Cada uno de nosotros es la mejor versión de ser humano
que su familia ha producido, el punto máximo de evolución logrado en su sistema
familiar. Somos el fruto de lo que papá, mamá, nuestros abuelos y bisabuelos y
demás ancestros vivieron; el producto de sus victorias y derrotas. Cualquier
evento y la manera de vivirlo preparó no sólo el hábitat donde nacimos, sino
que se convirtió en una de los millares de grabaciones y creencias que no inventamos
ni descubrimos personalmente, sólo las
llevamos dentro como una continuación de la historia que ellos vivieron.
¿Fueron eventos dichosos o desafortunados? ¿Nuestros
ancestros lograron comprenderlos y asimilarlos, o les fue imposible? Todo lo
que ellos gozaron o fueron incapaces de digerir, nos es dado como herencia,
reto y materia prima que conforma nuestra personalidad, incluidos aquellos
eventos cuya solución estaba fuera de su alcance y los afectaron, como las
guerras, las hambrunas, la efervescencia poblacional, los cambios de gobierno…
La Epigenética, ciencia que es rama de la Biología
Molecular, ha encontrado pruebas de que la respuesta a un evento estresante
activa el interruptor de un gen, que luego es heredado. Esto significaría que
la evolución genética continúa como forma adaptativa a las circunstancias y que
pasaremos a nuestros descendientes las experiencias de los eventos que hoy
vivimos, solucionados y para solucionar. Serán su manera de pensar y
conducirse, más lo que ellos logren avanzar por sí mismos.
A veces, las generaciones mayores suelen decir, “en mis
tiempos todo era mejor”; pero no es posible sostener esas expresiones como
verdaderas porque, en cada ser humano, la humanidad intenta evolucionar y mejorarse
a sí misma. Esta humanidad se configura constantemente con el conjunto de
acciones de las personas que la constituyen, o sea, nosotros. Así como una
familia es y vive tal como sus miembros logran hacerla funcionar, igual las sociedades
muestran los aciertos y desatinos de sus individuos.
Las generaciones ahora viejas recibieron, al nacer, una
humanidad atrapada en costumbres intrafamiliares que los jóvenes de hoy no las pueden
creer; y además, doliente y herida por las guerras más atroces de la historia.
Cierto, las familias se veían sólidas, pero a costa de grandes inhibiciones
y sufrimientos ocultos. No muchas eran
felices ni apoyaban a todos sus miembros.
Estas mismas generaciones ahora viejas lucharon
denodadamente y obtuvieron numerosos cambios a favor de la vida y el bienestar
de las personas y las familias. ¿Será exagerado decir que donde menos se ven
transformaciones positivas es en la política? La juventud que recibe estos
cambios ya realizados, ni idea puede formarse de lo difícil que fue obtenerlos,
toman la estafeta y la pasarán a las que les siguen. ¿Cómo es la humanidad que hoy
se entrega y se recibe? Una en búsqueda de formas nuevas de solucionar sus
problemas, que también vive en la carne de sus miembros los aciertos y errores
de estos.
Quiere decir que al tomar decisiones que aumentan el propio
bienestar, o tomarlas desafortunadas que ocasionan dolor y confusión, no sólo
nos afectamos a nosotros mismos que hemos de vivirlas, sino a las generaciones
que nos siguen y las recibirán tanto como aprendizaje por la convivencia, como adosadas
a su paquete de ADN.
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