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lunes, 11 de diciembre de 2017

INTERCAMBIO DE EMOCIONES




Las emociones son contagiosas y los humanos, vasos comunicantes que las proyectamos y recibimos, igual que si éstas fueran gas o líquido pasando de unos a los otros, sin que en todas las ocasiones lo advirtamos. 

Seguramente has visto a alguien bostezar y bostezaste; llorar y lloraste, reír y reíste. Te encuentras decaído pero llegas a un sitio donde hay personas alegres por algún evento que no es tuyo, y sales de ahí tonificado; o contento y vas a donde dos están peleando y terminas molesto. Nadie permanece triste dentro de un estadio repleto de fanáticos que vitorean a su equipo, ni alegre asistiendo a un funeral desgarrador. Cuando alguien no puede “sintonizar” con el estado de ánimo de un ambiente, se aleja de ahí; es demasiada la presión para que se incluya.

Puede pensarse que lo anterior se debe a los actos externos que captan los sentidos (sonidos y movimientos de júbilo o tristeza), lo cual contribuye pero no es todo; somos vasos comunicantes que intuimos más allá de las apariencias: sentimos lo que el otro siente, lo imitamos, nos nivelamos con él y con su estado de ánimo. También a la inversa: si tenemos mucho de algo, ya sea euforia, optimismo, amor, tristeza, desencanto, rencor, desprecio… lo compartimos, del mismo modo que la temperatura se expande y tiende a la uniformidad, calentando lo frío y enfriando lo caliente.

Somos sembradores que derramamos a nuestro paso “semillas” que germinan en las personas que se cruzan en nuestras vidas. Así mismo, acogemos las que ellas sueltan, con sus palabras y acciones. En este proceso de intercambio, nuestro libre albedrío queda peligrosamente reducido a casi nada; es resultado automático de las circunstancias del día. 

Por fortuna tenemos consciencia; es decir, capacidad de darnos cuenta y elegir lo que queremos, y ésta abarca los estados de ánimo. Existe el mito de que somos impotentes ante los sentimientos. Falso. Podemos actuar sobre ellos a través del libre albedrío, eligiendo lo que guardamos o desechamos de nuestro corazón. Con ello, determinamos el tipo de semillas que propagamos en los ambientes que más nos importan.

Una persona hirviendo de ira que anda buscando en quién o qué descargar su enojo, parece estar consciente y no lo está; la domina el exceso de energía destructiva que la invade. Si fuera capaz de detenerse y darse cuenta de que está volviéndose peligrosa, posiblemente elegiría para sí misma otro rol menos antipático.

Sólo a través de actos conscientes podemos cuidar nuestro corazón y cultivar en él lo que queremos sentir; lo contrario, dejarnos llevar, sin timón, nos convierte en masa. “Rebaño”, le llaman algunos. 

Hay quienes tienen la costumbre de hacer un inventario de sí mismos antes de irse a dormir, lo cual es un acto de consciencia: ¿cómo me siento?, ¿qué hice en la jornada?, ¿con quiénes me encontré?, ¿cómo me porté con ellos, y ellos conmigo?, ¿me agrado?, ¿es así como quería vivir mi día? 

Darnos cuenta de que fuimos contagiados con emociones y sentimientos que no nos agradan, permite que digamos: “Esto no es mío, lo devuelvo a su dueño”. “Me enojé porque el marido de mi amiga la ofendió; pero esto es de mi amiga y a ella toca resolverlo, yo me encargo de mis asuntos y elijo la paz”.

Quedarnos solamente con los sentimientos propios, que son de uno porque proceden de una vivencia personal específica, simplifica en gran parte la vida y facilita el empoderamiento sobre lo que sentimos.

“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com , o en facebook.com/Psic-Ma-Dolores-Hernandez-Gonzalez



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