A nadie le gusta causar lástimas. Tener lástima de
alguien es olvidar su dignidad esencial y verlo hacia abajo, inferior, débil,
tonto, con mala suerte, con decisiones locas, etc.
Es absurdo (pero también posible) tener lástima por uno
mismo. Sentirse pequeño, vulnerable, despreciado, fracasado. A fin de perpetuar
este pensamiento confuso, el afectado hace un esfuerzo por “tener razón” (el
triste consuelo de tener razón) y ve a su alrededor lo mismo que piensa: todos
lo miran insignificante, lo lastiman, lo relegan y lo hacen menos.
La conversación de una persona que ha resuelto tener
lástima por sí misma gravita en torno a desgracias y humillaciones injustas que
ha tenido que sufrir a manos de la vida o de gente desconsiderada. En el
trabajo, le dieron el ascenso a otro y el jefe lo ningunea; en su casa, la
pareja lo insulta; en la calle, la gente lo agrede; y así, en cualquier contexto.
Para el aquejado de autoconmiseración, la vida es injusta
y dispareja al brindar oportunidades; por tanto, le es doloroso mirar a alguien
que se siente bien y contento. Dicho bienestar lo ofende y lo motiva a
sospechar de sucias maniobras mediante las cuales pudo lograrlo, y piensa o
dice: Lo pagó con cuerpomático. Donde
quiera hay corruptos. A cuántos habrá despellejado. Enviudó de una pareja que
no amaba. Ni siquiera le dolió su hijo, qué corazón tan duro...
La autoconmiseración no es humildad. Pensar y hablar mal
de nosotros mismos, y mantener puesta la mirada en las cosas peores que hemos
vivido o nos podrían suceder, no nos hace objetivos, sino asustados. No nos
hace bondadosos, sino criticones. No nos hace amables, sino hostiles. No nos
hace compartir la alegría y la buena suerte de los demás, sino envidiosos.
La autoconmiseración, como todas las reacciones y rasgos
de carácter, tiene motivos que la explican, mas no la justifican (no puede
justificarse una actitud que arrastra a su dueño a un dolor y sufrimiento
constantes). Los motivos suelen ser desgracias reales, sobre todo las sufridas
en la infancia, época en que uno es particularmente vulnerable, pero también en
etapas posteriores: muerte o pérdida de los padres o de otro ser querido
importante, del estatus socioeconómico, del buen nombre, etc., etc. Sin
embargo, no todas las personas se amargan debido a este tipo de experiencias ni
todas caen en la autoconmiseración.
¿Qué hacer si uno percibe que se le está enredando el pensamiento
y en la mayor parte de los casos se siente víctima?
Huir hacia la salud.
¿Cómo? Apartando la mirada del pasado, de lo triste y
doloroso y dirigiéndola hacia el presente y el futuro, a las cosas buenas que
tenemos y podemos tener si decidimos luchar por ellas.
Conocí a una mujer que perdió a su esposo y a una hija en
un accidente. Se sentía deshecha y sin motivación alguna. Luego de varios meses
de intenso duelo, organizó “una llorada descomunal”
con parientes y amigos y botellas de tequila. Luego dijo: “Basta. A lo que
sigue”. En alguna ocasión me comentó: “Me siento culpable si soy feliz, pero ni
modo de quedarme atorada”.
Para grandes males, grandes remedios. La
autoconmiseración no se vence con fomentos de agua calientita ni con el amor y
cuidado que los otros pueden dedicarnos; se vence teniendo la decisión y
fortaleza de mirar hacia lo bueno y hermoso que podemos engendrar y la vida
puede darnos. Se vence diciendo: “Basta de llorar, me toca actuar y ser feliz”.
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