Solemos llamar “eso” a alguna culpa que preferiríamos no recordar ni darle
nombre; errores, desaciertos, decisiones lamentables o épocas oscuras que
maltratan nuestro ego y nos hacen sentir menos admirables de lo que querríamos
sentirnos. ¡Duele tanto no ser perfecto!
Todos los humanos tenemos un "eso" para sufrirlo.
Igual todos
sabemos que la perfección no existe, es sólo un concepto, un pensamiento y
sin embargo, el dolor que provoca contemplar la supuesta distancia entre lo que
somos y lo que debiéramos ser, nos vuelve vulnerables a la enfermedad y la
desdicha. Esa distancia es la culpa.
La culpa es
una fuerza tan poderosa como la gravedad. De manera automática e
inconsciente, hace a la persona buscar la absolución para regresar a la buena
conciencia. Cada uno de nosotros prueba un “tratamiento” distinto para
liberarse y sentirse bueno.
Generalmente,
lo primero que probamos contra la culpa es apartar de ella la mirada, negarnos,
no sentirla ni asumirla. "Yo no hice nada… siento que no era yo… bebo para olvidar…". Esta opción no sirve;
la culpa sigue allí, sin ser escuchada. Al no escucharla, cometemos errores o
injusticias cada vez mayores.
Otro método inútil consiste en endosarla:
“Me dejé seducir… confié en ti y me engañaste…
mis padres me enseñaron mal… la gente se aprovecha de mi nobleza…". No sirve para regresar a la buena conciencia, pero sí para sentirse
víctima impotente.
Un tercer
método inútil es disfrazarla cambiándole de
nombre: "Estoy deprimida… tengo baja
autoestima… me siento insatisfecha… me detesto…”.
Un cuarto
método -que suele ser automático, inconsciente y muy dañino- es la expiación; pagar la culpa mediante un castigo que es ajeno al asunto,
puesto que no repara el daño:
"Desde aquella falta he tenido mala suerte… creo que Dios me está castigando… pagué mi delito con multa o cárcel…". Tiempo y dolor perdidos porque nunca son suficientes y el cuerpo “paga” con malestares psicosomáticos.
¿La solución? La culpa se resuelve mirándola, asumiéndola, integrando la
experiencia a la propia historia: "Malo o bueno, lo hice yo; soy
responsable y tomo las consecuencias".
Con asumir la culpa ¿deja uno de sentirla? No; hace las paces con ella, convive con ella, se
hace el ánimo a ser menos perfecto de lo que ambicionaría, se fortalece, se
sabe diferente sin dejar de amarse y sin necesitar la aprobación de las demás
personas, abandona las descalificaciones y las actitudes oposicionistas. "Fue mi decisión… vivo como he decidido vivir…
fue lo que supe hacer… sabía que era injusto o que ocasionaba dolor a mis padres (pareja, hijos,
amigos…) pero así fue como quise o pude comportarme, acepto las consecuencias
de mis actos… soy el resultado de todo lo que he vivido… siento haberme
equivocado…”.
En este punto, llevan una ventaja los que verdaderamente creen en Dios: le pueden entregar su culpa.
“Esto hice y lo siento; por favor, Dios, tómame como soy, con todos mis errores, y
transfórmame”.
Si su fe es tan grande como para creer que sí son aceptados y amados
tal como son, pueden amarse, renunciar a sentirse perfectos y dejar de pelear
consigo mismos y los demás.
Sería lo opuesto a pensar: “Dios me va a castigar”.
“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar con ideas, temas,
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