Semana Santa y Pascua son fechas de eventos religiosos que
se impregnaron de tal manera en la cultura occidental, que pertenecen a todos,
piadosos y descreídos. Aun los que desconocen su significado resultan
beneficiados con unos días de celebración que permiten un cambio de
actividades.
Por ser temporada en que habitualmente se descansa, los
autobuses van y vienen repletos a distintos destinos turísticos, parientes
visitan a parientes, muchos llenan las iglesias o dedican esos días a la
oración y la meditación, se organizan retiros espirituales y en fin, las horas
se destinan a ocupaciones muy distintas a las de todos los días. El domingo de
Pascua señala el regreso a lo material, lo cotidiano, y en el ámbito
espiritual, la resurrección: un cuerpo físico que murió se reanima en lo
material y vive de manera distinta a la anterior.
Al decir “felices pascuas” se expresa el deseo de que la
persona tenga un paso o un salto de algo menos bueno a algo mejor. De la muerte
a la vida. Del sufrimiento a la dicha. Del problema a la solución.
Todos deseamos una Pascua; es decir, dejar atrás lo
doloroso y complicado y transcurrir la existencia entre alegrías y buenos
momentos. Lo sabemos por lo que dicen las palabras. Cuando lo que nos sucede no
concuerda con nuestros deseos, solemos decir: “esto no es vida”; y si nos
agrada, decimos: “Esto es pura vida”. En este caso, “vida” es sinónimo de estar
bien.
La Biblia nos cuenta la historia de un pueblo que no estaba
bien porque vivía sometido a la esclavitud en un país que no era el suyo; que
Dios lo sacó de ahí, lo liberó enviando a Moisés, y fue un evento tan
trascendental que los judíos debían celebrarlo cada año y lo siguen haciendo.
Luego, que Jesús consumó su sacrificio y liberación de la humanidad
precisamente en las fiestas de Pascua. Esta fecha tradicional es un punto de
convergencia entre todas las iglesias que conocemos en este lado del mundo:
católica, protestantes y judía.
La fiesta de Pascua también da testimonio de que las
religiones cristianas son hijas y deudoras del judaísmo, puesto que tanto la
fiesta como los libros considerados sagrados, es decir, la Biblia, provienen de
las costumbres judaicas. Este pensamiento es totalmente opuesto al que
antiguamente incubaba mucha gente y pudo haber tenido qué ver con el
antisemitismo y el Holocausto: la idea
de que deberíamos despreciar a los judíos porque ellos mataron a Cristo. Por el
contrario, las personas que profesamos religiones cristianas, lejos de mirar
con odio o con desprecio a quienes profesan el judaísmo, podríamos referirnos a
ellos con gratitud, como a miembros de una religión madre que ha dado a luz a
varias religiones hijas.
En fin, querido lector, deseo que vivas plenamente una
Pascua en todos tus asuntos y éstos fluyan tal como si hubieran resucitado.
Felices Pascuas.
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