ¿Qué
podemos hacer para unificar los criterios entre nosotros y no confundir al
niño?
RESPUESTA
No te preocupes, no es necesario que se unifiquen los
criterios. Los niños saben perfectamente que a mamá le gustan unas cosas y a
papá otras y conocen lo que cada uno valora. Para ellos no es conflictivo que
papá prefiera ver el futbol y mamá una telenovela, lo que los atemoriza es
verlos discutir con ánimos de ganar e imponerse, y más aún si alguno utiliza al
hijo como campo de batalla o como rehén. “¡Niño, si te gusta el futbol juégalo,
no lo veas, eso es para holgazanes!”;
“¡No quiero que veas telenovelas, te vas a volver afeminado!”. Esta
lucha de poder entre los padres sí divide al hijo, porque él los quiere a los
dos y está disponible para obedecer a los dos, pero si desea acompañar a papá a
ver un juego, siente que está traicionando a mamá, y si acompaña a ésta
mientras ve una telenovela, siente que traiciona a papá. Y aún más lo confunde
si en el altercado se menciona el amor: “Si quieres a tu hijo, deberías
enseñarlo a que se defienda”, “si quieres a tu hijo, no lo empujes a que busque
ser golpeado”. En expresiones como éstas, no está en discusión si los padres
aman al hijo, puesto que ambos lo aman, sino quién tiene la razón y gana.
En lugar de querer unificar los criterios -tarea
imposible porque cada cabeza es un mundo-, sería preferible que los padres
llegaran al acuerdo de respetar los valores individuales, y así lo mostraran al
hijo en su oportunidad. “Ya sabes que a mí no me gusta que te metas en peleas,
pero tu papá opina que debes aprender a defenderte; está bien, juega rudo con
él (o alguna otra idea que papá tenga)”; “Ya sabes que yo creo que los hombres debemos
saber defendernos y no ser dejados, pero tu mamá quiere que también aprendas a
ceder; escúchala y fíjate en dónde puedes practicar lo que te enseña”.
Cuando los padres logran la muy difícil tarea de respetar
los valores individuales de su pareja, el hijo se siente contenido por ambos,
aprende de los dos y también se convierte en un ser respetuoso, porque está
respirándolo. Los hijos toman de nosotros no solamente lo malo, también lo
bueno, nuestros logros.
El respeto a los valores de otro suena mil veces más
fácil de lo que verdaderamente es. Cada persona ha elaborado su escala de
valores a través de años de vida y experiencia, es lo más preciado que tiene y
desea inculcársela al hijo; que la pareja pretenda aportar otro modo de pensar
e introducirlo en la vida del niño, la saca de quicio con facilidad. El respeto
implica pensar que no solamente mis pensamientos son valiosos, también los del
otro; confiar en que el otro se ha esmerado tanto como yo en elegir lo mejor
para valorarlo y que no es necesario que yo le gane e imponga mi criterio, sino
que puedo escucharlo y darle espacio a su aportación.
“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar
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