lunes, 23 de junio de 2014

DOS PUERTAS


Hay dos puertas trascendentales que todos tenemos que pasar: la de entrada a la vida (nacimiento) y la de salida (muerte). Estas puertas dan miedo, como todo lo que es muy grande. Por la primera ya pasamos y no recordamos cómo fue, si acaso alguien nos contó que nuestro nacimiento fue un parto normal o uno complicado. No tuvimos oportunidad de escoger sus circunstancias, simplemente ocurrió, como ocurren las cosas que forman parte del destino. Por la segunda puerta habremos de pasar y tampoco tenemos opción de elegir, porque incluso si tomáramos un revólver y nos voláramos los sesos, nunca sabremos si tal acción también formaba parte de nuestro destino, pero es un hecho que se convierte en destino de los sobrevivientes.

Quisiéramos creer que en verdad somos tan poderosos como para abrir o cerrar estas dos puertas a voluntad; no es así: tanto la vida como el destino nos exceden con mucho, nos es imposible comprenderlos; solamente nos sometemos a ellos de buena o de mala gana. Sin embargo,  gustamos opinar e incluso actuar, pero ni las opiniones ni las acciones los cambian: quien debe nacer nace, y quien morir, muere. El tema de cuán amplio o estrecho es el margen de influencia que vida y destino nos conceden, merece capítulo aparte, lo dejaré para hablar del temor que nos inspiran estas dos puertas.

La primera, del nacimiento, está íntimamente ligada a la sexualidad.  Por supuesto que da miedo. Los que han de abrirla y traer un nuevo ser al planeta son dotados con una fuerza tremenda y poco entendimiento, necesarios para que vayan como sonámbulos a abrirla. Y si se trata de destinos difíciles, por ejemplo, un embarazo en adolescentes o un hijo llamado “ilegítimo”, la vehemencia y la ofuscación juegan papeles aún más importantes; sin ellos no sería posible que naciera ese bebé que debe nacer. Ciertamente los protagonistas no están conscientes de que, una vez abierta esa puerta, la vida les cambiará para siempre. Dije para siempre. No nueve meses o un año ni veinte; es un cambio definitivo. Y no podrán alegar en su defensa que estaban enloquecidos, porque son responsables de sus actos con todo y consecuencias, aun cuando los hubieran realizado en trance. Es su destino, les toca vivirlo.

La puerta de la sexualidad llena de miedo no solamente a los que la abren, también a los familiares de ellos y a la sociedad entera. Pocos temas tienen tantas normas, prohibiciones y tabúes como éste. Los padres que ven a su hijo o hija acercarse a la adolescencia, quisieran poder seducirlo a que se abstenga de abrir esta puerta hasta que tenga edad y recursos suficientes para enfrentar la responsabilidad que adquiere. Preparar a los hijos y que estén fuertes para cuando les toque comunicar la vida, es un ideal de todos los padres. A veces parecen lograrlo, otras no; el destino se impone sobre sus deseos. Luego, también a ellos les toca vivirlo, de buena o de mala gana, aunque no hayan sido los protagonistas y la situación no sea un resultado directo de sus actos. ¿Suena injusto? Aun si lo fuera, lo que toca, toca.

También la puerta de la muerte nos aterroriza. Procuramos no recordarla ni hablar de ella, y sabemos que nos espera. Será la culminación de nuestra estancia en el planeta. La abriremos con mansedumbre o en pie de guerra en su contra, lo cual marcará la diferencia en la manera de cruzarla: contentos y satisfechos por lo vivido, o sintiéndonos injustamente tratados. Sea cual fuere lo que sintamos, esa puerta se impone y ha de cerrarse a nuestras espaldas.

“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com , o en facebook.com/Pascua Constelaciones Familiares.

 

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