“Mi madre fue injusta conmigo, prefirió siempre a mi
hermano y eso nunca se lo voy a perdonar”, oí decir a una mujer de mediana
edad, casada y con hijos. “¿Su mamá vive?”, le pregunté, y respondió que no.
Qué doloroso tener
recuerdos y pendientes que hacen sufrir, con una persona que ya no está.
¿A quién le cobra un hijo las caricias que le faltaron?, ¿las injusticias que
recuerda haber sufrido?, ¿la falta de apoyo en momentos importantes? A nadie;
le toca sentirse y pensarse una víctima de por vida, salvo que…
Salvo que se niegue a desempeñar ese rol tan ingrato.
¿Cómo vive una víctima? Sufre y llora porque la engañan,
la humillan, le roban, la traicionan, la abandonan…
Cuando vamos al teatro o al cine, vemos a actores desempeñando
papeles. Unos son héroes, otros villanos, verdugos, víctimas… Los roles se
entrelazan. El actor debe asimilar perfectamente su papel, o no lo desempeñará
como es debido. Si uno, al que le toca morir asesinado de un balazo, en plena
representación se negara a expirar y saliera corriendo, destruiría la escena,
la modificaría por completo y todos los actores tendrían cambios.
No es difícil darse cuenta que la familia nos asigna
roles, papeles para desempeñar en la vida: tú eres el mayor que cuidará a sus
hermanos, tú el exitoso que todo lo
merece, tú el abnegado que acepta injusticias, tú serás quien me cuide en mi
vejez, tú…
Generalmente, aceptamos dichos roles sin darnos plena
cuenta. Pero podemos negarnos y salir corriendo. Por supuesto que se destruirá
la escena.
¿Está uno obligado a vivir roles que no le gustan, porque
la familia se los asignó? Si la mujer con la que comencé mi escrito no se
rebela y abandona su manera de pensar, va a ser víctima de engaños, traiciones,
robos, abandonos y todo lo que es propio de las víctimas, le guste o no. Más
aún: aunque la vida no le proporcione engaños, traiciones y robos, ella tendrá
que inventar que sí le han sucedido o están por sucederle y sufrirá igual,
porque así está programada.
En Constelaciones Familiares resulta impactante ver cómo
los hijos toman sobre sus hombros sentimientos, expectativas, ilusiones,
desilusiones, desengaños e infinidad de situaciones más que pertenecen a los
padres, y observar el efecto que ocasiona que puedan decir a los papás (en
persona de sus representantes): “Te devuelvo esto que es tuyo, y quedo libre”, o: “Me dolió que prefirieras a
mi hermano. Por favor, tómame como tu hija y yo te tomo como mi madre”.
Es difícil describir qué tan esclavizante y cruel puede
llegar a ser un rol asignado, y también lo es comprender que estamos en nuestro
derecho de decidir si queremos o no continuar con nuestros roles.
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