Abuelos y nietos hacen la vida más bella unos a otros y a
los demás miembros de la familia. Son mutuos regalos de alegría, amor e
inspiración. Sin embargo, es desaconsejable enviar a un hijo a vivir con los
abuelos.
“Crecí como huérfana, sin serlo”, relataba una señora
que, de niña, fue entregada a su abuela para que le hiciera compañía. Ésta
tenía varios hijos que no vivían con ella pero la menor, cuando iba, le decía a
la niña que se fuera para su casa y a la abuela, que estaba haciéndole un daño
a la chiquilla manteniéndola lejos de sus padres. La mujer consintió en que su
nieta regresara a la casa paterna por un tiempo. Para su sorpresa, los hermanos
se sintieron incómodos con la presencia de la hermana y también ellos le decían
que se fuera para su casa. Por eso ella se quejaba años más tarde: “Crecí como
huérfana, sin serlo”, porque ninguna de las dos casas la sentía
indiscutiblemente suya.
Es frecuente que el hijo o hija que crecen conviviendo
con los abuelos sean ahí objetos de mimos y atenciones, mientras sus hermanos
deben competir entre sí por el cariño de los padres y vivir las experiencias
normales de toda familia, con sus altibajos. Luego, cuando los abuelos mueren,
el o la ausente debe reintegrarse a un grupo que ya posee mucho en común, como
hábitos, recuerdos, pleitos, alianzas, etc. Llega sin conocer las reglas del
juego y, además, con la prohibición de recordar los buenos momentos pasados
fuera de casa. Nada de: “Mi abuelita me compraba juguetes” o “mi abuelita me
besaba antes de que me durmiera”, porque se considera traición que esté
comparando negativamente a esta familia con la otra, e incluso que guarde
añoranza.
Son muchos los motivos por los que unos padres entregan a
un hijo a sus propios padres, y no forzosamente por comodidad. En ocasiones uno
de los miembros de la pareja detesta al suegro o suegra que está en edad
avanzada y vive en soledad, no acepta recibirle en su casa ni éste quiere irse
de “arrimado”, los caracteres de alguno no compaginan con los de otro, no hay
espacio, la situación socioeconómica no permite contratar a alguien que lo
acompañe, y tantas circunstancias posibles que sería muy largo describir.
Entonces, la solución más amorosa que se les ocurre es enviar a uno de los
hijos con los abuelos; pero esta carga es demasiado grande para el menor,
aunque la lleve con gusto y, a veces, salga ganando con el trato que recibe.
Algunas familias lo solucionan turnando a todos los hijos a pasar tiempos
cortos con ellos de manera que ninguno se sienta excluido de casa.
¿Qué puede hacer quien se encontró en un caso similar y
se siente víctima o victimario de una injusticia que ya pasó? Como en tantas
otras situaciones humanas que no tienen solución, hay que ubicarse en el
presente, asumir la realidad y sanar el propio interior.
Ubicarse en el presente es mirar lo que es y no lo que
debiera haber sido, porque cuando algo sucede equivale a fijar la infinita
variedad de posibilidades en una foto. Es lo que hay. Cada experiencia que
miramos con malos ojos es una carga y, mirada con amor, se convierte en
bendición. “Así sucedió. Ese fue mi destino y mi colaboración al bienestar de la
familia. Lo viví lo mejor que pude. Ahora saco ventaja de mi experiencia y la
convierto en bendición”.
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