lunes, 2 de julio de 2018

LA ADVERSIDAD


Tengo una hija de 40 años y recién me contó que cuando ella tenía 8, yo la llevé a una fiesta y allí el hijo del dueño la violó. Fue un golpazo para mí que me lo dijera, no supe y no sé qué decirle, peor que por más que me quiero acordar de esa fiesta sólo recuerdo la comida. Me siento una madre horrible e irresponsable que no la cuidó bien y que ahora nada más lloro. No sé qué hacer. Por favor, qué hago.

OPINIÓN

Siento mucho lo que estás viviendo. Por un lado, aprecias que tu hija se haya abierto contigo para platicarte su pésima experiencia; por otro, al enterarte quedas sin saber qué hacer ni qué decir y te sientes una madre horrible, que no supo cuidar a su pequeña.

¡Cuánto dolor causado por algo que sucedió hace más de 30 años! 

A veces, la vida nos obliga a pasar tragos amargos que no buscamos ni queríamos encontrar. Llegan desde afuera, sin necesidad de que hagamos algo para que sucedan. Nos agarran como aguaceros inesperados. Como los accidentes de tráfico en los que alguien sale mal herido. 

Vamos a comparar el hecho que las lastima con un accidente mortal. ¿Murió alguien? ¿Algo se puede remediar? ¿Qué desearías que sucediera con tu hija? ¿Y contigo? 

Imagino quieres que ella y tú puedan vivir bien, como las personas que sobreviven a un accidente mortal, se alivian, se rehabilitan y vuelven a llevar una vida normal. Eso deseas. También quieres hacer algo. Decir algo. No quedarte con los brazos cruzados.  

Frente a un accidente mortal, quedarse llorando no ayuda. Tampoco buscar al culpable del accidente para que lo encarcelen; eso distrae de lo importante, que es centrarse en el herido, detener una hemorragia si la hay, buscar una ambulancia, un médico o alguien que ayude para que los accidentados reciban la atención que necesitan, y mientras tanto, estarse allí, acompañarlos, tranquilizarlos, hablarles para que no se sientan solos y no entren en pánico. 

Así tú. Mientras tú y tu hija encuentran y reciben la ayuda psicológica profesional que necesitan, puedes estarte cerca, hablarle; pero no de quién tuvo la culpa o de los desastres que le pueden ocurrir, sino de que va a estar bien. Puedes expresarle tu verdad, algo como: Lamento demasiado lo ocurrido. Sucedió y yo hubiera querido que nunca sucediera. De haber podido o sabido cómo, lo habría evitado. Pero no pude, o no supe, o lo que sea. Ahora lo importante es que estemos bien. Estamos vivas. Aquello terminó, a lo que sigue. Esto para que tú te tranquilices y puedas apoyarla.

Tan importante como poner un punto final y no seguir en lo mismo la vida entera, igual importa que limpies tu corazón de todo lo horrendo que lo ha invadido: coraje, impotencia, culpabilidad, temor, vergüenza, ganas de vengarte y no sé cuáles otros sentimientos más, desagradables y dañinos para tu salud. Sin que tengan la culpa, ese “accidente” las contaminó. Tú no puedes limpiar a tu hija, ella es la dueña de su corazón; pero al tuyo, sí.

Ya sabes que las personas somos como las jarras: damos lo que contenemos. Las tóxicas, que contaminan la vida de otros, no son así por nada, algo malo les pasó y lo conservan como un contenido que reparten. Se amargan y amargan a otros. Tú, en lugar de convertirte en otra persona tóxica más, te toca “bañarte, cambiarte y quedar limpia”. 

Si quieres que en tu familia haya amor, salud, concordia y paz, debes sembrarlos, y para eso necesitas tenerlos en ti. Estás viva y mereces ser feliz, pero tienes que limpiarte de ese mal trago y luchar por tu felicidad.
“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com ,



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