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lunes, 18 de julio de 2016

HERENCIAS Y HEREDEROS



La cultura nos tiene prohibido hablar de la muerte, incluso pensar en ella, como si quisiera hacernos creer que nunca llegará. En México la vestimos de fiesta, la llamamos Catrina, nos regalamos cráneos de azúcar o chocolate, hacemos fiesta en los panteones y solemos hablar de los muertos como “ellos”, los que sí murieron.  A la mayoría nos desagrada ocuparnos en preparar la partida del planeta y dejar nuestros asuntos en orden, de manera que quienes nos sobrevivan sufran un poco menos y conserven la armonía; que si poseemos mucho o poco, cada uno sepa con precisión cuál fue el regalo que le dejamos al partir. Es buena idea hacer testamento.
La herencia más frecuente va de padres a hijos. Cuando uno de ellos muere, la familia completa se estremece. El dolor de la pérdida, aunado al deseo inconsciente de recuperar al que se fue, confiere a los bienes por heredar un valor irreal, aparte del monetario: simboliza recibir el amor del muerto, ser reconocido por él. Paradójicamente, mientras más conflictiva fue la relación en vida, con mayor apasionamiento se proclama haber formado parte y tener derecho a lo que dejó. La ironía está en que no se mejora la reciprocidad entre muerto y vivo, porque éste no cambia sus sentimientos ni recuerda al primero con más afecto, sino que aumenta su rencor por no haber sido contemplado como creía merecer. Y a mayor rencor, mayor ímpetu en la exigencia, y mayor la sensación de estar siendo víctima de una injusticia.
Cuando un deudo se cree insuficientemente visto e imperfectamente amado, es peligroso. Siente que “se le debe y ha llegado el momento de cobrar”. Y como las cosas materiales jamás suplirán al amor, aunque pueden ser mensajeras de éste, el referido es capaz de despojar a todos los coherederos de lo que debería corresponderles y sentir que obra en justicia, que ni siquiera el despojo basta para “indemnizarlo” por cuanto le hizo falta. Es un orificio sin fondo, imposible de llenar; no colmó su vacío con lo que recibió en vida y no lo colmará con lo que logre acumular, porque no sabe reconocer el amor y apreciarlo cuando se le ofrece. Y si en una misma familia se da más de un heredero como el descrito, ¡pobre familia!, es probable que nunca más vuelvan a dirigirse la palabra.
Un padre o una madre que tiene hijos así, hambrientos de amor e incapacitados para recibirlo, y muere sin haber redactado su testamento, en realidad expresa una voluntad que puede resumirse como “¡mátense entre ustedes!”. Y esos hijos pueden obedecer dicha voluntad al pie de la letra, pero también pueden detenerse a pensarlo mejor, darse cuenta de que han crecido y no necesariamente deben resignarse a ver a sus coherederos como enemigos.
Nunca es tarde para forjar una familia en la que se firman convenios que se respetan. Las familias son resultado de las aportaciones que sus miembros hacen a ellas; si aportan odio y pleitos, o amor y claridad, tarde o temprano se reciben eso mismo.  Todos necesitamos una familia y todos la tenemos como hemos podido hacerla.
“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com , al teléfono 7 63 02 51 o en facebook.com/Psic-Ma-Dolores-Hernandez-Gonzalez





martes, 21 de julio de 2015

SIENTO UN VACÍO



¿Por qué todo el tiempo siento como que algo me falta? Con mi familia estoy bien, mi esposo bien, mis hijos bien, de dinero bien, salgo y voy a fiestas pero aunque me divierto, siento un hueco que no me deja y así es todo el tiempo, ¿por qué será?

OPINIÓN

Tu pregunta es muy basta y puede tener muchísimas respuestas. Te daré unas pocas, tú las sientes y ves si alguna resuena en tu alma.
¿Te gustaría ser famosa?, ¿que la gente hablara de ti y te admirara? Si así fuera, ¿con cuál tipo de famosos te identificarías? Lady Gaga, Madona, la madre Teresa, el Papa Francisco, algún científico, un político, el Chapo… O quizás menos famosa, pero sí reconocida, que tus familiares y amigos te dijeran “qué bien lo haces”, “me buena suerte que tú seas tú”. O todavía más íntimo, que te miraras en el espejo y pudieras decir a tu imagen: “Te quiero para siempre, hagas lo que hagas y pase lo que pase”. ¿Podría esto llenar tu hueco?
Otra posibilidad: Tú sabes que los humanos somos seres inacabados y en movimiento; logramos éxito en un proyecto y estamos disponibles para el siguiente. ¿Tienes un proyecto nuevo o alguno en marcha, que exija todas tus capacidades y adquirir otras nuevas? ¿Crees que algo así de exigente podría proporcionarte una sensación de plenitud, de decirte a ti misma “doy todo de mí y sigo creciendo”?
A ver esta teoría: dicho hueco da testimonio de tus ansias de infinito, las cuales no se ven colmadas hasta que vuelves tu mirada a Dios y lo tomas en tu vida como lo trascendental y básico, aquello “en Quien somos, nos movemos y existimos”. ¿Cómo es tu vida espiritual?, ¿estás en búsqueda de conocer la voluntad divina y cumplirla? ¿Crees que entregándote  más a Dios se colmaría tu hueco?
Ahora interpretemos literalmente el hueco como una información precisa de tu interior que dice: “algo falta”, algo que te toca tomar y no has tomado. ¿Cómo qué? Por ejemplo, tu destino: tus padres, tu historia, la historia de tu familia, un excluido o determinadas circunstancias que te niegas a asimilar. Generalmente negamos o rechazamos cosas difíciles; una culpa, un padre o una madre crueles o inaccesibles, un hijo con discapacidad, pobreza extrema, pérdidas de seres queridos, de una fortuna, de la salud, de algo muy deseado, o cualquier evento que sentimos superior a nuestras fuerzas. El destino lo da la vida y está ahí, sin que dependa de nuestra aceptación o rechazo; rebelarnos contra él sólo nos ocasiona desperdicio de energía y la información de que no estamos plenos o completos. Debe ser tomado con el corazón; quiero decir que no basta con pensar “ahora me hago el ánimo”, sino que se necesita amarlo. No es fácil, tampoco imposible. Ya alguien dijo que el camino más largo es el que va de la cabeza al corazón.
Te invito a que tomes el Diplomado de Constelaciones Familiares, sirve precisamente para esto, ver, reconocer e incluir lo que hemos excluido y forma parte de nosotros.
“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com  o en facebook.com/Pascua Constelaciones Familiares.










lunes, 23 de marzo de 2015

RECONOCIMIENTO INNATO DE SER IMPORTANTES


Sucede a veces que no podemos creer cosas que son obvias. El reconocimiento innato de ser importantes, es una de ellas.

Si dicho reconocimiento es innato, entonces nacimos con él; de ahí que a nadie le gusta sentirse menos, inferior, despreciable, tonto, maldito, inadaptado, que está de sobra, etc.; por el contrario, queremos ser mirados, apreciados y reconocidos. Sin embargo, no siempre nos sentimos autorizados para aceptar nuestra propia importancia y mucho menos confesarla. Culturalmente está prohibido decir: ¡soy importante!

“Soy importante” es distinto a: “Soy más importante que tú”. La totalidad de las personas somos igualmente importantes; lo que hacemos beneficia o perjudica a todos los demás; ayudamos a que el género humano evolucione, mucho o poco.

Es una pena que se nos inculque “hablar con modestia” en el sentido de desconocer nuestra propia importancia: “mirar cualidades en uno mismo es vanidad”, “no digas tus virtudes, deja que sea otro quien lo haga”, “soy tu humilde servidor”, “me quedó malhecho, pero ahí está”…

Una cosa es ostentar y presumir, inclusive lo que no se posee (falta de modestia) y otra, creerse escaso de medios y recursos. Esto último es siempre mentira; que en algunos momentos estemos faltos de dinero no significa que hemos dejado de ser importantes, ni que no poseamos multitud de recursos materiales y no materiales que están ahí, disponibles para ser usados.

La necesidad humana de reconocer la propia importancia está presente siempre en cada uno de nosotros, como urgencia de ser vistos. Primero por nosotros mismos. Es tan poderosa que cuando apartamos nuestra mirada de lo que somos, sentimos un profundo dolor interno que se manifiesta como tristeza, falta de esperanza, decepción, sentimientos de soledad y vacío. Dice Octavio Paz: "Desde que apareció sobre la tierra, el hombre es un ser incompleto. Apenas nace y se fuga de sí mismo. ¿Adónde va? Anda en busca de sí mismo y se persigue sin cesar. Nunca es el que es, sino el que quiere ser, el que se busca; en cuanto se alcanza, o cree que se alcanza, se desprende de nuevo de sí, se desaloja, y prosigue su persecución".

¿Qué nos hace vivir esta persecución? La falsa modestia de creernos poco importantes y aceptables siendo lo que somos. Nos enfocamos en “lo que queremos ser”, en los “debería”, que no son más que confabulaciones, creencias de que estaríamos mejor si lográramos esto o aquello. Nos impiden mirarnos amorosamente y decir: “Así como soy ahora, soy importante y puedo amarme”. En cambio, pensamos: “Me amaré cuando tenga casa propia… termine mi carrera… encuentre un amor… me vuelva famoso…”

Mirarnos y amarnos hoy es una exigencia interna que sólo cada uno podemos satisfacer. Se trata de una habilidad respaldada por la naturaleza que nos empuja hacia la autoestima; es decir, a considerarnos valiosos y dignos de ser amados por el simple hecho de haber nacido.

“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com , o en facebook.com/Pascua Constelaciones Familiares.