Es difícil exagerar la importancia de saber dar las
gracias. ¿Gracias a quién? A la fuente de un beneficio: los padres, los hijos,
la pareja, los amigos, los vecinos, el jefe, el gobierno, el franelero, los
campesinos, los maestros, los científicos, la naturaleza, la vida, Dios…
Para ser agradecido se requiere humildad. La humildad es
la verdad. El humilde sabe que necesita de los demás; el no humilde sufre
humillación cuando tiene que pedir y recibir. “¿Yo qué te pido?”, dice la
soberbia. “Quiero hacerlo yo solo”, dice el niño que comienza a caminar,
olvidando que a su alrededor hay manos solícitas cuidando sus pasos. Y cuando
logra trepar a la silla o subir el escalón, no dice “gracias, mamá” o “gracias,
papá”, espera ser felicitado por su proeza y no le reconoce méritos a nadie,
sólo a él. Eso está bien en los primeros años de vida, pero después, hay que
reconocer el continuo intercambio que nos hace humanos. Ninguno de los raros
ejemplares de salvajes que se han descubierto, crecidos sin familiares, tipo
Tarzán, lograron el buen desarrollo de su potencial.
Las personas agradecidas tienen los ojos muy abiertos y
ven; las no agradecidas prefieren cerrarlos y no darse cuenta de lo que
reciben. Peor si tampoco quieran darse
cuenta de su falta de gratitud, entonces recurren a la arrogancia y critican el
don, encontrando en él todos los defectos posibles; se les sirve una comida y
la encuentran fría, grasosa, agria, fuera de hora, en platos feos, mal
presentada, en un mantel de pésimo gusto, etc., etc.
¿Por qué nos resulta difícil dar las gracias? “No me
gusta deberle nada a nadie”, solemos decir y está bien, siempre y cuando
reconozcamos el bien recibido y correspondamos a él, o por lo menos expresemos
gratitud. Lo contrario es como sacar una prenda del almacén y no pagar su
precio. Es arrogancia, merecimiento infundado. Cuando alguien cae preso de la
arrogancia, prefiere robar, sufrir, sentirse víctima, pasar necesidades o
cualquier cosa desagradable, pero no agradecer. Me ha tocado escuchar a divorciados que no recuerdan con gratitud un
solo momento agradable de su ex pareja, no le dicen por ti supe lo que es
encariñarse, estar casado, ser padre o madre… he oído a hijos que hablan pestes
de sus padres y jamás aceptan una llamada, un apoyo o una idea de ellos para no
tener que reconocer que también les dieron cosas buenas… a ex empleados que detestan antiguos empleos y
compañeros de trabajo como si la convivencia no les hubiera servido de nada. Y
tienen razón, los regalos que no se toman son inútiles. No se toman para no
tener que dar las gracias.
El adulto seguro de sí acepta y recibe con gratitud
cuanto la vida le da. La prosperidad está íntimamente relacionada con saber
recibir, ser recipiente y tener recipiente en donde guardar lo que uno aprecia.
Sin recipiente, puede uno sacarse la lotería y en poco tiempo estar más pobre
que antes o heredar una fortuna y dejar que se le escurra entre los dedos. No
importa el tamaño del don, se irá si no se le toma, se le guarda, se le corresponde
y agradece. Cada uno de nosotros puede saber si es buen recipiente imaginando
primero que recibe de golpe muchos millones y enseguida pillando los
pensamientos que se le vienen a la mente: yo lo daría a los pobres, ayudaría a
mucha gente, me dedicaría a gastarlo, me dedicaría a viajes, diversiones, vino,
mujeres y canto, me volvería vicioso, cambiaría de amistades… o me alegraría y
daría las gracias.
También podemos saber si somos agradecidos si apreciamos
lo que la vida nos va dando: amores, amigos, un domicilio, un hogar, compañeros
de trabajo, cosas simples y cotidianas… opuesto a ver todo tan defectuoso que
no tengamos motivo para dar las gracias.
“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar
con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com , o en facebook.com/Pascua Constelaciones Familiares.
Gracias, muchas gracias Lolita.
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