¿Te ha sucedido que llegues a tu casa conduciendo o
caminando y justo allí recuerdas que querías ir a otra parte? ¿O terminas de
leer una página de un libro y no tienes idea de qué fue lo que leíste? ¿Y que te
presenten a una persona que nunca habías visto y espontáneamente sientas por
ella atracción o antipatía? Quizá, cuando te das cuenta de lo ocurrido, te
dices a ti mismo: “¡Qué distraído soy!”, o “¡qué extraño!”, cuando con verdad podrías
haber dicho: “¡Mi subconsciente es un genio!”.
Tu subconsciente es un genio; puede hacerte desempeñar casi
cualquier actividad sin que le pongas atención consciente, porque está para
servirte.
No tienes que repetirle las órdenes, él las aprendió todas y las
ejecuta. Ya no necesitas poner atención a cómo se mueven tus piernas al
caminar, ni en qué medida debes oprimir el acelerador o el freno, él lo hace
para que no te molestes. ¿Magnífico, no?
Tampoco es necesario que te intereses
por la persona que te presentaron a fin de saber cómo es ella, tu subconsciente
lo dictamina en base a tus recuerdos y experiencias previas con personas que se
le parecen en algo, quizá en el sexo, el color de piel, la estatura u otra
característica menos notable.
La genialidad del subconsciente (que nos evita un sinfín de
esfuerzos para dejar a la conciencia despejada y que tome las decisiones
importantes) también nos lleva a vivir como autómatas programados. Se dice que
el 90 o 95% de nuestras acciones son inconscientes y sólo en el 5% restante interviene
la conciencia, ¿crees que sea exagerado?
El subconsciente formula rutinas para todo, también para
nuestra manera de pensar. Cualquier información que nos llega por los sentidos,
él la compara con la que ha recopilado a través de los años y si la nueva coincide,
la integra con la demás sin problema. Pero si es distinta, la rechaza con gran
fuerza.
Digamos que alguien crece “archivando” eventos que lo
convencen de que es malo en las relaciones y nadie lo va a querer, pero de
repente llega una persona que le dice “te quiero”. ¿Qué va a suceder? El
subconsciente gritará “¡no es cierto!” y encenderá todas sus alarmas para
advertir a la persona que no se arriesgue.
Si dicha persona hace lo que el
subconsciente le manda, sólo en apariencia será consciente; en realidad está
automatizada.
Hasta aquí hemos omitido algo tremendamente importante de
los contenidos del subconsciente: los instintos y necesidades. Estos también
tienen su propia fuerza. Si la persona
en cuestión tiene un hambre exacerbada de amor y compañía, se verá enfrentada a
un conflicto enorme entre “sí” y “no” entregarse a la experiencia de querer.
Aquí debe intervenir la conciencia y estudiar el caso. Si
no interviniera, el sujeto en cuestión reaccionará tal como lo ha hecho antes, negándose,
y con ello confirmando la creencia previa. O tal vez reaccione tomando el “sí”,
pero pasado un tiempo regresará al “no”, super-confirmando la creencia previa. Mismo
resultado. En cambio…
Sólo la conciencia tiene capacidad para zafarse de
programaciones y condicionamientos y elegir. Sólo en la conciencia puede haber
cambios reales. Si los hay, la persona va a experimentar culpa, pero esta culpa
es el precio que uno paga por dejar de vivir como autómata.
Cuando dicha culpa
es apreciada como un costo de la libertad, no ocasiona las consecuencias
patológicas que acompañan a una culpa rechazada, también llamada culpabilidad.
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