lunes, 11 de marzo de 2013

AGRADECER LOS PECADOS


Leo cada semana su columna y la felicito por sus contenidos. También la vi en una entrevista por televisión y entendí que usted dijo que hay que agradecerle a Dios todo, también los pecados. El entrevistador  le preguntó: ¿pecados piadosos?, y usted contestó: No, me refiero a pecados verdaderos.  La verdad me es oscuro el sentido, ¿cómo una ofensa a Dios puede agradecérsele a Él mismo? Si fuera tan amable de explicar esta idea, le quedaré muy agradecido.

RESPUESTA

Gracias por tu correo, tu felicitación y tu pregunta. El concepto de agradecer algo que consideramos malo es complejo y necesitaré dar un rodeo, porque presupone varias visiones o premisas:

1) Que las personas actuamos con la intención de lograr algo bueno, aunque a veces el resultado no lo sea;

2) Que crecemos a través de retos, contrariedades y errores y son éstos los que nos proporcionan la oportunidad de dejar de ser robots programados que actúan como la educación y la cultura prescriben;

3) Que la duración de la vida humana exige encontrar la manera de vivir bien dentro de un mundo que contiene tanto el bien como el mal, ya que no nos es dado cambiarlo totalmente ni esperar otro mejor, durante el breve lapso que estamos en él;

4) Que solamente en el movimiento del Espíritu se da la reconciliación de los opuestos que llega a la unidad, y en esta unidad podemos amar a la vida tal como es y vivir en el amor.

Cada una de las visiones anteriores son complejas de por sí; sería pretencioso querer explicarlas en este corto espacio. Y bastaría con que una sola nos pareciera falsa, para que nos resultara imposible pensar en agradecer a Dios los pecados.

¿Qué estoy entendiendo por pecado? De acuerdo con las visiones expuestas, un pecado sería una acción hecha con la intención de lograr algo bueno y no lo logra, porque ocasiona daño en lugar de dar vida. ¿Cuándo se realiza esta acción? Frente a un reto, contrariedad, frustración o malestar que obliga a cuestionar si los contenidos inculcados son útiles en la realidad que se está viviendo; entonces la persona, en un acto de libre albedrío, se permite contrariarlos y actuar distinto; es decir, ejercita su libertad. Esto sucede dentro de un mundo accidentado y en perpetuo cambio; puede suceder que la elección resulte desastrosa. Quisiéramos que el mundo estuviera tan ordenado que nunca nos viéramos en tal situación de tener que elegir con riesgo a provocar un desastre; es decir, preferiríamos saber de antemano qué hacer o tener cerca a alguien que nos dirija; por esto se dice que tenemos miedo a ser libres. Subiendo al nivel del Espíritu, creemos que Éste nos dio la libertad y quiere que la ejercitemos, ¿será verdad?, ¿estará Él de acuerdo en que tomemos decisiones aun con el riesgo de equivocarnos?, ¿o pretende evitarnos el error para que siempre hagamos lo correcto?

La libertad presupone la posibilidad de cometer errores. El actuar siempre correctamente de acuerdo a un código preestablecido, sin oportunidad para equivocarse, nos convertiría en robots con la inteligencia de un programa inteligente de computación que corrige la ortografía, pone acentos y comas, pero no tiene capacidad para redactar un texto o alterar los contenidos;  o en intérpretes con o sin sentimiento de una canción ya escrita cuya letra no admite modificaciones.  Creo que ahora podemos redactar una nueva pregunta: ¿Queremos agradecer a Dios nuestra libertad, con la que a veces nos sentimos tan mal?

“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com , o en facebook.com/Pascua Constelaciones Familiares.

 

 

 

 

 

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