Suena
extraño afirmar que tenemos necesidad de dogmas. Nuestra sociedad,
especialmente en sus generaciones jóvenes, suele creer que ha derrotado al
dogmatismo; sin embargo, es posible que sólo le hayamos cambiado las fuentes, y
al finalizar un debate en clase, el muchacho solicite al profesor: “Mejor usted
díganos lo que debe ser”, o se vuelva hacia lo que hacen y dicen los compañeros
y con lo que ve, configure su manera de pensar y actuar.
Es
frecuente que reflexionar y decidir con la propia mente resulte abrumador, y
sintamos la necesidad de que alguien decida por nosotros y nos diga qué es lo
correcto.
Socialmente,
estamos acostumbrados a que figuras con autoridad reconocida certifiquen cuáles
conocimientos son confiables y quiénes están autorizados a opinar, porque se
sometieron a una evaluación que dichas figuras consideraron adecuada. Esto deja
en el terreno de lo falso y sospechoso a todo aquello que no haya pasado por la
criba.
Antiguamente,
los dogmas los decretaban las iglesias; luego los científicos; después, las
universidades; en algunas zonas, los políticos. Ahora, con las redes sociales y
la posibilidad de que todo mundo haga publicaciones, se mezclan las notas
verdaderas con las falsas, vemos fotografías y videos que parecen convincentes pero
han sido alteradas con photoshop, y
mucha gente ya no se sabe en qué creer. Se pregunta: “¿Qué es lo verdadero?”.
Si bien el
dogmatismo tenía sus ventajas en el sentido de que la gente se sentía segura de
lo que pensaba aunque no fuera acertado, también dio lugar a que, a veces, las
comunidades dominantes descartaran conocimientos nuevos precisamente por su novedad, y que las mentes permanecieran
cerradas ante los cambios naturales de la vida y el desarrollo.
Según Campanario, catedrático de la Universidad de Alcalá en España, el
sistema de revisión por expertos es muy antiguo, y no es una garantía total de
calidad: "La gente debería saber que los científicos son muy
conservadores, que también en ciencia se cometen errores y que los trabajos que
van en contra de las ideas dominantes en cada época pueden ser rechazados, sin
que sean malos".
Es común
que quien tenga una idea nueva, distinta a las acostumbradas, sea objeto de
críticas y rechazo. ¿Debería abandonarla y someterse a lo establecido? ¡Vaya
cuestión! Porque lo establecido ha pasado por siglos de aceptación de parte de
innumerables personas, y la creatividad está inventando algo que todavía no
existe y, por lo mismo, tiene pocos criterios prácticos que lo avalen.
Todos
alguna vez hemos sentido miedo a la libertad, junto con la interrogante de si
tenemos derecho a pensar lo que pensamos y hacer lo que queremos.
En el dogmatismo,
uno acepta una idea porque la dijo determinada persona que es prestigiosa,
tiene poder o se disgusta si la contradigo; en cambio, si acepto esa misma idea
porque me parece acertada, no estoy teniendo necesidad de dogmas sino reflexión
y elección de lo que considero mejor o más oportuno, lo cual es la esencia de
la libertad y punto opuesto al dogmatismo.
El
dogmatismo es aceptado y practicado por personas que tienen miedo o pereza de
tener que elegir, o creen que la virtud consiste en someter el propio juicio a
otra inteligencia más brillante, a un ideal o a unas ideas que les fueron
inculcadas y que, por intocables e indiscutibles, son convertidas en dogmas por
quien las cree y transmite.
Aquí entra
como cuña la pregunta: ¿Yo qué pienso? ¿Tengo derecho a opinar?
“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar
con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com , o
al teléfono 7 63 02 51
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