Todos hemos sido hijos imaginarios de nuestros padres. Imaginario
es algo que existe sólo en la imaginación. Lo curioso es que la imaginación
inspira, guía, conduce y ayuda a dar forma a lo que sí existe en la vida real.
Desprenderse de las fantasías proyectadas en los hijos es
una de las tareas más pesadas para un padre o una madre.
Desde el momento en que se anunció nuestra concepción, nuestros
padres, inconscientemente, nos dieron el encargo de dar sentido a sus vidas,
recuperar sus sueños perdidos, personificar al ser humano ideal, triunfar donde
otros fracasaron, ser un hijo de presumir y otras exigencias menos publicables,
como ser motivo de su vergüenza o recordar al mundo que todos los padres siguen
siendo simples humanos.
También nosotros imaginamos cosas acerca de nuestros
hijos antes de tenerlos, cuando nacen y después. Son proyecciones de nuestros deseos
y temores. “Este embarazo es un error”, “no quiero traer hijos al mundo a
sufrir”, “lo tuve porque ni modo de
abortarlo”, “nos casamos porque me embaracé”, “este embarazo salvará nuestro
matrimonio”, “este hijo me librará de la soledad”, “nos atenderá cuando seamos
viejos”, “tener un hijo me hará madurar”, “este hijo es el sentido de mi vida”,
“mis hijos son la alegría más grande”, “no sé qué habría hecho sin hijos”...
No solamente los padres sino toda la familia se proyecta
y reconoce a través del cuerpo del hijo, al apropiarse de pequeñas partes del
bebé: “Se parece a mí, a la abuela, al tío...”. También emite mensajes
positivos y negativos: “Eres brillante como tu abuelo”, “no vayas a engordar
como tu tía”, “eres mi ratoncita querida”, “tú eres la bonita, tu hermana es la
aplicada”...
El hijo, mientras es chico, toma esas proyecciones como
programas para su vida porque desea con toda el alma ser aceptado y querido por
sus padres y demás miembros de la familia. Se siente mal si no las cumple y
posiblemente también se sienta mal si logra satisfacerlas, ya que las
expectativas familiares pueden crearle divisiones entre su cuerpo, su mente y
su capacidad para autorregular su propia vida.
En el mejor de los escenarios, el hijo crece, toma sus
decisiones, se hace cargo de sí mismo y se libera de las proyecciones de los
padres. Estos, si son lúcidos, lloran en privado su duelo por el hijo
imaginario perdido y dan la bienvenida al hijo real, respetando y secundando
sus aspiraciones, que no siempre coinciden con las que se le habían asignado. Sólo
entonces se vuelve armoniosa la relación entre padre e hijos.
“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar
con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com
No hay comentarios:
Publicar un comentario