Bienvenido a mi blog. Soy mujer, divorciada, madre, abuela y también psicóloga. Deseo que encuentres algo que te guste.
lunes, 24 de mayo de 2021
POR QUÉ UN FAMILIAR O UN AMIGO NO PUEDEN DAR PSICOTERAPIA
Mucha gente pone en duda que los problemas psicológicos puedan solucionarse hablando. Imaginan que tomar psicoterapia es similar a tener una charla de café y haría el mismo efecto platicar con un psicoterapeuta que con un amigo, o con el cantinero. No es así. Cierto que muchas conversaciones son tan sinceras que dejan en el alma una sanadora sensación de paz, pero la psicoterapia es algo más. Distinto.><.
Lo sanador en una charla amistosa generalmente consiste en que el interlocutor escucha y acepta al hablante tal como es, sin juzgarlo ni menospreciarlo, sea cual fuere el tema, y responde con empatía. Quizá le dé algún consejo o se limite a escuchar, pero esa aceptación incondicional y amorosa es un bálsamo que siempre hace bien. Esto, la aceptación incondicional y amorosa que no juzga ni condena, es requisito inicial para todo buen psicoterapeuta. Ha necesitado años de entrenamiento para dejar a un lado sus propios pensamientos y prejuicios a fin de preparar sus oídos a escuchar lo que sea, lo cual en sí ya es mucho pero apenas requisito inicial para una buena psicoterapia.><.
Einstein solía decir que ningún problema se resuelve en el mismo nivel en el que se presenta y la solución debe buscarse en otro nivel superior. En psicoterapia, a este nivel superior lo llamamos “meta-comunicación”. Consiste en fijar la atención en qué es lo que se comunica y cómo se comunica. Es decir, que el psicoterapeuta necesita permanecer en un estado constante de alerta para descubrir pistas de patrones repetitivos en la comunicación de su cliente, a fin de ayudarlo a poner atención en ellos, generalmente con preguntas que parecen simples, como “¿qué significa esto para ti?”, “¿cuál es la sensación cuando...?”, “¿te sucede a menudo que...?”.><.
Un amigo no puede dar psicoterapia porque cuida de no herir los sentimientos del amigo, de no perder su amistad. Un psicoterapeuta necesita tener la fortaleza suficiente para soportar que en ocasiones a su cliente le duelan sus preguntas o se enfurezca con él o ella, le atribuya intenciones que no tiene, se sienta con derecho de juzgarlo(a) incompetente y poco serio(a), y a pesar de las “trampas” que el cliente utilice porque está acostumbrado a utilizarlas en sus demás relaciones, no reaccionar a ellas y mantener fija la atención de ambos en la dinámica de lo que está ocurriendo; es decir, en la “trampa” con la que el cliente se sabotea a sí mismo o a sus interacciones con los demás. No es algo fácil, y la aceptación incondicional y amorosa que no juzga ni condena debe continuar presente, por mucho que el cliente se obstinara en conservar aquello que le daña.
Un familiar no puede dar psicoterapia porque proviene del mismo árbol genealógico; es decir, que psicoterapeuta y cliente compartirían “cegueras” y “no dichos” de la familia a la cual deben lealtad. En otras palabras, son como el pez que vive en el océano y no lo ve de tanto verlo ni lo siente de tanto sentirlo. Las lealtades a la propia familia suelen ser muy poderosas y existe una tácita prohibición de romperlas. Dichas lealtades por un lado constituyen fuertes columnas de sostén de la propia identidad, y también pueden ser generadoras de dificultades y desórdenes mentales. En ocasiones necesitan ser rotas o modificadas, cuando impiden que la persona fluya, o la aprisionan. Es altamente probable que un “familiar psicoterapeuta” salve su propio punto ciego, y si no lo hace, que se sienta desleal y traicionero con su clan. Esto lo incapacita para mantener una buena meta-comunicación.
Un psicoterapeuta no puede convertirse en amigo o familiar de su cliente. Podría darse el caso de que las conversaciones hayan sido tan profundas y eficaces que el cliente experimente sentimientos positivos con la sola presencia del psicoterapeuta, y entonces tiente a este con la propuesta de convertirse en amigos, novios o amantes. En el momento en que esto sucediera, la psicoterapia habría llegado a su fin o, dicho con mayor exactitud, caído en una trampa. Un psicoterapeuta no puede, aun si quisiera, suplir con verdad a un amigo o a un miembro ausente de la familia de su cliente. Es un engaño, una fantasía de las que suele presentar la mente para aferrarse a un hábito dañino o un paradigma equivocado.
Acaba de pasar el día del psicólogo. Muchos psicólogos son psicoterapeutas. Felicidades a todos y gracias por su trabajo, calladamente siembran semillas de un mundo mejor.
“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com
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