La Afectividad es el color de la vida, materia prima necesaria
para hacer de la propia existencia una obra de arte. En cambio, la inteligencia
es el orden, la armonía, la comprensión y el acomodo de las tonalidades del
afecto.
Unos colores sin orden ni armonía son sólo manchones. Un
orden sin color ni armonía es rigidez, crueldad, injusticia, opresión,
despotismo.
En los conocimientos antiguos, al equilibrio entre afectividad
e inteligencia se le llamaba sabiduría; en los nuevos, Inteligencia Emocional.
Pensar mucho y sentir poco es frío. También objetivo,
brillante, calculador, rígido, severo, exacto e intransigente como una
computadora. Los que piensan demasiado prefieren el orden, la disciplina y la
“racionalidad” al sentir. Sus razonamientos pueden llevarlos a grandes éxitos
materiales, a la elaboración de ideales y teorías científicas, también a un
grave alejamiento de la realidad, porque al no atender a lo que sienten,
ignoran la reacción interior y subjetiva que ofrecen los sentidos ante los
datos.
Los muy intelectuales son los más difíciles de convencer de que les
falta el equilibrio del que hablamos.
Sentir mucho y pensar poco se parece a una paleta de pintor
que escurre colores en el piso, muebles
y todo cuanto toca. Colorido exuberante y revuelto que nunca alcanzará la
belleza de un cuadro bien logrado ni podrá extasiar a su pintor o a quienes lo
contemplen; por el contrario, les ocasionará bochornos, arrepentimientos, dolor,
vergüenza, necesidad de pedir perdón y, en casos graves, aislamiento.
Hay diversas maneras de sentir mucho. Algunas personas dicen
“yo soy muy sentida” y se refieren a que todo las lastima. Generalmente tienen
buena sensibilidad; es decir, un excelente equipo de percepción: buenos ojos,
oído fino… (a lo mejor un tercer ojo) y lo que sienten o perciben es correcto,
pero… les falta una firme intervención de la inteligencia para que se
confeccionen “cáscara” o métodos de protección que disminuyan su vulnerabilidad
o riesgo de ser heridos. O para que aprendan y
desarrollen estrategias de convivencia que prevengan o mitiguen los
roces. O tal vez para apartarse de una relación dañina o de un sitio insalubre.
Otra manera de sentir mucho es guardar re-sentimientos, lo
cual significa que un evento que ya pasó, sigue estimulando la afectividad como
si fuera presente. Re-sentir significa volver a sentir. El recuerdo “usurpa” el
presente y ocupa su lugar. La persona toda se vuelca sobre aquel hecho antiguo,
lo re-vive, reacciona ante él, le busca soluciones y, lo más importante, olvida
las responsabilidades y problemas de hoy. Sólo una enérgica intervención de la
inteligencia puede devolver su orden al tiempo, llevar la atención de la
persona hacia el presente y hacerla que examine si para ella es conveniente la
reacción emocional que está teniendo.
Estos son algunos ejemplos de resentimientos. “Cuando era
niña mi maestra me humilló enfrente de todos y ahora soy vergonzosa”, “antes de
nacer yo, mi tío le robó su herencia a mi papá y ahora yo lo odio”, “hace unos
siglos EEUU le robó la mitad de su territorio a México, por eso detesto a los
gringos”, “en la conquista los españoles fueron brutales e injustos con los
indígenas y por eso hoy estamos acomplejados”.
¿Crees que si alguien dedica su energía a re-sentimientos
de este tipo, puede ver mermada la energía que necesita para enfrentar los
acontecimientos de hoy?
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