Sólo aprecia la amistad aquel que la ha vivido; es decir,
que en alguna época de su vida intercambió afecto, lealtad y sinceridad con
otro ser humano. Para que esto suceda, muchas veces se requiere abandonar la
propia soberbia y acercarse al amigo con humildad, a fin de poder decir y
actuar: “Yo soy como soy y tú eres como eres, así podemos relacionarnos”.
Las amistades que tenemos durante la vida nunca son
iguales unas a otras; algunas son breves, otras duran años, quizá décadas; en
unas hablamos mucho, en otras poco; las hay profundas y superficiales; que
iluminan muchas facetas o pocas, quizá sólo se dan en el trabajo, en ser
vecinos, en acompañarse al cine o mandarse mensajes por Whatsapp, pero todas
tienen la magia de hacernos sentir conectados con otros seres humanos.
Las personas tenemos gran necesidad de sentirnos
conectadas con otras personas, y esto lo logramos con los recursos que tenemos
y con los que nos sentimos cómodas utilizando; si mi corazón está abierto
exclusivamente para compartir mensajes en la red, eso hago; si prefiero
relacionarme cara a cara, no faltará quien me corresponda porque tiene la misma
necesidad que yo.
Cada persona lleva su amistad hasta donde puede y es
capaz, y hasta donde los amigos están dispuestos a dar y recibir. Estas medidas
son siempre respetadas, aun si intentáramos rebasarlas; quien no estuviera
dispuesto a recibir sólo aquello que pueden darle, se sentiría víctima de una
mala amistad, lo cual sería falso: no basta con que nosotros estemos
disponibles para dar mucho amor o mucha presencia, si el otro no los toma o no
puede recibirlos, estaríamos forzando la situación. Quizá yo le ofrezca venir a
mi casa a cenar o llevar mi cena a la suya para compartirla, el otro siempre
reaccionará de acuerdo con sus necesidades. Sentirse uno defraudado porque el
amigo no acepta el ofrecimiento, es camino seguro hacia la frustración y el
sentirse traicionado.
Generalmente duele comprobar que un amigo está menos
disponible que uno para el intercambio amistoso; los humanos solemos ser tan
egocéntricos que nos creemos la medida de todas las cosas. Recoger el propio
corazón y aceptar que aunque mi hambre afectiva es mayor, el otro sólo puede
ofrecerme algún saludo casual o una salida esporádica a tomar café, es como
necesitar una comida en forma y tener que conformarme con una galletita, ¿pero
serviría de algo reclamar al otro o intentar forzarlo a que me sirva lo que yo
espero y me hace falta?
Damos y recibimos amor de acuerdo con nuestra capacidad y
necesidad de hacerlo. Algunas personas critican duramente que ahora muchas
relaciones se dan a través de una pantalla, pero si esa es la medida en que
ambos amigos se sienten cómodos interactuando, ¿sería bueno tratar de
impedirlo? ¿Habría más amor o más unidad en el planeta si lográramos que nadie
se comunicara por las redes?
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