La Real Academia Española (RAE)
decretó que las palabras “solo” y “este” ya no llevan acento escrito aun si se
prestaran a confusión. Por supuesto que no es un asunto trascendental ni de
vida o muerte, pero pone de manifiesto la molestia que uno siente cuando
alguien viene y le demuestra que una costumbre ya no sirve, aunque haya costado
trabajo aprenderla.
Un amigo mío dijo: “A mí sí me duele; tardé 5 o 6 años
en aprender esa regla de ortografía a base de reglazos emocionales de la miss y
la burla de mis compañeros. Igual me pasó con la fotografía: aprendí el proceso
de revelar en laboratorio con un tenebroso cuarto oscuro y productos químicos
tóxicos similares a los utilizados en Chernóbil, ¿y para qué? Ahora la fotografía es
digital. Nos llegó la modernidad y muchas cosas quedan atrás”.
Cierta señora mayor, con una
legendaria incapacidad para adaptarse, sufría porque no lograba hacerse el
ánimo a que Blockbuster y el Purgatorio hubieran dejado de
existir.
Es curioso lo que uno puede
observar. Una Real Academia a la que asiste y patrocina el rey de España, desde
otro continente nos da indicaciones acerca de cómo debemos escribir. Los que
nos autodenominamos “cultos”, que en teoría deberíamos ser los más libres, nos
“actualizamos en la modernidad” acatando las órdenes de ese rey y esos
extranjeros eruditos en ortografía y sintaxis. No cabe duda que estamos
acostumbrados a que nos manden y que alguien con autoridad nos indique lo
correcto.
Con las nuevas generaciones pasa lo
opuesto: escriben “tqm” por “te quiero mucho”; “ntp” por “no te preocupes”;
“grx”, por gracias; “pf” por “por favor”; “bff” por “mejores amigos”; “ntc” por
“no te creas”; “idk” o “npi” por “no lo sé”; “x2” por “opino lo mismo”; “gfa”
por “mamá o madre”; “nmms” y “alv” por “no” o “no me importa”. ¿Qué sentimos al
respecto?
La gran mayoría nos ubicamos como
conservadores. Defendemos lo establecido y protestamos contra estas “ofensas al
buen lenguaje”, con miedo de que se acaben las buenas costumbres. Y si somos
adoradores de la libertad y la evolución, nos alegra comprobar que dentro de un
sistema tan rígido como es el idioma, sigue existiendo la innovación.
Con lo anterior no quiero decir que
todo lo nuevo es mejor por el hecho de ser nuevo; también existe la involución.
Lo que adoro es la libertad o capacidad para discernir, que nos otorga la
consciencia.
La libertad y la creatividad tienen
sus riesgos: uno nunca sabe qué rumbo van a tomar. Por eso muy poca gente se
anima a ser creativa y verdaderamente libre; a los que piensan o actúan
distinto, la sociedad les cae encima para castigarlos.
A mí, las abreviaturas de los chavos
a veces me chocan y a veces siento admiración por ellas. No me hago la ilusión
de que sean auténtica libertad; solo me dan la esperanza de que, por fascista
que llegue a ser un ambiente, jamás podrá sofocar la libertad para siempre.
También se puede observar que en el
disco duro del cerebro guardamos millares de datos; unos útiles y
necesarios para sobrevivir en armonía, y otros inútiles, superfluos, nocivos o
verdaderos virus del pensamiento. ¿Acaso alguien enfermó por ignorar la fecha en
que nació Morelos?
¿Qué nos irá a pasar si nos
encariñamos con lo conocido sin examinarlo, o desechamos lo nuevo por novedoso?
Viviremos de repeticiones, como los robots.
Aunque suene increíble, hay menos
probabilidades de caer en el riesgo opuesto: encariñarse de lo nuevo sin
examinarlo. A largo plazo, los jóvenes terminan cometiendo los mismos errores
que ya cometió alguien antes. A pesar de tantos cambios, sigue siendo más
difícil inventar cosas nuevas que repetir las conocidas.
Me despido diciendo: “¡Xoxoxoxo!”
¿Sonó conocido o novedoso? ¿Correcto o incorrecto?
“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar
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teléfono 7 63 02 51
Excelente como siempre. felicidades Lolita.
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