Me han preguntado si los relatos en mis libros son reales y
si me sucedieron. Siempre la respuesta es “no”, porque no escribo autobiografía, aunque en esta columna me he permitido un par de excepciones. Ésta es una de
ellas: voy a compartir algo que me sorprendió.
Hace unos días viví un encuentro con
mis compañeras de la primaria. A algunas no las había visto desde tiempos de la
escuela. No deja de ser impresionante volver a estar con ellas y escuchar sus
recuerdos. Éste me impactó de manera muy especial:
Las madres nos
habían llevado de paseo a un rancho donde llenaron con agua un gran depósito al
que nos dieron permiso de entrar, como si fuera una alberca. Mientras oía el
relato, iba recordándolo todo. La madre me preguntó si yo sabía nadar y
respondí que sí. No mentí, era pequeña y creía que daba lo mismo chapotear en
la tina que saber nadar, así que apenas bajé dos escalones de aquella
improvisada alberca sentí que todo giraba y me fue imposible conservar el
equilibrio.
“Yo vi una trenza flotando, la jalé y te saqué”, contó una
compañera.
Era verdad, hasta que volví a escuchar el relato comprendí la
grandeza del acto de esta compañera y la importancia que tuvo para mí. Me sorprendió que en mis recuerdos quedó más
grabada mi sed y el agua fresca que ese día nos ofrecieron los anfitriones a
las niñas formadas en fila. ¿Cómo fue que yo di mayor importancia a eso
que al hecho de haber sido salvada de morir?
Me pregunto en cuántos otros
acontecimientos puede uno estar teniendo errores de apreciación, sin saberlo.
Pensé
en la poca objetividad que pueden tener nuestros recuerdos en la
formación de la autoimagen y si en realidad elegimos lo importante para
configurarla.
Suele ocurrir que cosas
que en su momento vimos como pequeñas y triviales, o grandes e
importantes, pasados los años las
miramos de manera distinta. También, que nunca descubramos lo trascendental de
determinados minutos, como me habría sucedido si no hubiera asistido a la reunión,
o mi compañera no hubiera recordado el incidente que he contado.
Uno no sabe lo
que no sabe.
Quizá un evento está guardado en el inconsciente pero no sube a la
conciencia, o la pereza de revisarlo y modificar la visión
ocasione que uno lo siga mirando como la primera vez, con los mismos
sentimientos de la niñez, adolescencia o juventud, aunque la edad confiera, según
dicen, más sabiduría.
Volver los ojos desde el presente al pasado puede ser muy
sanador. Mirar los acontecimientos permaneciendo en el presente, sin repetir los sentimientos antiguos ni dejarnos
envolver por ellos, sino reconociendo los de hoy
modificados ya por la experiencia.
Doy las gracias a mi antigua compañera de
escuela por haberme ayudado en aquel momento.
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