Vino una especialista a darnos un curso de Psicogenealogía,
que estudia la manera en que nuestra conducta y personalidad son influidas por
la historia de la familia en que nacimos, no solamente con algo tan obvio como
la adquisición del lenguaje, la imitación de los modales y costumbres, la clase
social que nos hereda y la religión o ausencia de ella que nos inculca, sino a través
de interacciones más sutiles que definen lo que se ha llamado el “Proyecto Sentido”,
algo así como un destino programado en forma particular para cada uno de los
miembros. Éste, unas veces facilita y otras obstaculiza el bienestar del recién
llegado. De entre las muchos e interesantes postulados expuestos, hoy
compartiré dos: el ya mencionado “Proyecto Sentido” y la asignación de un nombre.
El proyecto se llama “sentido” porque no necesariamente es “conocido”;
se trata de algo así como un mandato que se respalda en el poder que confiere
el hecho de comunicar la vida. Los padres lo asignan a los hijos. Ninguno de
los protagonistas sabe lo que está haciendo, como si una programación
subterránea los impulsara a cumplir con determinados requisitos para que la
vida que comienza quede encuadrada en el drama, comedia o tragedia que vive la
familia, equivalente a decir al hijo: “Éste será el guion de tu vida,
interprétalo bien”. Por ejemplo: unos padres están sufriendo el dolor de haber
perdido a un hijo y les nace otro, al que ponen el mismo nombre del que se fue.
El guion: “Vive como si no fueras tú, sino el muerto”. O los padres están a
punto del divorcio y surge un embarazo; el guion para el hijo sería: “Tu misión
será mantenernos juntos y unidos”.
Otra manera de asignar un destino al hijo es elegirle un
nombre, con el cual será identificado toda su vida. Los papás lo escogen con
todo el amor del que son capaces, y también con sus traumas, alegrías, dudas,
esperanzas, recuerdos, dolores… Simbolizado
en el nombre, entregan todo esto al niño, quien va a tomarlos sobre sí. Ejemplo:
Un padre tuvo una hijo o hija con una antigua novia muy amada, pero el niño o
niña murió o la relación terminó; pasado el tiempo, tiene un nuevo hijo con su
mujer, recuerda aquella experiencia y “en su honor”, logra que le pongan al
recién nacido el nombre del muerto o muerta o el de la antigua novia; es decir,
le entrega al pequeño o pequeña el dolor de sus pérdidas, una nostalgia muy
grande y tal vez culpa. El proyecto sentido, mandato o guion para el nuevo ser,
será: “Tú no seas tú, sustituye a alguien que ya no está; vive tu vida como si
fueras él o ella”. Quizá, cuando crezca, el hijo o hija se pregunte: ¿por qué
me siento culpable sin saber el motivo?, ¿qué es lo que añoro?, ¿de dónde me
viene esta tristeza tan grande?, ¿por qué se rompen mis relaciones amorosas aunque
yo no quiera?
Con el proyecto sentido también podemos recibir cosas muy
buenas, como tener el nombre de un abuelo, tío o conocido exitoso. Ya sea que dicho
proyecto sentido sea de nuestro agrado, o no, cuando llegamos a la adolescencia
o más tarde, podemos hacer consciente cuál es el mandato que recibimos y
aceptarlo voluntariamente, o rescindirlo; de esta manera, estaremos libres para
vivir nuestra propia vida, inventándola a cada paso para nosotros mismos.
“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar
con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com , al
teléfono 7 63 47 28 o en facebook.com/madolores.hernandez.144 Sígueme en twitter @doloreshdez
No hay comentarios:
Publicar un comentario