Según Nelson Mandela, nos asusta mucho más nuestra luz
que nuestra oscuridad, y si dejamos que
nuestra luz brille, inconscientemente damos permiso a otras personas para que
brillen igual que nosotros.
¿Será verdad que a veces preferimos permanecer oscuros
(tristes, sufriendo, enojados, bloqueados) por miedo a ser todo lo luminosos
que podríamos? ¿Qué nos atemoriza a la hora de brillar?
Muchas cosas, y podrían resumirse en una sola: el miedo a
perder el amor y la aceptación.
Algunos temen brillar, destacar y tener éxito porque
piensan que su brillo generaría envidias. Repliegan sus alas u ocultan su
bienestar con la vana esperanza de alcanzar la utopía de “ser monedita de oro”
y que incluso las personas envidiosas les dispensen su amor y aceptación.
Hay quienes temen brillar por falsa humildad; creen que brillar
es malo, un acto de soberbia o pedantería que podría ofender y alejar a los
demás. Imaginan que brillo y soledad vienen juntos.
Muchos prefieren ser pobres antes que sobresalir en
riquezas porque piensan que ser rico pervierte y endurece el corazón al grado
que la persona se olvida de los otros y solamente el dinero le interesa. No
creen ser capaces de tener bienes y seguir siendo bondadosos.
Otros temen brillar y ser felices porque imaginan que lo
bueno no puede durar mucho. Creen que la felicidad es la excepción y no la
regla. Están tan habituados a la oscuridad y al sufrimiento que ahí se sienten
“en casa”. Quizá de niños fueron obligados a experimentar demasiado dolor y luego
tal situación les pareció “lo normal”. La dicha contradice sus expectativas y
han dejado de aspirar a ella.
Otros prefieren enfermar antes que brillar. Enfermando
reciben mimos, cercanía y cuidados especiales; en cambio, si se aliviaran
tendrían que cuidar de sí mismos y tal vez de otros, lo cual es mucha
responsabilidad.
Nuestra cultura tiende a valorar la abnegación a favor de
los demás y el sufrimiento; en cambio, habla con desdén de las personas que no
sufren, de las que se niegan a inmolarse a sí mismas y de quienes eligen “a su
conveniencia”. Con tales postulados como base, no es raro que muchas personas
prefieran oscurecerse, desaparecer y adoptar el rol de víctimas, en un
extraviado método para lograr el amor y la aceptación de sus semejantes. Lo
llamo extraviado porque suele obtenerse no el amor y la aceptación buscados,
sino lástima y conmiseración.
Si lo anterior es acertado, también lo dicho por Mandela
es verdad, que con frecuencia nuestra luz nos asusta mucho más que nuestra
oscuridad. Y que si obligamos a nuestra luz a permanecer amortiguada,
inconscientemente esperamos que los demás hagan otro tanto y amortigüen sus
propias luces. Y si alguien no lo hiciera, nos sentiríamos profundamente
traicionados y ¡sufriríamos por ver resplandecer su brillo!
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