Narcisismo, autoestima y asertividad son términos que tienen
significados diferentes y con frecuencia son utilizados mal, de manera
indistinta, uno en lugar de otro.
“Narcisismo” proviene del conocido mito de Narciso, joven
bello y vanidoso, incapaz de amar a nadie, que se enamoró de su propia imagen
reflejada en el espejo del agua.
El narcisismo es un impulso innato e instintivo a creer y
sentir: “Yo soy valioso”. Nunca faltará verdad en esta afirmación, sólo que el narcisismo
es a la autoestima lo que la arena y las piedras a un edificio; materias primas
necesarias que precisan de elaboración y acomodo inteligente para que puedan
ser aprovechadas.
El narcisista “olvida” o se desentiende del trabajo de
elaboración inteligente que su narcisismo requiere y pasa a endiosarse de una
imagen idealizada de sí mismo, no de su persona real (que no conoce ni acepta).
Cree y no cree la imagen creada por su mente, sin embargo, intenta convencer a
todos que es verdadera: presume de riquezas que no posee, triunfos que jamás
obtuvo, cualidades que no ha ejercitado.
Es el caso de las personas que por vergüenza ocultan a su familia, el
lugar donde viven, el trabajo que desempeñan, etc.; sin embargo, jamás quedará
totalmente borrada la necesidad de sentirse valiosas, porque nada borra al
instinto.
Como queda dicho, el narcisismo natural e instintivo es
la materia prima con que se construye la autoestima o amor incondicional por sí
mismo. La autoestima reconoce en cada ser humano un valor intrínseco que lo
hace digno de amor. Tal reconocimiento no es tarea fácil; nacemos inmersos en
millares de creencias que, aseguran, si no logramos determinadas
características, no mereceremos amor ni nadie nos va a querer. “Deberías ser…
más rico, con más títulos universitarios, más alto, más sociable, más valiente,
más esbelto, más blanco, sin vellos, sin malos olores, más sumiso, más etc.”.
Estos “deberías” no tienen qué ver con la autoestima, sino con la imagen mental
que tiene uno de sí mismo o tienen los demás.
La autoestima nunca se ve afectada por los éxitos ni los
fracasos, es un amor incondicional en reconocimiento del propio valor
intrínseco. Cuando alguien exclama: “Me titulé y aumentó mi autoestima” está
confundiendo el amor por sí mismo con un mejoramiento de su auto-imagen.
La autoestima hay que cultivarla, porque en cuanto uno se
descuida vuelve a creer las numerosas mentiras que se nos inculcan y a caer en
el desamor por sí mismo. Un buen ejercicio de autoestima es mirarse en el
espejo, darse un abrazo y decir al mismo tiempo: “Te amo como eres, como estás,
con todo lo que has hecho, lo que tienes y lo que no tienes”. Entonces, así nos faltara un brazo o una
pierna o hubiéramos perdido toda nuestra fortuna, estaríamos de nuestro lado y
queriéndonos. Esto es autoestima incondicional.
La persona con autoestima es asertiva; es decir, sabe
expresarse, dar, pedir, recibir o decir no cuando es conveniente, sin la
intención de perjudicar a nadie, puesto que considera valiosos a todos los
humanos. Está interesada en convivir e intercambiar, no en ser la mejor,
dominar o sobresalir. En cambio, la persona que no se considera valiosa opta por no
defender sus derechos de forma activa: puede dar una respuesta agresiva cuando
su foco de atención está puesto en las propias necesidades, o de sumisión
cuando desea complacer a los demás. La asertividad se sitúa en un punto intermedio entre
dos polaridades: la pasividad, que consiste en permitir que terceros decidan
por nosotros, o la agresividad, cuando no somos capaces de ser objetivos y
respetar las ideas de los demás. La autoestima incondicional nos mantiene
siempre a flote y en equilibrio, aun en las situaciones más embarazosas. Nada
como amarse uno a sí mismo.
“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar
con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com , o en facebook.com/Psic-Ma-Dolores-Hernandez-Gonzalez
No hay comentarios:
Publicar un comentario