“Sin culpa no hay crecimiento”, afirma Bert Hellinger,
creador de Constelaciones Familiares.
Por culpa se refiere a la inquietud que se experimenta cada
vez que uno piensa o hace algo de manera distinta a como se la inculcaron. Sucede
no sólo en familia, también en otros grupos. Las normas varían de uno a otro y si
uno piensa o hace algo distinto a lo que se espera en ese grupo, siente un
desequilibrio interior. Ir con frac a una excursión de montaña o en traje de
baño a misa ocasionaría vergüenza, incomodidad, temor de ser inadecuado y de
sufrir un rechazo.
Todos conocemos ese conjunto de sensaciones que emergen
cuando hacemos cualquier cosa “sin permiso”. Dichas sensaciones nos motivan
para hacer algo más; generalmente, corregir la desviación y uniformarnos con
las expectativas externas, o internas, cuando proceden sólo de la mente. También
es posible que reaccionemos ocultando lo que hicimos o diciendo mentiras, a fin
de no sufrir el “castigo a la desobediencia”.
La inquietud varía en grados, dependiendo qué tanto nos
importa “complacer” al o los autores de la norma.
Lo curioso es que se siente lo mismo cuando todo el grupo
está equivocado y uno no. Es demasiado peligroso saber y decir la verdad entre
personas que piensan de manera distinta, por algo así mataron a Jesucristo, a
Luther King y a otros. Se requiere gran fortaleza para desafiar una creencia común
arraigada y no perder la cordura.
No sólo el de la idea diferente se siente incómodo,
también los otros y “llaman al orden” al “transgresor”. Por ejemplo, en un
grupo que ha decidido que Fulanito es merecedor de bullyng, aquel que se atreva a hacer amistad con él corre el riesgo
de también ser condenado al aislamiento; igual si una familia echó a uno de sus
miembros y otro le llama o lo invita a desayunar; si un grupo de científicos
avalan una teoría y alguien se atreve a cuestionarla y sacar otra; si un médico
atiende su consulta sin vestir la bata blanca de uniforme... El grupo que es
mayoría inventará sanciones, criticará al transgresor y tratará de convencerlo
de que está equivocado.
La presión social es poderosa. O uno aprende a manejar y
remediar este tipo de sensaciones molestas llamadas culpa y mala conciencia, o
siempre se comportará “del modo correcto”, pero sin crecimiento.
El crecimiento es expansión, abarcar más, crear algo
nuevo, explorar lo desconocido, inventar. La evolución de cada persona y de
toda la humanidad requiere de investigación y descubrimiento. Los niños muy
pequeños observan el rostro de mamá para saber si lo que hacen es aprobado o
desaprobado porque todavía no tienen criterio ni libertad; en cambio, un adulto
posee la capacidad de mirarse a sí mismo, reflexionar, calcular, elegir y
asumir: “Fue mi elección, buena o mala estoy de acuerdo y asumo las
consecuencias”. Y si no le gusta lo que eligió, puede elegir otra vez.
Es seguro que todos los humanos hemos experimentado la
culpa, pues ni en todo ni siempre nos comportamos como nos inculcaron o como los
grupos exigen. Podemos sentir culpa hasta por cosas que nada tienen qué ver con
la moral. Por ejemplo, no poseer una alberca del mismo tamaño que nuestros
amigos ricos, o poseerla y nuestros amigos pobres no.
La culpa se remedia con responsabilidad y toma del propio
poder; es decir, asumiendo nuestras decisiones y sus consecuencias: “Sí, yo decidí
hacerlo”. Si nos fuera imposible llegar
al “decidí hacerlo”, la culpabilidad seguiría empujándonos a corregirnos o a
castigarnos de manera inconsciente.
Con frecuencia escuchamos: “¿Por qué me saboteo yo
mismo?”, “¿Por qué me lesiono con tanta frecuencia?”, “¿Por qué tengo
pesadillas o no puedo dormir?”. Subterráneamente podría haber una necesidad de
castigo por algún sentimiento de culpa.
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