Hoy
quiero escribir de utopías, esos chispazos optimistas de la imaginación, visiones de mundos “perfectos” que en nada
coinciden con la realidad, muñecas
inalcanzables que sólo en los sueños pueden ser arrulladas, anhelos de
satisfacer exigencias que en el presente no pueden ser cumplidas, tributos de una corta vida a la íntima
necesidad de evolución que no tendrá tiempo suficiente para verlos realizados,
conciencias de la infinitud que sobrepasa los siglos y mira el futuro,
horizontes a los que nunca se llega pero que marcan un rumbo.
Las
utopías se gestan en las mentes inadaptadas. Son irrealizables cuando nacen;
sin embargo, atraen a la humanidad como la luna a la marea, con una diferencia:
ésta última nunca alcanzará al luminoso cuerpo nocturno; en cambio, muchas
utopías, ayudadas por el paso de los siglos y el esfuerzo humano, se han vuelto
posibles: vivir temporadas bajo el mar, viajar volando sobre las nubes, ir a la
luna, comunicarse instantáneamente de un continente al otro, poseer una
biblioteca en el propio celular, tener una fuente con agua caliente y fría en
el cuarto de mi casa, oprimir un botón y que se abra la puerta… A algún ser
humano en algún lugar se le ocurrió que lo que él pensaba podría ser posible y
comenzó a pensar en cómo, sin hacer caso a quienes le decían: “Si Dios quisiera
que voláramos, nos habría dado alas”, o cualquier otro argumento disuasivo.
Las
utopías deben salir de la mente que las engendró. Es vital que las comunique a
otras mentes que también pueden creerlas y éstas a otras que se sumen al empeño.
Pronto, la idea se asemeja a las corrientes marinas cuyo impulso multiplica la
velocidad con que los peces nadan.
Quien
más, quién menos, todos colaboramos de alguna manera a que las utopías se
vuelvan realidad, inventándolas, escuchándolas y sobre todo apoyándolas al
creer en ellas. Actualmente hay muchas ya pensadas, sobre numerosos temas. Por
ejemplo: Que las fronteras desaparezcan. Que las guerras desaparezcan. Que la
pobreza desaparezca. Que desaparezcan los casos de abandono o de abuso de la
niñez. Y tantas más.
Hay
utopías que apoyamos creyendo en ellas y sintiéndonos generosos por creerlas,
pero dejando que alguien más las realice o exigiéndole que lo haga. Nuestra
colaboración consistiría en no estorbar y aguardar por los beneficios, como
cuando pensamos: que los gobiernos borren las fronteras, que ya no peleen entre
sí, que se hagan cargo de los pobres y a nosotros nos den algo: una renta, una
pensión, un subsidio; que apresen a los que abandonan a sus hijos o abusan de
ellos…
Pero hay
utopías que no solamente las creemos sino que añadimos un compromiso y alguna
actividad para concretizarlas: No puedo borrar las fronteras físicas pero sí
cultivar mi aprecio sincero a todas las razas y nacionalidades. No puedo
solucionar las guerras de Oriente, pero sí vivir en paz y armonía con mis
semejantes cercanos. No puedo erradicar la pobreza pero sí crear puestos
honorables de empleo. No puedo hacer que desaparezcan el abandono y el abuso a
la niñez en general, pero sí amar y
respetar a los niños que conozco…
Cuando
en esta forma activa creemos en las utopías, estamos dándoles vigor y empuje.
Hoy se está decidiendo mucho de la forma en que vivirán las generaciones de los
siglos venideros. Hoy también es el tiempo de inventar utopías que hagan
evolucionar a la humanidad para bien.
“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar
con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com , al
teléfono 7 63 02 51 o en facebook.com/Pascua Constelaciones Familiares.
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