Con el revuelo que armó la petición de disculpas al rey
español de parte de nuestro presidente López Obrador, me acordé que en mi libro “El que se
fue a la villa” describo simbólicamente la Conquista y nuestras dos culturas ancestrales; a la
española como padre, porque llegando de fuera embarazó a la cultura madre, la indígena,
que estaba aquí, en su casa, y engendraron a un hijo mestizo: México.
Ninguna de las dos culturas progenitoras era de sólo
santos o sólo diablos, sino de simples seres humanos envueltos en una guerra. Ya
sabemos que la guerra saca fuera los contenidos más nefastos del corazón. Ambas
culturas protagonistas cometieron demasiadas barbaridades y de haber podido
hubieran cometido más, no se exterminaron entre sí porque el hijo tenía y tiene
alma de sobreviviente. Trágico y doloroso el encuentro que dio origen a México,
mezcla de amor-odio, atractivo-rechazo y culpa por ambos lados. La gestación
del nuevo país ocurrió entre las broncas de unos progenitores que mutuamente se
odiaban a muerte o por lo menos se tenían recelo y rencor. No se respetaban.
La cultura padre, a fin de conservar su predominio, le enseñó
a su hijo que era inferior y debía avergonzarse de su madre; ésta a su vez le
enseñó al hijo a sobrevivir siendo servil y le inculcó odio contra su padre, al
tiempo que lo alentaba a ser rico y triunfador como él. Así transcurrió la
época del embarazo, la Colonia.
500 años después, sigue siendo frecuente que alguien se
sienta superior si es “güero” e inferior si es cobrizo y que, siendo de
cualquier color, llame “inditos” a sus hermanos o los mire con lástima. Lo
opuesto se da un poco menos, los que se vanaglorian de su sangre indígena y
reniegan u odian a la española. ¡Paradigmas inculcados que son inconscientes
pero se viven!
México debía nacer y tener nombre e identidad como país. Su
parto fue la Independencia, igual de trabajoso que su gestación.
Como todo hijo, había recibido de sus progenitores montón
de características positivas y negativas, como audacia, ingenio, docilidad,
resiliencia y tantas otras, junto con un conflicto interno que es una herida:
desconfía de sus raíces y no se enorgullece de ellas. En ocasiones, elige a una
de sus dos estirpes para idealizarla y despreciar a la otra, aunque ambas
convivan en su interior. Cambiar de linaje favorito (asesinando al otro en el
propio corazón) no soluciona el problema; de todas maneras ambos forman parte
de su ADN.
Siempre ha sido, para cualquier hijo, una tarea personal
y muy ardua tomar a sus padres tal como le tocaron, respetar el libre albedrío de
sus vidas y dejar con ellos las elecciones que hicieron, para poder él saberse
libre de cargas, vivir su propia vida y ser responsable sólo de sus propias
decisiones.
¿Y las disculpas? ¿Quién debería disculparse ante quién,
500 años después? En otro de mis libros, “Lo mejor de lo peor”, hablo de que sólo
el dueño del problema puede solucionarlo, nadie más. Ninguno vive por otro,
come por otro o aprende por otro. A nuestros ancestros les tocaba disculparse
mutuamente, era su vida; si no pudieron solucionar sus problemas, de ellos, los
descendientes sólo podemos solucionar los nuestros. Nunca los suyos.
En Constelaciones Familiares se ve lo mismo. El ancestro nace
antes y el descendiente, después. Nadie que llega después puede en verdad
solucionar nada en lugar de alguien que llegó antes. Si pretende hacerlo, le
tocará vivir la tragedia y el fracaso, como el hijo que venga la muerte de sus
padres y se hunde junto con a su familia en la desdicha, o la mujer que
pretende vengar los ultrajes que sufrieron otras mujeres y se incapacita para
una relación armoniosa con el hombre.
Cada quién su vida, sus decisiones y responsabilidades.
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