lunes, 18 de abril de 2016

A LA TIERRA QUE FUERES



Si alguien desea permanecer dentro de un grupo, le es preciso asimilar algo de las creencias y costumbres de dicho grupo, o saldrá de él… expulsado o huyendo. Si vas entre escritores, escribes; entre religiosos, rezas; entre borrachos, bebes; entre políticos, lo que acostumbran hacer los políticos… No se trata de que te convenzas, creas y practiques desde el corazón, basta con que lo hagas exteriormente, pero… con el paso del tiempo, lo exterior influirá sobre tu interior; casi nos es  imposible sobrevivir con una división profunda entre lo uno y lo otro. Así se forman las culturas.
Una señora joven contaba sus peripecias durante un viaje a Marruecos al que fue invitada por una antigua compañera marroquí, junto con otras condiscípulas de diversos países, con motivo de la boda de un hermano. ¡Imposible perderse la oportunidad de esa experiencia exótica! Es fácil imaginar que para un viaje así se necesita poseer una personalidad audaz y aventurera.
El grupito debió hospedarse en casa de una familia, porque está prohibido que mujeres solas, sin la presencia de un hombre, entren a un hotel. No hubo problema, todas habían sido advertidas de que allá las costumbres son distintas y no deberían cuestionar nada de lo que vieran, ¡pero no basta con saber, incluso con prometer!, la propia manera de percibir al mundo se manifiesta de manera automática.
Un día antes del gran festejo, hubo otro “íntimo” en el que se entregaría el certificado de virginidad de la novia. La mexicana, curiosa, quizá sintiéndose en familia, preguntó al novio: “¿A ti también te lo piden?”. Entonces la marroquí, hermana de él, llevó aparte a sus invitadas y las instruyó que jamás volvieran a dirigirse a un hombre, hablarle o mirarlo, que ni le dieran los buenos días, sino que en su presencia mantuvieran la vista baja. Ellas no podían creerlo, les parecía extraño, injusto e insoportable, pero en fin, lo harían, no deseaban meter a su anfitriona en problemas.
En otra ocasión, yendo las “recatadas” viajeras con el chofer-guía, una de ellas se inclinó a recoger algo del piso y su pantalón dejó ver que usaba tanga, entonces el guía se abalanzó en su contra para golpearla, gritando que tenía derecho a matarla. Fue dramático; luego de numerosas reverencias y disculpas de parte de las mujeres, el hombre se alejó corriendo, profundamente alterado. Éste y más incidentes trajeron como consecuencia que las viajeras optaran por utilizar la burka para salir a la calle. “¡Nos sentíamos tan protegidas usándola! Era demasiado el acoso”, dijo.
¿Podemos pensar que les pareció más hermosa aquella vestimenta, o que se convirtieron en musulmanas? Por supuesto que no, la burka fue su manera de protegerse, pero en su interior seguían siendo extranjeras. No podemos asegurar qué sucedería en sus mentes si se quedaran a vivir allá por mucho tiempo, lo que sí podemos suponer es que los grupos nos influyen hasta en la propia identidad y es importante saber elegirlos. “Dime con quién andas, y te diré quién eres”, tarde o temprano se vuelve tan cierto como “Dios los hace y ellos se juntan”.

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