Mis paginas

martes, 7 de febrero de 2017

UNO NO SABE LO QUE NO SABE



Me han preguntado si los relatos en mis libros son reales y si me sucedieron. Siempre la respuesta es “no”, porque no escribo autobiografía, aunque en esta columna me he permitido un par de excepciones. Ésta es una de ellas: voy a compartir algo que me sorprendió.

Hace unos días viví un encuentro con mis compañeras de la primaria. A algunas no las había visto desde tiempos de la escuela. No deja de ser impresionante volver a estar con ellas y escuchar sus recuerdos. Éste me impactó de manera muy especial: 

Las madres nos habían llevado de paseo a un rancho donde llenaron con agua un gran depósito al que nos dieron permiso de entrar, como si fuera una alberca. Mientras oía el relato, iba recordándolo todo. La madre me preguntó si yo sabía nadar y respondí que sí. No mentí, era pequeña y creía que daba lo mismo chapotear en la tina que saber nadar, así que apenas bajé dos escalones de aquella improvisada alberca sentí que todo giraba y me fue imposible conservar el equilibrio. 

“Yo vi una trenza flotando, la jalé y te saqué”, contó una compañera. 

Era verdad, hasta que volví a escuchar el relato comprendí la grandeza del acto de esta compañera y la importancia que tuvo para mí. Me sorprendió que en mis recuerdos quedó más grabada mi sed y el agua fresca que ese día nos ofrecieron los anfitriones a las niñas formadas en fila. ¿Cómo fue que yo di mayor importancia a eso que al hecho de haber sido salvada de morir? 

Me pregunto en cuántos otros acontecimientos puede uno estar teniendo errores de apreciación, sin saberlo. 

Pensé en la poca objetividad que pueden tener nuestros recuerdos en la formación de la autoimagen y si en realidad elegimos lo importante para configurarla.  

Suele ocurrir que cosas que en su momento vimos como pequeñas y triviales, o grandes e importantes, pasados los años las miramos de manera distinta. También, que nunca descubramos lo trascendental de determinados minutos, como me habría sucedido si no hubiera asistido a la reunión, o mi compañera no hubiera recordado el incidente que he contado. 

Uno no sabe lo que no sabe. 

Quizá un evento está guardado en el inconsciente pero no sube a la conciencia, o la pereza de revisarlo y modificar la visión ocasione que uno lo siga mirando como la primera vez, con los mismos sentimientos de la niñez, adolescencia o juventud, aunque la edad confiera, según dicen, más sabiduría. 

Volver los ojos desde el presente al pasado puede ser muy sanador. Mirar los acontecimientos permaneciendo en el presente, sin repetir  los sentimientos antiguos ni dejarnos envolver por ellos, sino reconociendo los de hoy modificados ya por la experiencia. 

Doy las gracias a mi antigua compañera de escuela por haberme ayudado en aquel momento. 

“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com  o en facebook.com/Psic-Ma-Dolores-Hernandez-Gonzalez


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