Un bello ejemplo de
confabulación es la costumbre de que Santa Claus, el Niño Dios o los Reyes
Magos den regalos a los niños. Confabular significa que varias personas se
ponen de acuerdo para inventar una historia; el diccionario agrega:
generalmente con el fin de realizar alguna fechoría. Ya vimos que esto último no
necesariamente es así; llevar felicidad a los pequeños nada tiene de fechoría. Como
contraparte, los regalos provocan en los destinatarios montones de fabulaciones, los hace emocionar y que pregunten
una y otra vez cómo logran dichos personajes ir a todos los rincones de la
tierra en una sola noche. Las fabulaciones son historias que solo existen en la
mente, pero necesitan cierto grado de confabulación en las respuestas a sus pesquisas,
o desaparecerían.
Lo curioso de la
confabulación es que se vuelve obligatoria. Recuerdo a un niño de ocho años,
muy precoz, que confrontó a su mamá diciendo: “Dime la verdad, pero la verdad,
porque te voy a creer, ¿los Reyes Magos traen los juguetes… personalmente?”. La
mamá reveló el secreto y el niño… también. Días más tarde, unas mamás indignadas
reprocharon a la señora su deslealtad a la tradición y le retiraron su amistad.
Es evidente el conflicto en que se vio la mujer, y el niño. Igual sucede en
cualquier parte: si la mentira es lo establecido, decir la verdad es condenable.
Ni para qué recordar que lo mismo debió suceder cuando alguien aseguró que la
tierra no era plana sino redonda, o que reyes y vasallos compartían la misma
dignidad de seres humanos; quienes disintieron de la creencia común tuvieron
que sufrir rechazo, ostracismo y hasta violencia.
Según la corriente
constructivista, cada vez más aceptada por filósofos, pedagogos y psicólogos, todas
las personas fabulamos y confabulamos, porque tal es nuestro método para
conocer y re-crear el mundo en que vivimos. La fabulación es creación nuestra,
y la confabulación, de la cultura. Ésta por fuerza ha sido introyectada en nuestras
mentes, de lo contrario no perteneceríamos a nuestra familia, clase social,
ciudad, país, época, etc. De ahí se concluye la imposibilidad humana de contactar
directamente con la realidad, o en palabras más populares: “Cada cabeza es un
mundo” y “a la tierra que fueres, haz lo que vieres” (piensa como los demás,
actúa como los demás, sé igual que los demás).
Generalmente, las personas
no nos damos cuenta de estar fabulando y confabulando; sin embargo, la misma
estructura de la percepción nos lleva a hacerlo. Por ejemplo: si mientras leo o
miro televisión percibo una sensación de humedad en alguna parte de mi piel, me
urge encontrarle un significado, o caeré en pánico. Entonces utilizo la
multitud de datos que ya contiene mi mente, la cual compara con una velocidad
fantástica el nuevo estímulo con cada información previa. Mi sistema de
creencias (confabulación) me ayudará a interpretar lo sucedido, y me digo: es una
gota de lluvia que entró por la ventana. O tal vez piense: una alimaña fría se me
encaramó, es mi madre muerta que trata de comunicarse conmigo, recibí un
mensaje extraterrestre, se me apareció el diablo… Una vez que el estímulo es
acomodado dentro del cúmulo de conocimientos previos, mi creencia influirá en
mi conducta.
En otra ocasión me gustará
hablar de las conveniencias, inconvenientes, dificultades y resultados que
tiene tomar distancia y examinar nuestras confabulaciones, por hoy es todo.
Feliz día.
“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar
con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com , o en facebook.com/Pascua Constelaciones Familiares.
No hay comentarios:
Publicar un comentario