¡Felicidades! Celebramos el día del amor y la amistad.
La palabra “amor”, o su equivalente en cualquier idioma,
es quizá la más utilizada; aparece en el lenguaje diario, canciones, poemas,
novelas, películas, anuncios comerciales, religiones y hasta en discursos
políticos. Y posee millares de definiciones. A todos nos interesa amar y ser
amados, como creemos que ello significa. Hoy
me refiero al amor como a la intención bondadosa de crear vínculos; es
decir, el impulso de dar algo bueno al ser amado, para sentir que estamos en
relación.
¿Y quién es este ser amado?, ¿cómo sabemos que es él y no
otro?, ¿se trata siempre de una persona? El ser amado es alguien o algo adonde
tenemos puesta la mirada en el momento de sentir o engendrar la bondad. Puede ser uno mismo, un semejante, un
animal o una cosa tangible. O algo intangible, como una idea, filosofía,
costumbre, ambición, proyecto... También puede ser lo inabarcable que existe en
un nivel superior a nosotros: Dios, la Naturaleza, el Cosmos, la Vida...
Impulsados por nuestra bondad, entregamos cosas que
consideramos buenas. Un enamorado que lleva rosas a su amada, intenta expresarle
sus sentimientos complaciéndola; pero si la amada detestara las flores o éstas le
ocasionaran alergia, el regalo será mal recibido, tal vez rechazado. El acto de
entregarlas seguiría siendo de amor, es decir, un chispazo de bondad, pero no
cumpliría con su cometido de agradar, porque el recipiente no estaba en
condiciones de aceptarlo.
Pocas cosas en la vida duelen tanto como dar lo mejor de
nosotros, nuestra bondad, y que sea rechazada, o que el ser amado esté
incapacitado para correspondernos con otra bondad igual o mayor. Y cabe la
pregunta: ¿el amor no correspondido es sinónimo de tontería?, ¿de fracaso?, ¿de
humillación?, ¿de sentirse menos? No, solamente duele; la bondad que engendró
ya fue recibida por el planeta, éste se enriqueció por obra de uno de sus
habitantes. ¡Qué bonito sería el mundo si todos dejáramos fluir libremente el
amor y la bondad que tenemos dentro, y todos pudiéramos recibirlos! Pero no
siempre podemos. A veces, ni siquiera es conveniente.
Mucho se dice que los mexicanos somos puro corazón. ¡Qué
bonito! Y también qué peligroso. Yo creo que también somos inteligencia.
Juntos, corazón e inteligencia, dan sabiduría.
Dije inteligencia, no intelecto; se relacionan, pero no son lo mismo. La primera es la capacidad
de solucionar problemas manteniéndonos en contacto con la realidad; en cambio,
el segundo es el enorme acervo de información -buena, mala e inservible- con
que ha sido “alimentado” nuestro cerebro. “Lo letrado no quita lo tonto”,
escuché una vez.
Amor, hermosa palabra que a todos nos seduce. Sin
embargo, no existe luz sin sombra. En otra ocasión charlaremos sobre el amor
ciego; es decir, el amor que mata y enferma. Mientras tanto, ¡Feliz día del
amor para todos!
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