Hay dos puertas trascendentales que todos tenemos que
pasar: la de entrada a la vida (nacimiento) y la de salida (muerte). Estas
puertas dan miedo, como todo lo que es muy grande. Por la primera ya pasamos y
no recordamos cómo fue, si acaso alguien nos contó que nuestro nacimiento fue
un parto normal o uno complicado. No tuvimos oportunidad de escoger sus
circunstancias, simplemente ocurrió, como ocurren las cosas que forman parte
del destino. Por la segunda puerta habremos de pasar y tampoco tenemos opción
de elegir, porque incluso si tomáramos un revólver y nos voláramos los sesos, nunca
sabremos si tal acción también formaba parte de nuestro destino, pero es un
hecho que se convierte en destino de los sobrevivientes.
Quisiéramos creer que en verdad somos tan poderosos como
para abrir o cerrar estas dos puertas a voluntad; no es así: tanto la vida como
el destino nos exceden con mucho, nos es imposible comprenderlos; solamente nos
sometemos a ellos de buena o de mala gana. Sin embargo, gustamos opinar e incluso actuar, pero ni las opiniones
ni las acciones los cambian: quien debe nacer nace, y quien morir, muere. El
tema de cuán amplio o estrecho es el margen de influencia que vida y destino
nos conceden, merece capítulo aparte, lo dejaré para hablar del temor que nos
inspiran estas dos puertas.
La primera, del nacimiento, está íntimamente ligada a la
sexualidad. Por supuesto que da miedo. Los
que han de abrirla y traer un nuevo ser al planeta son dotados con una fuerza tremenda
y poco entendimiento, necesarios para que vayan como sonámbulos a abrirla. Y si
se trata de destinos difíciles, por ejemplo, un embarazo en adolescentes o un
hijo llamado “ilegítimo”, la vehemencia y la ofuscación juegan papeles aún más
importantes; sin ellos no sería posible que naciera ese bebé que debe nacer.
Ciertamente los protagonistas no están conscientes de que, una vez abierta esa
puerta, la vida les cambiará para siempre. Dije para siempre. No nueve meses o
un año ni veinte; es un cambio definitivo. Y no podrán alegar en su defensa que
estaban enloquecidos, porque son responsables de sus actos con todo y
consecuencias, aun cuando los hubieran realizado en trance. Es su destino, les
toca vivirlo.
La puerta de la sexualidad llena de miedo no solamente a
los que la abren, también a los familiares de ellos y a la sociedad entera.
Pocos temas tienen tantas normas, prohibiciones y tabúes como éste. Los padres
que ven a su hijo o hija acercarse a la adolescencia, quisieran poder seducirlo
a que se abstenga de abrir esta puerta hasta que tenga edad y recursos
suficientes para enfrentar la responsabilidad que adquiere. Preparar a los
hijos y que estén fuertes para cuando les toque comunicar la vida, es un ideal
de todos los padres. A veces parecen lograrlo, otras no; el destino se impone
sobre sus deseos. Luego, también a ellos les toca vivirlo, de buena o de mala
gana, aunque no hayan sido los protagonistas y la situación no sea un resultado
directo de sus actos. ¿Suena injusto? Aun si lo fuera, lo que toca, toca.
También la puerta de la muerte nos aterroriza. Procuramos
no recordarla ni hablar de ella, y sabemos que nos espera. Será la culminación
de nuestra estancia en el planeta. La abriremos con mansedumbre o en pie de
guerra en su contra, lo cual marcará la diferencia en la manera de cruzarla:
contentos y satisfechos por lo vivido, o sintiéndonos injustamente tratados.
Sea cual fuere lo que sintamos, esa puerta se impone y ha de cerrarse a
nuestras espaldas.
“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar
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