Mucho antes, hubo una despedida cuando el hijo (él o
ella) se fue del hogar por matrimonio o para emanciparse. Los papás debieron
pasar una temporada de adaptación extrañándole, deseándole éxito y felicidad
desde el corazón, recordando episodios de la infancia o más recientes para
consolarse de que ya creció y le llegó el momento de abandonar el nido. Luego,
crearon rutinas para una nueva normalidad. Y un día, ese hijo o esa hija
regresa a casa pidiendo quedarse. Ya no es lo mismo para nadie.
Me contaba una señora viuda cuyo hijo llegó una noche,
después de 7 años de haberse marchado, a pedir hospedaje. Lo acompañaba la
novia. Y él no le pedía permiso; le exigía ser recibido con atenciones. “Soy tu
hijo, ¿no?”, era su argumento. Él y la novia necesitaban cenar y dormirían en
el cuarto que era el suyo antes de irse. “Me deja como fuera de la realidad”,
decía la señora. “Él no pide ayuda, no se disculpa, no da las gracias, no
admite normas”.
¿Qué hacer cuando un hijo adulto regresa a casa y pide
volver a ser hijo de familia? Quizá lo primero es no olvidar que ya es adulto
y, por lo tanto, responsable de sí mismo. Acogerlo como se haría con una
criatura de 8 años sería faltarle al respeto.
A un adulto no lo mantienen sus padres ni le atienden las
necesidades de higiene, alimentación y vivienda. Tampoco toman decisiones por
él: “Deberías trabajar en tal cosa”.
Con un adulto se hacen convenios. “Ofrezco que
permanezcas aquí hasta tal fecha y te tocaría colaborar con esto y esto en los
gastos de la casa”. “Aquí las normas las pongo yo y son esta y esta, ¿puedes
adaptarte?”. “El espacio que puedo brindarte es tal; estos otros espacios son
míos, calcula si puedes comprometerte a respetarlos”...
La mayoría de los padres sienten lo anterior demasiado
agresivo, aun si se utilizaran palabras más suaves. Igual los hijos. Por lo
general, ni unos ni otros se atreven a tratar estos temas tan básicos con
claridad y los conflictos llegan pronto, por trivialidades como la hora de
levantarse, usar el baño, qué cosas comer o a qué personas recibir. Los papás
piensan: “Viene mi hijo, o mi hija, triste, herido, desilusionado, tal vez
sintiéndose derrotado, y no quiero ponerle más carga sobre sus hombros. Es hora
de tomarlo entre mis brazos y consolarlo”. Y sí, hay que tomarlo entre los
brazos y consolarlo, pero no ayuda olvidar que se trata de un adulto y necesita
enfrentar las exigencias de la vida. Eso suele doler.
Uno de los grandes errores de los padres consiste en
querer proteger al hijo de los sufrimientos que trae la vida. Error imposible:
se le protege de un tipo de sufrimiento y surge otro. El hecho mismo de
considerarlo incapaz de ser fuerte le da un mensaje de debilidad: “Yo lo hago
por ti porque tú no podrías”. Y los mensajes de los padres son rotundos, el
hijo los asimila sin darse cuenta y cree: “Es cierto que no puedo”. Entonces,
no puede.
En mi libro “Lo mejor de lo peor” dedico un capítulo
entero a los problemas. Los llamo “retos”. La vida nos reta a crecer, sobrevivir,
mantenernos sanos, crear algo en favor de la humanidad y conferirle un sentido
a nuestra vida, porque si no le damos nosotros mismos el sentido, la vida
parece inocua, sin finalidad. Generalmente, encontrar solución a los problemas
que se nos presentan nos hace sentir que importamos.
Cada problema trae escrito el nombre de su destinatario y
nadie que no sea el dueño puede solucionarlo. Esto incluye a los padres
respecto a sus hijos adultos. Las tareas de crecer y desarrollarse son como la
de comer; cada uno debe alimentarse de buen grado. Si no lo hiciera, en vano le
inyectarían nutrientes a la fuerza; ha de llegar el momento en que coma por sí
mismo. Sería extremadamente triste que sobreviviera por años con alimentación
artificial.
“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar
con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com
No hay comentarios:
Publicar un comentario