Leo cada semana su columna y la felicito por sus
contenidos. También la vi en una entrevista por televisión y entendí que usted dijo
que hay que agradecerle a Dios todo, también los pecados. El entrevistador le preguntó: ¿pecados piadosos?, y usted contestó:
No, me refiero a pecados verdaderos. La
verdad me es oscuro el sentido, ¿cómo una ofensa a Dios puede agradecérsele a
Él mismo? Si fuera tan amable de explicar esta idea, le quedaré muy agradecido.
RESPUESTA
Gracias por tu correo, tu felicitación y tu pregunta. El
concepto de agradecer algo que consideramos malo es complejo y necesitaré dar
un rodeo, porque presupone varias visiones o premisas:
1) Que las personas actuamos con la intención de lograr
algo bueno, aunque a veces el resultado no lo sea;
2) Que crecemos a través de retos, contrariedades y
errores y son éstos los que nos proporcionan la oportunidad de dejar de ser
robots programados que actúan como la educación y la cultura prescriben;
3) Que la duración de la vida humana exige encontrar la
manera de vivir bien dentro de un mundo que contiene tanto el bien como el mal,
ya que no nos es dado cambiarlo totalmente ni esperar otro mejor, durante el
breve lapso que estamos en él;
4) Que solamente en el movimiento del Espíritu se da la
reconciliación de los opuestos que llega a la unidad, y en esta unidad podemos
amar a la vida tal como es y vivir en el amor.
Cada una de las visiones anteriores son complejas de por
sí; sería pretencioso querer explicarlas en este corto espacio. Y bastaría con
que una sola nos pareciera falsa, para que nos resultara imposible pensar en
agradecer a Dios los pecados.
¿Qué estoy entendiendo por pecado? De acuerdo con las
visiones expuestas, un pecado sería una acción hecha con la intención de lograr
algo bueno y no lo logra, porque ocasiona daño en lugar de dar vida. ¿Cuándo se
realiza esta acción? Frente a un reto, contrariedad, frustración o malestar que
obliga a cuestionar si los contenidos inculcados son útiles en la realidad que
se está viviendo; entonces la persona, en un acto de libre albedrío, se permite
contrariarlos y actuar distinto; es decir, ejercita su libertad. Esto sucede
dentro de un mundo accidentado y en perpetuo cambio; puede suceder que la
elección resulte desastrosa. Quisiéramos que el mundo estuviera tan ordenado
que nunca nos viéramos en tal situación de tener que elegir con riesgo a
provocar un desastre; es decir, preferiríamos saber de antemano qué hacer o
tener cerca a alguien que nos dirija; por esto se dice que tenemos miedo a ser
libres. Subiendo al nivel del Espíritu, creemos que Éste nos dio la libertad y
quiere que la ejercitemos, ¿será verdad?, ¿estará Él de acuerdo en que tomemos
decisiones aun con el riesgo de equivocarnos?, ¿o pretende evitarnos el error
para que siempre hagamos lo correcto?
La libertad presupone la posibilidad de cometer errores.
El actuar siempre correctamente de acuerdo a un código
preestablecido, sin oportunidad para equivocarse, nos convertiría en robots con
la inteligencia de un programa inteligente de computación que corrige la
ortografía, pone acentos y comas, pero no tiene capacidad para redactar un
texto o alterar los contenidos; o en
intérpretes con o sin sentimiento de una canción ya escrita cuya letra no
admite modificaciones. Creo que ahora
podemos redactar una nueva pregunta: ¿Queremos agradecer a Dios nuestra
libertad, con la que a veces nos sentimos tan mal?
“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar
con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com , o en facebook.com/Pascua Constelaciones Familiares.
No hay comentarios:
Publicar un comentario