lunes, 16 de marzo de 2015

FABULACIONES y CONFABULACIONES


Un bello ejemplo de confabulación es la costumbre de que Santa Claus, el Niño Dios o los Reyes Magos den regalos a los niños. Confabular significa que varias personas se ponen de acuerdo para inventar una historia; el diccionario agrega: generalmente con el fin de realizar alguna fechoría. Ya vimos que esto último no necesariamente es así; llevar felicidad a los pequeños nada tiene de fechoría. Como contraparte, los regalos provocan en los destinatarios montones de  fabulaciones, los hace emocionar y que pregunten una y otra vez cómo logran dichos personajes ir a todos los rincones de la tierra en una sola noche. Las fabulaciones son historias que solo existen en la mente, pero necesitan cierto grado de confabulación en las respuestas a sus pesquisas, o desaparecerían.

Lo curioso de la confabulación es que se vuelve obligatoria. Recuerdo a un niño de ocho años, muy precoz, que confrontó a su mamá diciendo: “Dime la verdad, pero la verdad, porque te voy a creer, ¿los Reyes Magos traen los juguetes… personalmente?”. La mamá reveló el secreto y el niño… también. Días más tarde, unas mamás indignadas reprocharon a la señora su deslealtad a la tradición y le retiraron su amistad. Es evidente el conflicto en que se vio la mujer, y el niño. Igual sucede en cualquier parte: si la mentira es lo establecido, decir la verdad es condenable. Ni para qué recordar que lo mismo debió suceder cuando alguien aseguró que la tierra no era plana sino redonda, o que reyes y vasallos compartían la misma dignidad de seres humanos; quienes disintieron de la creencia común tuvieron que sufrir rechazo, ostracismo y hasta violencia.

Según la corriente constructivista, cada vez más aceptada por filósofos, pedagogos y psicólogos, todas las personas fabulamos y confabulamos, porque tal es nuestro método para conocer y re-crear el mundo en que vivimos. La fabulación es creación nuestra, y la confabulación, de la cultura. Ésta por fuerza ha sido introyectada en nuestras mentes, de lo contrario no perteneceríamos a nuestra familia, clase social, ciudad, país, época, etc. De ahí se concluye la imposibilidad humana de contactar directamente con la realidad, o en palabras más populares: “Cada cabeza es un mundo” y “a la tierra que fueres, haz lo que vieres” (piensa como los demás, actúa como los demás, sé igual que los demás).

Generalmente, las personas no nos damos cuenta de estar fabulando y confabulando; sin embargo, la misma estructura de la percepción nos lleva a hacerlo. Por ejemplo: si mientras leo o miro televisión percibo una sensación de humedad en alguna parte de mi piel, me urge encontrarle un significado, o caeré en pánico. Entonces utilizo la multitud de datos que ya contiene mi mente, la cual compara con una velocidad fantástica el nuevo estímulo con cada información previa. Mi sistema de creencias (confabulación) me ayudará a interpretar lo sucedido, y me digo: es una gota de lluvia que entró por la ventana. O tal vez piense: una alimaña fría se me encaramó, es mi madre muerta que trata de comunicarse conmigo, recibí un mensaje extraterrestre, se me apareció el diablo… Una vez que el estímulo es acomodado dentro del cúmulo de conocimientos previos, mi creencia influirá en mi conducta.

En otra ocasión me gustará hablar de las conveniencias, inconvenientes, dificultades y resultados que tiene tomar distancia y examinar nuestras confabulaciones, por hoy es todo. Feliz día.

“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com , o en facebook.com/Pascua Constelaciones Familiares.

 

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