Nuestro cuerpo es el centro de comunicaciones más
avanzado que existe, no solamente por la perfección de su cerebro, que procesa
y traduce mensajes provenientes de los sentidos y de los órganos y emite
órdenes a los sistemas corporales, sino que el cuerpo completo es emisor y
receptor de señales con el exterior.
Es por todos conocido que las palabras constituyen solo el
10 ó 15% de la comunicación, y junto con
ellas, el cuerpo emite mensajes que las apoyan o contradicen; así, no es lo
mismo decir “bien, haz lo que quieras” con el ceño fruncido y los puños
apretados, que con una mirada dulce y la sonrisa en los labios. El mensaje toma
significados distintos del verbal por los signos
corporales que lo acompañan.
Mas el cuerpo no solo expresa los sentimientos que la
persona quiere manifestar, también aquellos que ella desearía mantener ocultos.
Lo hace a través de las micro expresiones que logran salir al exterior antes
que el control consciente las reprima, o de fuertes y prolongadas reacciones, cuando
dicho control consciente resulta ineficaz para dominarlas. El cuerpo dice la
verdad como un relámpago, o como una inundación.
Todos hemos vivido la experiencia de sentir que no
debemos exteriorizar determinada emoción y de pronto, un destello la pone al
descubierto. Entonces buscamos la manera de encubrir aquella verdad inoportuna
que “se nos salió” dándole otro significado, aduciendo que no habíamos
entendido bien o cualquier otra cosa, el control consciente se hace cargo y
nosotros nos sentimos “a salvo” de la intromisión que nuestro interior hizo con
el exterior. Y también hemos vivido la
experiencia de que la emoción nos inunde y a pesar de nuestros esfuerzos por
contenerla, ella siga desbordada, manifestándose, como cuando no podemos parar
de llorar, gritar o soltar golpes.
En ocasiones, nuestro control consciente sí es lo
suficientemente fuerte para impedir que emociones poderosas salgan al exterior
de manera “sencilla”, es decir, como son, llorando, gritando, corriendo,
peleando, etc., y las “metemos en cintura” prohibiéndoles volver a salir al
exterior, entonces el cuerpo cambia de lenguaje, pero no deja comunicar lo que
sucede allá adentro. Quizá en lugar de llorar para afuera, lloramos
interiormente con un catarro, una gripe, un nudo en la garganta, una opresión
en el pecho… O cuando nos “tragamos un coraje”, éste grita en una gastritis, un
colon irritable, un tumor... Y si a nadie le contamos que algo nos rompió el
corazón, tenemos taquicardias u otros males cardíacos. Los ejemplos podrían
continuar hasta hacer una larga lista.
El cuerpo no solamente emite señales, también las recibe,
ya sea por medio de los sentidos o de otras maneras que no están
suficientemente estudiadas. Todos hemos percibido olores, sonidos, colores,
sabores y texturas, pero posiblemente también te ha pasado que recuerdas a una
persona que no has visto en mucho tiempo y a los pocos días te llama. Quizá
alguna vez, antes de descolgar el teléfono, te pareció que un pensamiento te
decía: es tal persona, y lo era. O platicando con alguien captas
anticipadamente el mensaje y puedes completar sus palabras. O tienes una idea
nueva que estás seguro de que a ti se te ocurrió, y abres un libro y allí la
encuentras descrita. El cuerpo percibe señales que no están visibles, imagino
que como la TV capta ondas que están en el aire y nuestros sentidos no las identifican.
En Constelaciones Familiares se ve que
los cuerpos captan cosas que las mentes no saben. Que no tengamos aún una
explicación satisfactoria de cómo pasa, no significa que no ocurra. Nuestro
cuerpo es maravilloso y la central de comunicaciones más avanzada que haya
existido nunca.
“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar
con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com , o en facebook.com/Pascua Constelaciones Familiares.
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