¿Podemos hacer algo para liberarnos del miedo colectivo y permanecer sanos?
Actualmente, lo “políticamente correcto” consiste en sentir y propagar terror. Por el COVID19, las pérdidas económicas, el desempleo, la inseguridad, la amenaza de convertir nuestro país en otra Cuba o Venezuela y tantas otras a cual más intimidantes. Sin embargo, sabemos que el miedo es la tierra más fértil para contraer enfermedades. ¿Es prudencia, o cobardía, trabajar para que nuestro sistema inmunitario se fortalezca y sea capaz de enfrentar con éxito dichas amenazas?
Para muchas personas, la prudencia está consistiendo en lavarse continuamente las manos, usar cubre bocas también cuando están solas o hacen ejercicio, leer cuantas noticias alarmantes llegan por las redes sociales “para estar enteradas”, recluirse sin salir ni a tomar el sol, etc., etc. Además de lo anterior, incluyen vigilar a los demás y rechazarlos si no hacen lo mismo. Su estado “natural” es obedecer a las normas, adaptarse a las pérdidas y restringirse a condiciones antes inimaginables. ¿Ayuda esto a su salud? Piensan que sí, y que su necesidad de control es responsabilidad social.
Tener pensamiento divergente siempre ha sido riesgoso. Disentir de lo políticamente correcto suele generar angustia. Pero, o bien somos activos y decidimos lo que queramos, o la pasividad nos hace dominables. ¿Está permitido pensar con nuestra cabeza y elegir lo que consideramos más provechoso para nuestra salud? ¿Quién o quiénes otorgan dicho permiso? ¿Se necesita?
Lo novedoso de esta situación es que nos pone a dudar si es más importante que el individuo permanezca sano, o que el grupo comparta las mismas creencias aunque estas nos lleven a un estado de pánico y resignación, opuesto a lo recomendable para la salud mental.
Después de meses de confinamiento se ha ido haciendo evidente que la información que recibimos es caótica; no solo abunda en contradicciones sino que las medidas de protección no nacieron de las necesidades locales; son aplicaciones uniformes y a veces erróneas de criterios que sí y que no funcionaron en otros países. Si alguna autoridad se equivocó, va a ser difícil que lo reconozca. Me refiero a la OMS. Es más probable que sostenga sus normas aun cuando quienes las establecieron se percataran de que son nocivas.
Independiente de que la OMS tenga razón o no, todos sabemos que nuestra mente personal es capaz de coadyuvar tanto con la salud como con la enfermedad. Que el exceso de estrés genera sufrimientos y enfermedades. Que importa estar de acuerdo cada uno consigo mismo. Que la fuerza, la resistencia y la paz provienen de pensamientos armoniosos y de confianza.
Ponerse a cargo del propio bienestar, armonizarse consigo mismo y fortalecer el propio sistema inmunológico, todo esto es un derecho y una obligación. Significa mantenerse uno cuerdo, confiado y amigable dentro de unas circunstancias externas que no ayudan y parecen estar en contra. Se requiere un enorme trabajo interior y contar con el apoyo de una espiritualidad que devuelva a la persona la fe en la vida y la capacidad de ser feliz por sí misma. Es liberarse de las pautas que ordenan que se debe estar triste, resignado, sumiso, enojado, manso, manejable, aturdido, azorado, o lo que sea. Es difícil, pero no imposible.
El poeta Rafael Pombo escribió un verso que nos expresa a todos: “Yo quisiera ser un embajador de la alegría, un profesor que enseña el arte de vivir alegre cada día”. Creo que a todos nos gusta la alegría y quisiéramos poder experimentarla y comunicarla constantemente.
“Psicología” es una columna abierta. Puedes participar con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com , o al teléfono 7 63 02 51
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