martes, 18 de diciembre de 2012

MI ENTRADA AL FACEBOOK


No me decidía a entrar en Facebook, pero uno de mis hijos abrió una cuenta a mi nombre y dijo: “Apréndelo, es fácil”. ¡¡Fácil!!! Bueno, me dije, comencemos. Encendí mi PC y tecleé la dirección. Apareció un cuadrito donde pedía mis datos, los di todos. Entré. Allí no había nada. “¿Para qué me sirve esto?, pensé, ¿en dónde están los chismes, las fotos y todo lo que platican que hay?” Cerré, desanimada, y pregunté a cuantos quisieron escucharme. “No tienes nada porque no has invitado amigos”. Al día siguiente ya estaba de nuevo dispuesta a probar. Otra vez me pidieron mis datos y los di. No supe los resultados hasta que mis hijos me preguntaron para qué quería tantas cuentas; había abierto una nueva cada vez que intenté entrar, y como no he aprendido cómo se cancelan, deben existir en alguna parte.

Los jóvenes son amables y suelen brindar sus conocimientos con facilidad, así que me enseñaron cómo invitar amigos. Pronto, mi buzón estaba lleno de solicitudes. ¡Qué maravilla! “¿Y para qué quiere uno a tanta gente inscrita, qué hace con ella?”, pregunté. Por supuesto que algunos se me quedaban viendo con expresión de “¿Es posible que no entiendas?”. Yo me hacía la occisa, en espera de mi clase gratuita diaria con diferentes maestros. Me indicaron en qué sitio podía yo enviar mensajes y decir que algo me gustaba. Ni tarda ni perezosa repartí “me gusta” en donde quiera me topeé con la manita del dedo parado, también escribí un mensaje felicitando a uno de mis amigos por una foto. ¡Sorpresa! Me llegaron al buzón respuestas de varios estados y del vecino país del norte, incluidos unos exalumnos muy queridos a quienes no había visto en décadas. Por supuesto que me alegré, pero también me atemoricé: “¿Cómo puedo saber a quién le digo lo que estoy diciendo?”. Hace décadas, escribíamos una carta, la metíamos en un sobre y solamente el interesado la leía; inclusive el correo electrónico nos otorga cierto control, ¿pero esto? Debí haberme dicho: “Me haré cargo de lo que escribo”, pero escribí a mis amigos: “Gracias por sus saludos, me retiro del Facebook”, y lo hice. Me dolió la derrota. En otras épocas solía atribuir cualquier fracaso al clima, los malos profesores o cualquier otra cosa, pero descubrí que, pasados los sesenta, todo lo achaca uno a la edad. Traté de consolarme a mí misma diciéndome: “Ya no aprendes igual y esto es para gente joven”. No me daba cuenta de que en lugar de consuelo, me estaba dando matarile.

¡Qué fortuna son los hijos! Me preguntaron cómo me iba en Facebook y por qué había puesto un zapato en mi foto de portada. ¿Un zapato?, ¿cómo era posible? Me lo mostraron; quizá en alguno de mis intentos “inteligentes” quise subir una foto que no cupo, quedó como si fuera la mía y nada más se ve la extremidad inferior de un karateka. ¡Gulp! Me dije: “Tengo que aprender. Si los jóvenes lo hacen sin maestro, ¿por qué yo no?”. Volví a comenzar, dándome una instrucción interior: “Estás ejercitando tu adaptabilidad mental; vas a tener que soportar ver lo que sea, por lo menos diez minutos diarios”.

¡Qué tortura! Mi mente se sintió agredida con aquel “desorden”: comentarios incompletos (no sabía que debía dar clic en “ver más”), imágenes y fotografías de todo tipo, una misma aparecía al principio, un poco después, y nuevamente otro poco después, y si me detenía a ver alguna, podía ser que trajera ocultas otras diez o veinte y luego no supiera cómo regresar; anuncios, una hilera interminable de pequeñas fotografías de gente conocida y desconocida… ¿qué era aquello? Me dije: “No me extrañaría que pronto los jóvenes tengan pensamientos inconexos, si pasan tanto tiempo aquí”. No obstante, insistí en mirar, y en preguntar. Para mi sorpresa, poco a poco todo fue “tomando su lugar”. De todas maneras, en secreto me observo a mí misma para saber si tengo más pensamientos inconexos que antes, y creo que no en mayor cantidad.

Disfruto el Facebook, es una genial manera de permanecer en contacto, diez veces más fácil que hablar por teléfono a parientes y amigos. Todavía no sé bien lo que hago al dar un clic, pero estoy descubriendo que no es lo mismo que cuando yo aprendí a conocer el mundo. En aquel tiempo, era terrible equivocarse; a mí me decían: “Hay que pensar para hacer y no hacer para pensar”, o “fíjate antes y a nada le piques como sea, porque lo descompones; si es un disco, lo colocas y oprimes esta tecla. Ninguna otra, ¿oíste?, o lo arruinarás”. Ahora es al contrario; como inspirados en el  “Fusílenlos y después viriguan” de Pancho Villa, la estrategia es: “Da clic dónde sea y como sea, y luego te fijas qué pasó”. ¡Qué maneras tan opuestas de aprender! ¿Verdad que sería interesante sacar conclusiones?, ¿quién quiere ser mi amigo en Facebook? Teclea: Pascua Constelaciones Familiares. Allí nos vemos.

“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com , al teléfono 7 63 47 28 o en facebook.com/Pascua Constelaciones Familiares. Sígueme en twitter @doloreshdez

 

 

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