Bueno y oportuno el artículo del 26 de marzo. Tengo una
duda. Dice: “Ambas culturas cometieron demasiadas barbaridades y de haber
podido hubieran cometido más”. ¿Los de aquí, qué barbaridad cometieron con los
españoles? Ellos invadieron, eran los intrusos en nuestra casa, invasores. ¡Que
venga la disculpa, malditos! ¿Podría escribir otro artículo titulado:
PENSÁNDOLO BIEN...?
OPINIÓN
Pensándolo bien, sí, daré nuevas respuestas de tipo
psicológico respecto al significado que tienen, para nosotros, hoy, unos acontecimientos
de hace 500 años.
Es verdad lo que dices que a quienes llamo cultura padre, los conquistadores, eran
intrusos en nuestra casa, invasores. Nadie pone en tela de juicio que
cometieron demasiadas barbaridades y un genocidio en todos los sentidos, al
intentar la eliminación y
subordinación sistemática de los naturales por menosprecio a su raza, etnia,
religión, política y nacionalidad. Tampoco puede negarse que fueron los padres
en el mestizaje.
¿Qué barbaridades cometió
la cultura madre, indígena, con los españoles?
Aparte de odiarlos y
ofrecer en sacrificio los corazones de los que pudo atrapar, la peor barbaridad
que cometió la cultura madre fue ayudar a los invasores a conquistarla,
entregarles su propio poder y encumbrarlos al punto de que se adueñaran de
estas tierras. Pelearon indígenas contra indígenas. Tenían un motivo: querían
liberarse de la cruel dominación de los mexicas. Y por andar pidiendo ayuda
extranjera cayeron de la sartén a las brasas. Las ayudas extranjeras nunca son
gratis.
Pensándolo todavía más... La analogía de llamar padre y madre a las culturas protagonistas
también es hija de una civilización machista y discriminadora de la mujer. Encierra
una proyección mental que atribuye a lo masculino la violación, el dominio, la
crueldad, el despojo de la propiedad y de la identidad. Cliché. Y refiere a lo
femenino la entrega del propio poder, la abnegación, el ser objeto de
explotación y el servilismo propio de las víctimas. Cliché. Ni todos los españoles
fueron “masculinos”, ni todos los indígenas “femeninos” o pasivos, hubo
rebeliones y guerra.
En estos clichés seculares resulta difícil discernir si son
influencias de la conquista o se trata de estereotipos mentales adquiridos hace
aún más tiempo que 500 años.
Mi
madrecita santa estuvo casada con un mal hombre: mi padre. Es
una expresión que se escucha o revive con frecuencia y puede ser un calco o reproduzco de aquella triste historia: hombre abusivo y dominante
que no respeta a la mujer ni cuida del hijo, mujer que no reconoce su propio poder
y se siente virtuosa al soportar malos tratos por amor a los niños, mientras critica constantemente al padre pero
no lo deja, etc., etc. Situaciones similares podrían considerarse
reminiscencias de aquella tragedia de la que no hemos sabido diferenciarnos.
Insisto en que ninguno de los actuales estaba vivo
durante los hechos de hace 500 años y por lo tanto, ni son nuestra culpa ni
podemos cambiarlos. Son hechos. Pasados. Los vivieron otras personas, no
nosotros. Se nos quedaron como herencia para solucionar, o destino para repetir.
No es divertido ser víctimas. Entregaríamos nuestro poder
si pensáramos: Seré feliz hasta que el
rey o el papa se disculpen, parecido a: No
puedo ser feliz hoy porque tuve una infancia desastrosa. Exigir un mejor
pasado es un delirio imposible, y las disculpas posteriores sirven de poco o
nada, salvo que las formule el que cometió el error, y en este caso todos están
muertos.
Hoy, podemos tomar nuestro propio poder y decir: Queridos ancestros indígenas y españoles,
dejo en ustedes la responsabilidad, el mérito y la culpa de sus vidas. Les
pertenece. Gracias por pasar la vida, tomo la mía tal como me ha sido dada y
hago de ella algo que me guste y satisfaga. Soy consciente de mi grandeza, que no depende de las opiniones de nadie
ni de los hechos del papa o del rey. Soy grande por mí mismo el día de hoy.
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