lunes, 5 de octubre de 2020

NIÑOS FATIGADOS

La pandemia y el confinamiento nos afectan a todos de manera irrenunciable, niños y adolescentes incluidos. Estos últimos se han encontrado con un cambio increíble de mentalidad: después de que los adultos aseguraban que tanta dependencia de la pantalla iba a hacerles daño, de pronto, se volvió obligatoria: las clases son virtuales y durante al menos 6 horas deben permanecer conectados a fin de aprender. Las clases virtuales han sido una solución increíblemente creativa para que la educación no quedara interrumpida por la pandemia. Alumnos, maestros y padres de familia, sobre todo madres, han debido hacer un esfuerzo enorme y muy meritorio al adaptarse a la tecnología, incluso en aquellos casos en que se habían mostrado reacios a ella. Es probable que dicho esfuerzo sea más significativo en los adultos que en los menores, que ya estaban familiarizados con lo electrónico y lo virtual. Todos merecen un reconocimiento especial de felicitación, cada uno por lo suyo. Junto con el reconocimiento cabe la petición de que los docentes disminuyan un poco el fervor con que enfrentan sus cometidos. Cuando comenzaron las clases virtuales, se habló extendidamente de que los maestros no dejarían tareas y el tiempo de estudio se reduciría a las horas de clase, tiempo ya de por sí muy fatigoso; sin embargo, la buena voluntad de algunos por lograr que sus alumnos aprendan los ha llevado a olvidarse de esta recomendación y encargan deberes fuera del llamado “trabajo autónomo” para “antes de las ocho de la noche”. Es loable tal buena voluntad, pero hay un factor que está siendo puesto de lado: los alumnos (y las madres de familia que los asisten) también requieren tiempo de descanso y relajación. Actualmente está prohibido el trabajo infantil, y muchos niños están ocupados desde las 8 de la mañana hasta las 8 de la noche (12 horas) con labores escolares. Aun en los casos en que lo anterior no es exacto, ya 6 horas de trabajo continuado frente a la pantalla arrojan como resultado a niños y adolescentes fatigados, lo cual no para allí. En otros tiempos, los padres tenían un respiro cuando los hijos asistían a la escuela; hoy no. También ellos están fatigados. El estrés aumenta. La resistencia disminuye. Una contrariedad que en otras circunstancias habría levantado pequeñas olas, en esta se vuelve casi un maremoto. Las relaciones familiares sufren menoscabo y sus miembros se muestran poco felices. La probabilidad de que aparezca la violencia familiar aumenta. Puede que suene irresponsable aconsejar que se disminuya la exigencia y se amplíe la tolerancia, pero es indispensable subrayar que el conocimiento intelectual no lo es todo en el ser humano; la parte afectiva necesita ser apreciada en su justo valor. Urge darse cuenta de que las clases virtuales despojan al tiempo escolar de otros ingredientes sumamente importantes como son la convivencia y la socialización. Los alumnos no pueden comunicarse unos con los otros, muchas veces ni conocer los nombres de sus condiscípulos; no hay lugar para un chascarrillo o alguna travesura que aligere el aprendizaje. Todo se realiza con una seriedad que cuadraría bien con un monasterio de adultos, no de niños ni de adolescentes. Me habría gustado que las clases presenciales se hubieran permitido antes de que se abrieran los bares y las cantinas. Con las debidas precauciones, claro está. La mitad de los alumnos podría reunirse en su aula en un horario, y la otra mitad en otro, para respetar la sana distancia entre ellos. Y que puedan hablar, saludarse, incluso tener desavenencias tal como sucede en la vida real, porque todo esto es un aprendizaje valioso. Cuando las clases se vuelvan presenciales, es posible que podamos comprobar que los niños tienen mayor dificultad para socializar que antes del confinamiento, porque absolutamente todo lo que vivimos tiene consecuencias, también el estar privados de la cercanía de nuestros semejantes. “Psicología” es una columna abierta. Puedes participar con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com

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