lunes, 6 de agosto de 2018

AUTOCONMISERACIÓN


A nadie le gusta causar lástimas. Tener lástima de alguien es olvidar su dignidad esencial y verlo hacia abajo, inferior, débil, tonto, con mala suerte, con decisiones locas, etc.

Es absurdo (pero también posible) tener lástima por uno mismo. Sentirse pequeño, vulnerable, despreciado, fracasado. A fin de perpetuar este pensamiento confuso, el afectado hace un esfuerzo por “tener razón” (el triste consuelo de tener razón) y ve a su alrededor lo mismo que piensa: todos lo miran insignificante, lo lastiman, lo relegan y lo hacen menos. 

La conversación de una persona que ha resuelto tener lástima por sí misma gravita en torno a desgracias y humillaciones injustas que ha tenido que sufrir a manos de la vida o de gente desconsiderada. En el trabajo, le dieron el ascenso a otro y el jefe lo ningunea; en su casa, la pareja lo insulta; en la calle, la gente lo agrede; y así, en cualquier contexto.

Para el aquejado de autoconmiseración, la vida es injusta y dispareja al brindar oportunidades; por tanto, le es doloroso mirar a alguien que se siente bien y contento. Dicho bienestar lo ofende y lo motiva a sospechar de sucias maniobras mediante las cuales pudo lograrlo, y piensa o dice: Lo pagó con cuerpomático. Donde quiera hay corruptos. A cuántos habrá despellejado. Enviudó de una pareja que no amaba. Ni siquiera le dolió su hijo, qué corazón tan duro...

La autoconmiseración no es humildad. Pensar y hablar mal de nosotros mismos, y mantener puesta la mirada en las cosas peores que hemos vivido o nos podrían suceder, no nos hace objetivos, sino asustados. No nos hace bondadosos, sino criticones. No nos hace amables, sino hostiles. No nos hace compartir la alegría y la buena suerte de los demás, sino envidiosos.

La autoconmiseración, como todas las reacciones y rasgos de carácter, tiene motivos que la explican, mas no la justifican (no puede justificarse una actitud que arrastra a su dueño a un dolor y sufrimiento constantes). Los motivos suelen ser desgracias reales, sobre todo las sufridas en la infancia, época en que uno es particularmente vulnerable, pero también en etapas posteriores: muerte o pérdida de los padres o de otro ser querido importante, del estatus socioeconómico, del buen nombre, etc., etc. Sin embargo, no todas las personas se amargan debido a este tipo de experiencias ni todas caen en la autoconmiseración.

¿Qué hacer si uno percibe que se le está enredando el pensamiento y en la mayor parte de los casos se siente víctima? 

Huir hacia la salud. 

¿Cómo? Apartando la mirada del pasado, de lo triste y doloroso y dirigiéndola hacia el presente y el futuro, a las cosas buenas que tenemos y podemos tener si decidimos luchar por ellas.

Conocí a una mujer que perdió a su esposo y a una hija en un accidente. Se sentía deshecha y sin motivación alguna. Luego de varios meses de intenso duelo, organizó  “una llorada descomunal” con parientes y amigos y botellas de tequila. Luego dijo: “Basta. A lo que sigue”. En alguna ocasión me comentó: “Me siento culpable si soy feliz, pero ni modo de quedarme atorada”. 

Para grandes males, grandes remedios. La autoconmiseración no se vence con fomentos de agua calientita ni con el amor y cuidado que los otros pueden dedicarnos; se vence teniendo la decisión y fortaleza de mirar hacia lo bueno y hermoso que podemos engendrar y la vida puede darnos. Se vence diciendo: “Basta de llorar, me toca actuar y ser feliz”.

“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com , o al teléfono 7 63 02 51

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