Pues bien, después de más de cuatro años, terminé de
escribir mi novela EL QUE SE FUE A LA VILLA. Estoy contenta. Es una historia de migración, pues todos
los personajes emigran, ya sea de su tierra natal, clase social, antigua
familia o pensamientos acostumbrados. Algunos buscan el cambio, otros lo
detestan, pero éste igual se presenta aunque no lo llamen, obliga a cada uno a
encontrarse consigo mismo y contemplar su ser. De buen o mal grado, todos son enfrentados
a lo difícil, complejo y adverso que lo nuevo suele traer consigo, dentro de un
escenario fronterizo que no es campo ni corazón de la ciudad, no pertenece a
las clases bajas ni a las altas, no es de avanzada y tampoco de la retaguardia,
sino una clase media que la alta considera baja y que en muchos aspectos vive
mejor que los privilegiados por la fortuna. Todos los miembros de esta familia
se ven comprometidos a tomar decisiones que les facilitarán instalarse en el
nuevo territorio, o sentirse faltos de pertenencia. Además, el relato involucra
a México y su historia como protagonista de la narración
Terminar un libro da mucha
satisfacción, permite mirar atrás y ver cumplidas las diversas fases del
proceso creativo: dejar que la imaginación vuele, mire la realidad desde muchos
ángulos y engendre cosas nuevas; dar forma, ilación, estructura y verosimilitud
a estas imágenes creadas; sacar de la mente y trasladar al papel los resultados
de los procesos anteriores; y por último, tener el valor de mostrar a otros la
propia visión. Ninguna es fácil, pero descubrirla ante los demás tiene un grado
especial de dificultad; estoy segura de que en muchos armarios existen
escondidas obras de arte que sus autores no se atrevieron a exhibir. ¡Huy! Uno
está consciente de que no a todos les va a agradar en la misma medida; algunos
quizá lo digan, otros lo piensan y no falta quien siente la necesidad de
arremeter en contra de lo expresado; sin embargo, siempre será valioso para el
propio desarrollo hacer acopio de fortaleza y mentalmente decir: “Esta es mi
obra, así pude hacerla. Deseo que guste, pero si no, de todas maneras contiene
lo mejor de mí y es mi logro”.
Terminar otra novela
también me permite mirar más atrás aún, cuando publiqué mi primer libro: “Quién
entiende a las mujeres”. Recuerdo la gentileza del Periódico a.m., que me hizo
una entrevista. La reportera, muy joven, me preguntó: “¿Por qué comenzar a
escribir a esta edad?”. Yo tenía unos cincuenta años. Inicialmente me sonrojé
con su pregunta y tardé un poco en responder; indagaba en mi interior los
motivos por los que no había comenzado antes y me disculpaba ante mí misma
pensando que había tardado más de diez años en completar aquel mi primer libro,
luego caí en la cuenta de que aun así no era una jovencita al comenzar y que nuestra
cultura adora la juventud. Con la velocidad del pensamiento retrocedí hasta el
año en que fue fundada la carrera de periodismo en la Universidad La Salle,
UBAC en aquel tiempo, por los hermanos y el Ing. Enrique Palos. Fui de la
primera generación. Muy buenas las clases, pero deserté porque sentí que no
tenía nada que decir; me faltaba vivir y reflexionar. “Hasta ahora se me dio”, respondí.
Tardé varios años más en asumir que las vocaciones pueden surgir en cualquier
edad, y en la madurez son doblemente valiosas; ahora escribir da mucho sentido
a mi vida, precisamente en una etapa que se caracteriza por la necesidad de insertarse
activamente en ella, en lugar de esperar y “dignarnos” aceptarla, como cuando, por
la juventud, es la vida quien nos empuja y envuelve en todos los aspectos.
“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar
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