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lunes, 22 de mayo de 2017

LA COMODIDAD DE LA INCONSCIENCIA



¿Te ha sucedido que llegues a tu casa conduciendo o caminando y justo allí recuerdas que querías ir a otra parte? ¿O terminas de leer una página de un libro y no tienes idea de qué fue lo que leíste? ¿Y que te presenten a una persona que nunca habías visto y espontáneamente sientas por ella atracción o antipatía? Quizá, cuando te das cuenta de lo ocurrido, te dices a ti mismo: “¡Qué distraído soy!”, o “¡qué extraño!”, cuando con verdad podrías haber dicho: “¡Mi subconsciente es un genio!”.

Tu subconsciente es un genio; puede hacerte desempeñar casi cualquier actividad sin que le pongas atención consciente, porque está para servirte. 

No tienes que repetirle las órdenes, él las aprendió todas y las ejecuta. Ya no necesitas poner atención a cómo se mueven tus piernas al caminar, ni en qué medida debes oprimir el acelerador o el freno, él lo hace para que no te molestes. ¿Magnífico, no? 

Tampoco es necesario que te intereses por la persona que te presentaron a fin de saber cómo es ella, tu subconsciente lo dictamina en base a tus recuerdos y experiencias previas con personas que se le parecen en algo, quizá en el sexo, el color de piel, la estatura u otra característica menos notable. 

La genialidad del subconsciente (que nos evita un sinfín de esfuerzos para dejar a la conciencia despejada y que tome las decisiones importantes) también nos lleva a vivir como autómatas programados. Se dice que el 90 o 95% de nuestras acciones son inconscientes y sólo en el 5% restante interviene la conciencia, ¿crees que sea exagerado?

El subconsciente formula rutinas para todo, también para nuestra manera de pensar. Cualquier información que nos llega por los sentidos, él la compara con la que ha recopilado a través de los años y si la nueva coincide, la integra con la demás sin problema. Pero si es distinta, la rechaza con gran fuerza.

Digamos que alguien crece “archivando” eventos que lo convencen de que es malo en las relaciones y nadie lo va a querer, pero de repente llega una persona que le dice “te quiero”. ¿Qué va a suceder? El subconsciente gritará “¡no es cierto!” y encenderá todas sus alarmas para advertir a la persona que no se arriesgue. 

Si dicha persona hace lo que el subconsciente le manda, sólo en apariencia será consciente; en realidad está automatizada.

Hasta aquí hemos omitido algo tremendamente importante de los contenidos del subconsciente: los instintos y necesidades. Estos también tienen su propia fuerza.  Si la persona en cuestión tiene un hambre exacerbada de amor y compañía, se verá enfrentada a un conflicto enorme entre “sí” y “no” entregarse a la experiencia de querer. 

Aquí debe intervenir la conciencia y estudiar el caso. Si no interviniera, el sujeto en cuestión reaccionará tal como lo ha hecho antes, negándose, y con ello confirmando la creencia previa. O tal vez reaccione tomando el “sí”, pero pasado un tiempo regresará al “no”, super-confirmando la creencia previa. Mismo resultado. En cambio…

Sólo la conciencia tiene capacidad para zafarse de programaciones y condicionamientos y elegir. Sólo en la conciencia puede haber cambios reales. Si los hay, la persona va a experimentar culpa, pero esta culpa es el precio que uno paga por dejar de vivir como autómata. 

Cuando dicha culpa es apreciada como un costo de la libertad, no ocasiona las consecuencias patológicas que acompañan a una culpa rechazada, también llamada culpabilidad.
“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com ,  o en facebook.com/Psic-Ma-Dolores-Hernandez-Gonzalez

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