Tengo una hija de 40 años y recién me contó que cuando
ella tenía 8, yo la llevé a una fiesta y allí el hijo del dueño la violó. Fue
un golpazo para mí que me lo dijera, no supe y no sé qué decirle, peor que por
más que me quiero acordar de esa fiesta sólo recuerdo la comida. Me siento una
madre horrible e irresponsable que no la cuidó bien y que ahora nada más lloro.
No sé qué hacer. Por favor, qué hago.
OPINIÓN
Siento mucho lo que estás viviendo. Por un lado, aprecias
que tu hija se haya abierto contigo para platicarte su pésima experiencia; por
otro, al enterarte quedas sin saber qué hacer ni qué decir y te sientes una
madre horrible, que no supo cuidar a su pequeña.
¡Cuánto dolor causado por algo que sucedió hace más de 30
años!
A veces, la vida nos obliga a pasar tragos amargos que no
buscamos ni queríamos encontrar. Llegan desde afuera, sin necesidad de que
hagamos algo para que sucedan. Nos agarran como aguaceros inesperados. Como los
accidentes de tráfico en los que alguien sale mal herido.
Vamos a comparar el hecho que las lastima con un
accidente mortal. ¿Murió alguien? ¿Algo se puede remediar? ¿Qué desearías que
sucediera con tu hija? ¿Y contigo?
Imagino quieres que ella y tú puedan vivir bien, como las
personas que sobreviven a un accidente mortal, se alivian, se rehabilitan y
vuelven a llevar una vida normal. Eso deseas. También quieres hacer algo. Decir
algo. No quedarte con los brazos cruzados.
Frente a un accidente mortal, quedarse llorando no ayuda.
Tampoco buscar al culpable del accidente para que lo encarcelen; eso distrae de
lo importante, que es centrarse en el herido, detener una hemorragia si la hay,
buscar una ambulancia, un médico o alguien que ayude para que los accidentados reciban
la atención que necesitan, y mientras tanto, estarse allí, acompañarlos,
tranquilizarlos, hablarles para que no se sientan solos y no entren en pánico.
Así tú. Mientras tú y tu hija encuentran y reciben la
ayuda psicológica profesional que necesitan, puedes estarte cerca, hablarle; pero no de quién
tuvo la culpa o de los desastres que le pueden ocurrir, sino de que va a estar
bien. Puedes expresarle tu verdad, algo como: Lamento demasiado lo ocurrido. Sucedió y yo hubiera querido que nunca
sucediera. De haber podido o sabido cómo, lo habría evitado. Pero no pude, o no
supe, o lo que sea. Ahora lo importante es que estemos bien. Estamos vivas.
Aquello terminó, a lo que sigue. Esto para que tú te tranquilices y puedas
apoyarla.
Tan importante como poner un punto final y no seguir en
lo mismo la vida entera, igual importa que limpies tu corazón de todo lo
horrendo que lo ha invadido: coraje, impotencia, culpabilidad, temor, vergüenza,
ganas de vengarte y no sé cuáles otros sentimientos más, desagradables y
dañinos para tu salud. Sin que tengan la culpa, ese “accidente” las contaminó.
Tú no puedes limpiar a tu hija, ella es la dueña de su corazón; pero al tuyo,
sí.
Ya sabes que las personas somos como las jarras: damos lo
que contenemos. Las tóxicas, que contaminan la vida de otros, no son así por
nada, algo malo les pasó y lo conservan como un contenido que reparten. Se
amargan y amargan a otros. Tú, en lugar de convertirte en otra persona tóxica
más, te toca “bañarte, cambiarte y quedar limpia”.
Si quieres que en tu familia haya amor, salud, concordia
y paz, debes sembrarlos, y para eso necesitas tenerlos en ti. Estás viva y
mereces ser feliz, pero tienes que limpiarte de ese mal trago y luchar por tu
felicidad.
“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar
con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com ,
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