Las emociones son contagiosas y los humanos, vasos
comunicantes que las proyectamos y recibimos, igual que si éstas fueran gas o
líquido pasando de unos a los otros, sin que en todas las ocasiones lo
advirtamos.
Seguramente has visto a alguien bostezar y bostezaste;
llorar y lloraste, reír y reíste. Te encuentras decaído pero llegas a un sitio
donde hay personas alegres por algún evento que no es tuyo, y sales de ahí
tonificado; o contento y vas a donde dos están peleando y terminas molesto.
Nadie permanece triste dentro de un estadio repleto de fanáticos que vitorean a
su equipo, ni alegre asistiendo a un funeral desgarrador. Cuando alguien no
puede “sintonizar” con el estado de ánimo de un ambiente, se aleja de ahí; es
demasiada la presión para que se incluya.
Puede pensarse que lo anterior se debe a los actos
externos que captan los sentidos (sonidos y movimientos de júbilo o tristeza),
lo cual contribuye pero no es todo; somos vasos comunicantes que intuimos más
allá de las apariencias: sentimos lo que el otro siente, lo imitamos, nos
nivelamos con él y con su estado de ánimo. También a la inversa: si tenemos
mucho de algo, ya sea euforia, optimismo, amor, tristeza, desencanto, rencor, desprecio…
lo compartimos, del mismo modo que la temperatura se expande y tiende a la
uniformidad, calentando lo frío y enfriando lo caliente.
Somos sembradores que derramamos a nuestro paso
“semillas” que germinan en las personas que se cruzan en nuestras vidas. Así
mismo, acogemos las que ellas sueltan, con sus palabras y acciones. En este
proceso de intercambio, nuestro libre albedrío queda peligrosamente reducido a
casi nada; es resultado automático de las circunstancias del día.
Por fortuna tenemos consciencia; es decir, capacidad de
darnos cuenta y elegir lo que queremos, y ésta abarca los estados de ánimo. Existe
el mito de que somos impotentes ante los sentimientos. Falso. Podemos actuar
sobre ellos a través del libre albedrío, eligiendo lo que guardamos o desechamos
de nuestro corazón. Con ello, determinamos el tipo de semillas que propagamos
en los ambientes que más nos importan.
Una persona hirviendo de ira que anda buscando en quién o
qué descargar su enojo, parece estar consciente y no lo está; la domina el
exceso de energía destructiva que la invade. Si fuera capaz de detenerse y
darse cuenta de que está volviéndose peligrosa, posiblemente elegiría para sí
misma otro rol menos antipático.
Sólo a través de actos conscientes podemos cuidar nuestro
corazón y cultivar en él lo que queremos sentir; lo contrario, dejarnos llevar,
sin timón, nos convierte en masa. “Rebaño”, le llaman algunos.
Hay quienes tienen la costumbre de hacer un inventario de
sí mismos antes de irse a dormir, lo cual es un acto de consciencia: ¿cómo me
siento?, ¿qué hice en la jornada?, ¿con quiénes me encontré?, ¿cómo me porté
con ellos, y ellos conmigo?, ¿me agrado?, ¿es así como quería vivir mi día?
Darnos cuenta de que fuimos contagiados con emociones y
sentimientos que no nos agradan, permite que digamos: “Esto no es mío, lo
devuelvo a su dueño”. “Me enojé porque el marido de mi amiga la ofendió; pero esto
es de mi amiga y a ella toca resolverlo, yo me encargo de mis asuntos y elijo
la paz”.
Quedarnos solamente con los sentimientos propios, que son
de uno porque proceden de una vivencia personal específica, simplifica en gran
parte la vida y facilita el empoderamiento sobre lo que sentimos.
“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar
con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com , o en facebook.com/Psic-Ma-Dolores-Hernandez-Gonzalez
No hay comentarios:
Publicar un comentario