lunes, 5 de diciembre de 2016

NARCISISMO, AUTOESTIMA Y ASERTIVIDAD



Narcisismo, autoestima y asertividad son términos que tienen significados diferentes y con frecuencia son utilizados mal, de manera indistinta, uno en lugar de otro.
“Narcisismo” proviene del conocido mito de Narciso, joven bello y vanidoso, incapaz de amar a nadie, que se enamoró de su propia imagen reflejada en el espejo del agua.
El narcisismo es un impulso innato e instintivo a creer y sentir: “Yo soy valioso”. Nunca faltará verdad en esta afirmación, sólo que el narcisismo es a la autoestima lo que la arena y las piedras a un edificio; materias primas necesarias que precisan de elaboración y acomodo inteligente para que puedan ser aprovechadas.
El narcisista “olvida” o se desentiende del trabajo de elaboración inteligente que su narcisismo requiere y pasa a endiosarse de una imagen idealizada de sí mismo, no de su persona real (que no conoce ni acepta). Cree y no cree la imagen creada por su mente, sin embargo, intenta convencer a todos que es verdadera: presume de riquezas que no posee, triunfos que jamás obtuvo, cualidades que no ha ejercitado.  Es el caso de las personas que por vergüenza ocultan a su familia, el lugar donde viven, el trabajo que desempeñan, etc.; sin embargo, jamás quedará totalmente borrada la necesidad de sentirse valiosas, porque nada borra al instinto.
Como queda dicho, el narcisismo natural e instintivo es la materia prima con que se construye la autoestima o amor incondicional por sí mismo. La autoestima reconoce en cada ser humano un valor intrínseco que lo hace digno de amor. Tal reconocimiento no es tarea fácil; nacemos inmersos en millares de creencias que, aseguran, si no logramos determinadas características, no mereceremos amor ni nadie nos va a querer. “Deberías ser… más rico, con más títulos universitarios, más alto, más sociable, más valiente, más esbelto, más blanco, sin vellos, sin malos olores, más sumiso, más etc.”. Estos “deberías” no tienen qué ver con la autoestima, sino con la imagen mental que tiene uno de sí mismo o tienen los demás.
La autoestima nunca se ve afectada por los éxitos ni los fracasos, es un amor incondicional en reconocimiento del propio valor intrínseco. Cuando alguien exclama: “Me titulé y aumentó mi autoestima” está confundiendo el amor por sí mismo con un mejoramiento de su auto-imagen.
La autoestima hay que cultivarla, porque en cuanto uno se descuida vuelve a creer las numerosas mentiras que se nos inculcan y a caer en el desamor por sí mismo. Un buen ejercicio de autoestima es mirarse en el espejo, darse un abrazo y decir al mismo tiempo: “Te amo como eres, como estás, con todo lo que has hecho, lo que tienes y lo que no tienes”.  Entonces, así nos faltara un brazo o una pierna o hubiéramos perdido toda nuestra fortuna, estaríamos de nuestro lado y queriéndonos. Esto es autoestima incondicional.
La persona con autoestima es asertiva; es decir, sabe expresarse, dar, pedir, recibir o decir no cuando es conveniente, sin la intención de perjudicar a nadie, puesto que considera valiosos a todos los humanos. Está interesada en convivir e intercambiar, no en ser la mejor, dominar o sobresalir.  En cambio, la persona que no se considera valiosa opta por no defender sus derechos de forma activa: puede dar una respuesta agresiva cuando su foco de atención está puesto en las propias necesidades, o de sumisión cuando desea complacer a los demás. La asertividad se sitúa en un punto intermedio entre dos polaridades: la pasividad, que consiste en permitir que terceros decidan por nosotros, o la agresividad, cuando no somos capaces de ser objetivos y respetar las ideas de los demás. La autoestima incondicional nos mantiene siempre a flote y en equilibrio, aun en las situaciones más embarazosas. Nada como amarse uno a sí mismo.
“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com , o en facebook.com/Psic-Ma-Dolores-Hernandez-Gonzalez

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