Asistí a una
interesante conferencia que dio el doctor Manuel Ángel Aranda, compañero en
nuestro grupo de escritores, que siempre investiga y comparte novedades (y
además está a punto de sacar un nuevo libro). Esta vez habló sobre “fractales”.
Muy novedosa. Hubo dos ideas que me gustaron mucho y me dejaron pensando. De
ellas quiero hablar.
Primera, que
el estudio de los fractales es nuevo, comenzó apenas en 1975 con un
matemático llamado Benoit Mandelbrot. Él observó que es difícil, quizá
imposible, encontrar en la naturaleza círculos, triángulos, cuadrados u otras
figuras geométricas que nos enseñan en la escuela; las de la naturaleza son
irregulares, distintas a esas abstracciones y tienen o un pico de más o una
curvita de menos, por esto las llamó “fractales”, como fracción o quebrado. Y
creó una nueva geometría para ellas.
Me gustó
pensar que así es en todo; la naturaleza siempre es la misma, se conserva, no
le afectan las teorías que elaboran los pensamientos humanos. El conocimiento
sirve para descubrirla y adaptarse a ella, no al revés. Pretender que porque
uno ya pensó algo así debe ser, es riesgoso. La Geometría convencional es muy
antigua; es, ha sido y seguirá siendo útil y necesaria. La Geometría Fractal es
una forma de adaptar más aún el conocimiento a la naturaleza.
También me
gustó contemplar la otra característica de los fractales: su repetición
reiterativa. Las formas se repiten una y otra vez haciendo copias más pequeñas
de la pieza original. Por ejemplo: un árbol echa ramas; éstas echan ramas más
pequeñas, que también echan ramas, y así en adelante. En cualquier parte que
uno contemple el fractal, en este caso el árbol, ve lo mismo repetido. Y en la
naturaleza hay millones y millones de fractales; es decir, de modelos que se
autorrepiten sin cesar.
Me pregunto
si tanto la vida como nuestro pensamiento intergeneracional son o se asemejan a
fractales.
Cada ser vivo es similar a su antecesor. Según dicen, nuestros
antepasados duraron miles de años para lograr la figura erecta, y nosotros la
recibimos sin que debamos hacer nada para ello; se nos da. Nuestros antepasados
también duraron miles de años para formar idiomas y sistemas de creencias
(acertadas o no) y nosotros recibimos ambas cosas como copias que nos hubieran
grabado en el cerebro y nada más tuviéramos que aprender a usarlas. Por
ejemplo: de muy pequeños, nadie nos dice que hay verbos terminados en ar, er,
ir, ni cómo se conjugan; sin embargo, un niño realiza una conjugación cuando
dice “no sabo” o “no cabo”. Estas palabras no las ha escuchado nunca, las
intuye. ¿Acaso recibió en su cerebro una copia del lenguaje y también de las
reglas que no son excepción?
¡Cuántas
cosas hay en la vida para estudiar y conocer! Lástima que sea tan corto nuestro
tiempo en el planeta.
“Psicología”
es una columna abierta. Puedes participar con ideas, temas, preguntas o
sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com
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