La Conquista es una herida que sangra desde hace 500 años. La
mantenemos abierta de muchas maneras. Es como si volviéramos a tocar un mismo
disco que siempre canta la misma canción: comienza igual, dice lo mismo y
termina igual.
Nuestros ancestros, conquistadores y conquistados, de día hacían la
guerra y de noche, el amor. Entre las sábanas engendraron a México, su hijo,
pero el odio mutuo ocasionó que ni España ni las culturas sometidas pudieran
tomarlo con la ternura que necesitaba un País recién nacido. Lo compararon
consigo mismos, no era exactamente español, ni exactamente indígena, sino
mezcla de ambos. Les pareció inferior y le enseñaron a sentirse así. Muchas
generaciones han pasado y todavía escuchamos: “¡Qué mal está México!” y “pareces
indio”.
El recién nacido País estaba y está decidido a vivir. Sobreponiéndose a
su tragedia, se afirma a sí mismo y grita desde el fondo del alma: “¡Viva
México!”, “como México no hay dos”. Y lo cree, pero en un lugar secreto guarda
la duda: ¿en verdad estoy bien?, ¿merezco codearme con otros países?, ¿ganarles
en deporte?, ¿hacer transacciones comerciales provechosas?, ¿me toca siempre
perder?
México también se porta como su padre, el conquistador, al que solo interesaba
el saqueo. Muchos políticos suben a desvalijar lo que encuentran y ponerlo en
su bolsillo, su trabajo es un “hueso” para roer. Jamás se sienten “servidores
públicos” porque su intención no es servir, sino aprovechar al máximo el
trienio o el sexenio, en lo que se acaba. Necesitados de impunidad, fabrican
leyes para legitimar el despojo o culpan al “crimen organizado” de sus
fechorías. No les interesa lo que pasa con la gente, si muere de viruela o de
inanición, porque no es “su gente”, sólo habitantes de una tierra buena y
extraña que “mana leche y miel”.
Así mismo, México se porta como su madre, la cultura indígena. Violada,
despojada y sin posibilidad de defensa, entrega al hijo al trabajo y a la
esclavitud. Somos aguantadores. Ingeniosos para sobrevivir con casi nada.
Conscientes de la injusticia y de que rebelarse no sirve, salvo para que nos
hagan desaparecer. Hartos de guerra y saqueo, miramos impávidos cómo los fuertes se llevan lo nuestro, lo sacan
del país o lo despilfarran en nuestras narices. Nos importa seguir vivos. Hemos
perdido la fe en la guerra y las revoluciones que quitan a un “dueño” para
poner a otro, mientras seguimos igual.
Familias también repiten la tragicomedia del idilio entre conquistadores
y conquistados. Él, obligado a alejarse de los suyos que lo necesitan, inseguro
de su paternidad, en la mente con el recuerdo de la madre, hermana o novia
violadas (hace cinco siglos) que lo hace sentir en la mujer un punto flaco
donde puede ser herido y humillado. Prefiere volverse conquistador, reír,
presumir y fanfarronear, dejando al garete el fruto de su simiente. Ella, violada
y humillada (hace cinco siglos) por mal que se sienta, ha de hacerse cargo sola
de los hijos y, si fuera necesario, dar la vida por ellos. Ha aprendido a no
extrañar al ausente, su hombre, y a no necesitarlo, porque sufriría más si lo
esperara y no volviera; por desencanto enseña a sus hijos a no respetar a su
padre y a guardarle un rencor infinito.
En mi novela “El que se fue a la villa” describo, a través de las
peripecias de diferentes personajes, estos y otros estereotipos que pensamos ya no existen y nos mantienen atorados, de
los cuales no tenemos la culpa; sin embargo, al repetirlos, nos volvemos
responsables de las consecuencias. El
libro ya está en librerías.
“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar
con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com , o en facebook.com/Pascua Constelaciones Familiares.
No hay comentarios:
Publicar un comentario