Todos cometemos errores, tal es el precio de la libertad.
Si siempre y obligadamente “optáramos” por lo correcto y acertado, sin oportunidad
para equivocarnos, ni dicha opción sería opción ni nosotros seres libres, sino
entes forzados, que no eligen, sin alternativa, trenes rodando sobre una
ferrovía, sin posibilidades de salir de ella.
Un error es una decisión que acarrea consecuencias
indeseables. Para los humanos es doloroso asumir que cometimos uno, en el fondo
quisiéramos atinar de todas, todas. Un “te lo dije” nos sulfura, nos hace
sentir ineptos, pone de manifiesto que ambicionábamos ser infalibles.
Hay quienes prefieren jamás reconocer que se equivocaron
y tejen un mundo de mentiras alrededor de cualquier desacierto, a fin de convencerse
y convencer a los demás que nunca fallan, que no es su culpa. Es la reacción
del niño pequeño que se aterroriza de que mamá o papá lo rechacen porque
desobedeció. Otros, en cambio, con el
error se vuelven más humildes y admiten: “Es mi responsabilidad y asumo las
consecuencias, lo siento”.
Libertad y responsabilidad suelen ir de la mano, aunque
no siempre; la primera es inherente a nosotros, la segunda
(responsabilidad=capacidad para responder) es un logro. Necesitamos cierto
grado de desarrollo para admitir que el error forma parte de la vida y tenemos
derecho a equivocarnos. Una vez que reconocemos que no somos infalibles, sino
seres en evolución que estamos aprendiendo continuamente, la equivocación no
nos aniquila; luego de ella continuamos adelante con un conocimiento más en
nuestro haber, con mayor experiencia y, si hemos trabajado mucho a nuestro
favor, con el mismo amor o autoestima hacia nuestra persona.
Sentirnos con derecho a cometer errores y a pesar de
ellos seguirnos amando es un adelanto enorme, pero hay otro aún más difícil:
reconocer este mismo derecho en los demás, sobre todo a seres muy cercanos y
queridos, no se diga si se trata de nuestros padres. Con ellos aplicamos
extremada severidad. “Mi madre quiso abortarme”, “papá nos dejó tirados y nunca
vio por nosotros”, “mi mamá prefería a mi hermano”, “me negaron la educación”, “me
cerraron las puertas cuando más los necesitaba”, “me borraron de su
testamento”…
Es un sueño generalizado desear que los propios padres,
hijos, pareja… sean seres perfectos que no fallan jamás. Pero no lo son,
también ellos pueden cometer errores monumentales, afectarnos y causarnos daño.
Tanto daño como nosotros aceptemos seguir sufriendo. Asumir que nuestros seres
queridos son sólo humanos en busca de su camino y que en ocasiones equivocan
escandalosamente el rumbo, nos hace humildes: dejamos de sentirnos el bebé que “debió”
ser engendrado por ángeles o superhombres y merece ser colocado en cuna regia, con
sábanas de seda y servidores vigilando su bienestar, dejamos de exigir esto para
convertirnos en simples seres humanos, hijos de humanos, hermanos de humanos,
emparejados con humanos, que tienen hijos humanos.
Cuando nos sentimos humanos con los humanos y respetamos
su derecho a cometer errores, entregamos la responsabilidad a los dueños de los
actos y podemos concentrarnos en estar a cargo de nuestro bienestar. Inclusive
puede ser que sintamos regocijo por las veces en que nuestros seres queridos no
se equivocaron demasiado y nos hicieron buena compañía. Tal vez hasta queramos
darles las gracias por algo bueno.
“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar
con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com , al
teléfono 7 63 02 51 o en facebook.com/Pascua Constelaciones Familiares.
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