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lunes, 16 de febrero de 2015

ESTEREOTIPOS


La Conquista es una herida que sangra desde hace 500 años. La mantenemos abierta de muchas maneras. Es como si volviéramos a tocar un mismo disco que siempre canta la misma canción: comienza igual, dice lo mismo y termina igual.

Nuestros ancestros, conquistadores y conquistados, de día hacían la guerra y de noche, el amor. Entre las sábanas engendraron a México, su hijo, pero el odio mutuo ocasionó que ni España ni las culturas sometidas pudieran tomarlo con la ternura que necesitaba un País recién nacido. Lo compararon consigo mismos, no era exactamente español, ni exactamente indígena, sino mezcla de ambos. Les pareció inferior y le enseñaron a sentirse así. Muchas generaciones han pasado y todavía escuchamos: “¡Qué mal está México!” y “pareces indio”.

El recién nacido País estaba y está decidido a vivir. Sobreponiéndose a su tragedia, se afirma a sí mismo y grita desde el fondo del alma: “¡Viva México!”, “como México no hay dos”. Y lo cree, pero en un lugar secreto guarda la duda: ¿en verdad estoy bien?, ¿merezco codearme con otros países?, ¿ganarles en deporte?, ¿hacer transacciones comerciales provechosas?, ¿me toca siempre perder?

México también se porta como su padre, el conquistador, al que solo interesaba el saqueo. Muchos políticos suben a desvalijar lo que encuentran y ponerlo en su bolsillo, su trabajo es un “hueso” para roer. Jamás se sienten “servidores públicos” porque su intención no es servir, sino aprovechar al máximo el trienio o el sexenio, en lo que se acaba. Necesitados de impunidad, fabrican leyes para legitimar el despojo o culpan al “crimen organizado” de sus fechorías. No les interesa lo que pasa con la gente, si muere de viruela o de inanición, porque no es “su gente”, sólo habitantes de una tierra buena y extraña que “mana leche y miel”.

Así mismo, México se porta como su madre, la cultura indígena. Violada, despojada y sin posibilidad de defensa, entrega al hijo al trabajo y a la esclavitud. Somos aguantadores. Ingeniosos para sobrevivir con casi nada. Conscientes de la injusticia y de que rebelarse no sirve, salvo para que nos hagan desaparecer. Hartos de guerra y saqueo, miramos impávidos cómo  los fuertes se llevan lo nuestro, lo sacan del país o lo despilfarran en nuestras narices. Nos importa seguir vivos. Hemos perdido la fe en la guerra y las revoluciones que quitan a un “dueño” para poner a otro, mientras seguimos igual.

Familias también repiten la tragicomedia del idilio entre conquistadores y conquistados. Él, obligado a alejarse de los suyos que lo necesitan, inseguro de su paternidad, en la mente con el recuerdo de la madre, hermana o novia violadas (hace cinco siglos) que lo hace sentir en la mujer un punto flaco donde puede ser herido y humillado. Prefiere volverse conquistador, reír, presumir y fanfarronear, dejando al garete el fruto de su simiente. Ella, violada y humillada (hace cinco siglos) por mal que se sienta, ha de hacerse cargo sola de los hijos y, si fuera necesario, dar la vida por ellos. Ha aprendido a no extrañar al ausente, su hombre, y a no necesitarlo, porque sufriría más si lo esperara y no volviera; por desencanto enseña a sus hijos a no respetar a su padre y a guardarle un rencor infinito.

En mi novela “El que se fue a la villa” describo, a través de las peripecias de diferentes personajes, estos y otros estereotipos que pensamos ya no existen y nos mantienen atorados, de los cuales no tenemos la culpa; sin embargo, al repetirlos, nos volvemos responsables de las consecuencias.  El libro ya está en librerías.

“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com , o en facebook.com/Pascua Constelaciones Familiares.

 

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