lunes, 10 de febrero de 2020

UN HIJO VUELVE A CASA

Mucho antes, hubo una despedida cuando el hijo (él o ella) se fue del hogar por matrimonio o para emanciparse. Los papás debieron pasar una temporada de adaptación extrañándole, deseándole éxito y felicidad desde el corazón, recordando episodios de la infancia o más recientes para consolarse de que ya creció y le llegó el momento de abandonar el nido. Luego, crearon rutinas para una nueva normalidad. Y un día, ese hijo o esa hija regresa a casa pidiendo quedarse. Ya no es lo mismo para nadie.

Me contaba una señora viuda cuyo hijo llegó una noche, después de 7 años de haberse marchado, a pedir hospedaje. Lo acompañaba la novia. Y él no le pedía permiso; le exigía ser recibido con atenciones. “Soy tu hijo, ¿no?”, era su argumento. Él y la novia necesitaban cenar y dormirían en el cuarto que era el suyo antes de irse. “Me deja como fuera de la realidad”, decía la señora. “Él no pide ayuda, no se disculpa, no da las gracias, no admite normas”. 

¿Qué hacer cuando un hijo adulto regresa a casa y pide volver a ser hijo de familia? Quizá lo primero es no olvidar que ya es adulto y, por lo tanto, responsable de sí mismo. Acogerlo como se haría con una criatura de 8 años sería faltarle al respeto. 

A un adulto no lo mantienen sus padres ni le atienden las necesidades de higiene, alimentación y vivienda. Tampoco toman decisiones por él: “Deberías trabajar en tal cosa”. 

Con un adulto se hacen convenios. “Ofrezco que permanezcas aquí hasta tal fecha y te tocaría colaborar con esto y esto en los gastos de la casa”. “Aquí las normas las pongo yo y son esta y esta, ¿puedes adaptarte?”. “El espacio que puedo brindarte es tal; estos otros espacios son míos, calcula si puedes comprometerte a respetarlos”...

La mayoría de los padres sienten lo anterior demasiado agresivo, aun si se utilizaran palabras más suaves. Igual los hijos. Por lo general, ni unos ni otros se atreven a tratar estos temas tan básicos con claridad y los conflictos llegan pronto, por trivialidades como la hora de levantarse, usar el baño, qué cosas comer o a qué personas recibir. Los papás piensan: “Viene mi hijo, o mi hija, triste, herido, desilusionado, tal vez sintiéndose derrotado, y no quiero ponerle más carga sobre sus hombros. Es hora de tomarlo entre mis brazos y consolarlo”. Y sí, hay que tomarlo entre los brazos y consolarlo, pero no ayuda olvidar que se trata de un adulto y necesita enfrentar las exigencias de la vida. Eso suele doler.

Uno de los grandes errores de los padres consiste en querer proteger al hijo de los sufrimientos que trae la vida. Error imposible: se le protege de un tipo de sufrimiento y surge otro. El hecho mismo de considerarlo incapaz de ser fuerte le da un mensaje de debilidad: “Yo lo hago por ti porque tú no podrías”. Y los mensajes de los padres son rotundos, el hijo los asimila sin darse cuenta y cree: “Es cierto que no puedo”. Entonces, no puede.

En mi libro “Lo mejor de lo peor” dedico un capítulo entero a los problemas. Los llamo “retos”. La vida nos reta a crecer, sobrevivir, mantenernos sanos, crear algo en favor de la humanidad y conferirle un sentido a nuestra vida, porque si no le damos nosotros mismos el sentido, la vida parece inocua, sin finalidad. Generalmente, encontrar solución a los problemas que se nos presentan nos hace sentir que importamos. 

Cada problema trae escrito el nombre de su destinatario y nadie que no sea el dueño puede solucionarlo. Esto incluye a los padres respecto a sus hijos adultos. Las tareas de crecer y desarrollarse son como la de comer; cada uno debe alimentarse de buen grado. Si no lo hiciera, en vano le inyectarían nutrientes a la fuerza; ha de llegar el momento en que coma por sí mismo. Sería extremadamente triste que sobreviviera por años con alimentación artificial.
“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com 







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