Las Fiestas Patrias me hacen evocar las clases de
Historia Patria de cuando yo era niña. Me encantaba que la madre nos la
platicara y luego leerla en mi libro. A solas me preguntaba por qué la mayoría
de los héroes habían hecho la guerra y matado a gente, y también por qué los
monjes, que querían tanto a los indios, los defendían nada más hablando; a mí
me hubiera gustado que hicieran algo más, por ejemplo, invitar al Papa y que él
viniera a decirles a todos que eso estaba mal y se portaran bien. En mi
fantasía infantil se me figuraba que con que el Papa los descubriera y se
quedara mirándolos, habría bastado para que los conquistadores se arrepintieran
y dejaran de hacer cosas malas. ¡Pensamientos de una niña pequeña!
Las madres nos contaban que México “estaba gestándose” durante
los tres siglos de la Colonia. A mí me parecía muy alrevesado que el hijo
alimentara más a la madre que ésta al hijo, pues España se llevaba en barcos “las
contribuciones”, riqueza de aquí, hacia su Península Ibérica. “Ellos eran los
reyes”, respondió la madre cuando hice mi pregunta.
Ya sabemos que un pensamiento dominante se extiende a
todas las mentes del lugar como algo “normal”, y cuando uno no piensa como
todos, o se calla o lo van a regañar, sobre todo si se es niño.
Ahora, ya de grande, noto de qué manera tan imperceptible
se imponen los pensamientos dominantes. Si bien yo fantaseaba en historias diferentes,
éstas se desarrollaban dentro de la misma Historia; es decir, incluía a los
conquistadores, a los misioneros, al Papa, a los Reyes Católicos y un poco a
los indios, en ese orden de importancia. Nunca imaginé, por ejemplo, que
América podría haber tenido otro nombre y un destino diferente. Yo seguía fiel
a lo que nos contaban y a la imagen que nos pintaban de los indígenas, con
rasgos y colores tan tristes, terribles e intimidantes que jamás pasó por mi
mente que podría haber sido bueno que no ocurriera la conquista. En la
Parroquia del Sagrario había un cuadro de un misionero al que los indios
mataron a flechazos y yo pensaba: “¡Qué miedo, tan malos los indios!”. Casi me
sentía agradecida de que los conquistadores hubieran venido aquí a
“civilizarnos” y a destruir los “asquerosos” ídolos, templos y costumbres que antes
había. Quizá ese era el pensamiento de la época en que yo era niña, o sólo era
mi manera de interpretar lo que veía y oía. Pero de ninguna manera querría ser
india.
Pasados los años, de la secundaria nos llevaron a
Tehuacán, a las pirámides. Había un espectáculo de luz y sonido patrocinado por
el estado que, para ser antes de la era electrónica, resultaba regio. Allí se
glorificaba la cultura indígena, con sus mitos y construcciones. Salí
impresionada de tanta belleza.
Es difícil cambiar los pensamientos que llegan primero a
la mente, sobre todo aquellos que no parecen ser pensamientos de alguien más,
sino realidades que uno contempla. Es decir, que se comunican sin palabras. Por
ejemplo, en los festivales de la escuela, siempre salían a relucir las
castañuelas y las niñas bailaban vestidas de manolas, lagarteranas y no sé
cuántos otros nombres que yo no sabía de dónde eran. No recuerdo bailables de
indias. Nunca me identifiqué con ninguno de esos trajes y lugares, pero tampoco
sabía con qué sí me identificaba ni qué cosa era ser mexicana; quizá cantar el
himno, saludar la bandera y aprender bien el Civismo. Ahora pienso que cada
cabeza ha de tener un concepto suyo y peculiar acerca de lo que es ser mexicano
y patriota. ¿Para ti, qué es?
“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar
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