La cultura nos tiene prohibido hablar de la muerte,
incluso pensar en ella, como si quisiera hacernos creer que nunca llegará. En
México la vestimos de fiesta, la llamamos Catrina, nos regalamos cráneos de azúcar
o chocolate, hacemos fiesta en los panteones y solemos hablar de los muertos
como “ellos”, los que sí murieron. A la
mayoría nos desagrada ocuparnos en preparar la partida del planeta y dejar nuestros
asuntos en orden, de manera que quienes nos sobrevivan sufran un poco menos y
conserven la armonía; que si poseemos mucho o poco, cada uno sepa con precisión
cuál fue el regalo que le dejamos al partir. Es buena idea hacer testamento.
La herencia más frecuente va de padres a hijos. Cuando
uno de ellos muere, la familia completa se estremece. El dolor de la pérdida,
aunado al deseo inconsciente de recuperar al que se fue, confiere a los bienes
por heredar un valor irreal, aparte del monetario: simboliza recibir el amor
del muerto, ser reconocido por él. Paradójicamente, mientras más conflictiva
fue la relación en vida, con mayor apasionamiento se proclama haber formado
parte y tener derecho a lo que dejó. La ironía está en que no se mejora la
reciprocidad entre muerto y vivo, porque éste no cambia sus sentimientos ni
recuerda al primero con más afecto, sino que aumenta su rencor por no haber
sido contemplado como creía merecer. Y a mayor rencor, mayor ímpetu en la
exigencia, y mayor la sensación de estar siendo víctima de una injusticia.
Cuando un deudo se cree insuficientemente visto e
imperfectamente amado, es peligroso. Siente que “se le debe y ha llegado el
momento de cobrar”. Y como las cosas materiales jamás suplirán al amor, aunque
pueden ser mensajeras de éste, el referido es capaz de despojar a todos los
coherederos de lo que debería corresponderles y sentir que obra en justicia,
que ni siquiera el despojo basta para “indemnizarlo” por cuanto le hizo falta.
Es un orificio sin fondo, imposible de llenar; no colmó su vacío con lo que
recibió en vida y no lo colmará con lo que logre acumular, porque no sabe
reconocer el amor y apreciarlo cuando se le ofrece. Y si en una misma familia
se da más de un heredero como el descrito, ¡pobre familia!, es probable que
nunca más vuelvan a dirigirse la palabra.
Un padre o una madre que tiene hijos así, hambrientos de
amor e incapacitados para recibirlo, y muere sin haber redactado su testamento,
en realidad expresa una voluntad que puede resumirse como “¡mátense entre
ustedes!”. Y esos hijos pueden obedecer dicha voluntad al pie de la letra, pero
también pueden detenerse a pensarlo mejor, darse cuenta de que han crecido y no
necesariamente deben resignarse a ver a sus coherederos como enemigos.
Nunca es tarde para forjar una familia en la que se
firman convenios que se respetan. Las familias son resultado de las
aportaciones que sus miembros hacen a ellas; si aportan odio y pleitos, o amor
y claridad, tarde o temprano se reciben eso mismo. Todos necesitamos una familia y todos la tenemos
como hemos podido hacerla.
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