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lunes, 21 de septiembre de 2020

ESTAMOS CAMBIANDO

Todos hemos vivido en ambientes distintos. Un medio ambiente es algo así como un caldo de cultivo en el que crecemos, tomamos lo que ahí está, y dejamos algo de nosotros. ¿Tomamos todo? Por supuesto que no y sería imposible definir posteriormente con qué nos quedamos y cómo lo hicimos. Una analogía bastante burda sería compararnos con un alimento cocinado en un recipiente con sal u otros condimentos; sigue siendo lo que es pero toma los sabores que encuentra, sin convertirse en ellos. Es decir, no se volverá sal, ajo, tomillo u otras especias. Nuestro primer ambiente fue el útero. De él salimos ya con experiencias: las de mamá. No significa que entendamos lo ocurrido, solo que conocimos cómo es la paz, la alegría, el amor, el miedo, el rencor, el desasosiego o lo que sea que ella vivió mientras nos llevaba dentro. Más tarde, tendemos a volvernos expertos en dichas experiencias y a buscarlas como a lo conocido. Hay personas que viven con una angustia constante aunque no haya un motivo actual para experimentarla. Dicen: “Siempre tengo miedo y no sé a qué”. No es de mucha ayuda saber que así vivieron su gestación, salvo si son capaces de decir desde el alma: “Esta angustia no es mía sino de mi madre. Por amor a ella la he tomado como mía, pero ya no me es útil. Querida mamá, con todo mi amor y con todo mi respeto te la devuelvo y yo quedo libre”. Tuvimos otros ambientes: la familia, la escuela, el vecindario, la televisión, etc., etc., y de ellos también tomamos algo que nos ha hecho como somos. Prácticamente, al llegar a la adolescencia ya teníamos grabados en nuestro cerebro millares de programaciones con mandatos, permisos, tabúes, recetarios de comportamiento, hábitos y costumbres que nos empujaban a vivir en armonía, o en guerra, con los demás y con los acontecimientos. Y ya teníamos una opinión sobre nosotros mismos que rara vez nos preguntamos porque no era consciente ni racional, solo estaba allí. La adolescencia fue la primera oportunidad para modificar lo que nos había sido dado y que adquirimos como una forma de sobrevivencia y casi sin darnos cuenta. El adolescente quiere cambiar al mundo, vivir de una forma diferente a la que aprendió, y es frecuente que desencadene una lucha entre él y los mayores. Algunos autores señalan que es hasta los 40 años que los humanos adquirimos una consciencia más clara de lo que es la vida y podemos hacer cambios reales. Las crisis también son medios ambientes. Suelen ser novedosas y oportunidades estupendas para hacer cambios. Por ejemplo, el confinamiento por la pandemia es novedosa: nadie imaginaba que viviríamos una situación así. Nos influye grandemente y nos fuerza a inventar formas distintas de sobrevivencia y de salud mental. En las crisis, uno cambia o perece. Los humanos luchamos instintivamente por la vida y la felicidad. ¿Qué maneras de ser comunitarias generará esta emergencia que vivimos? No podemos saber, sólo imaginar. La confianza en la creatividad humana puede tranquilizarnos y tal vez incluso alegrarnos de vernos obligados a trascender este tiempo de cambios y ser la generación que aportó a la humanidad no sabemos cuántos descubrimientos y despertares que le hacían falta. “Psicología” es una columna abierta. Puedes participar con ideas, temas, preguntas o sugerencias en psicologa.dolores@gmail.com

martes, 4 de marzo de 2014

LA FELICIDAD


Estuve unos días en Cancún. Vivir la felicidad en un ambiente propicio es sencillo; basta con dejar fuera de la mente todo pensamiento que ocasione estrés y entregarse al presente con un deleite infantil. Cuando la mente no interfiere, y me propuse no dejarla interferir, son los sentidos los que se encargan de proporcionar raudales de gozo: el calorcito propio de la playa, el color turquesa del mar, las olas rompiéndose en el dique, la blancura de la arena, caminar de espaldas al sol, sentir las caricias de la arena en los pies y del agua sobre la piel, escuchar los ruidos de niños y adultos disfrutando del movimiento, mirar la enorme variedad de cuerpos de todos los colores y todas las edades y tipos de trajes de baño que van, vienen, se detienen, se sumergen, se tienden a broncear; los olores y sabores provenientes de la barra, las conversaciones con o sin sentido, el cansancio de un día que termina, la puesta del sol, el anochecer… ¡qué bonita es la playa también de noche, con la luna demasiado joven en el firmamento y pocas nubes para ocultar las estrellas!

Volcarse en el presente da la sensación de que todo perdura, que uno es quien se acerca o aleja, capta o no atiende a lo que allí está. Deseé con todo mi corazón poder vivir así todos los días. No me refiero a estar perpetuamente de vacaciones y rodeada de un ambiente turístico, sino a ser capaz de permanecer en el presente donde quiera que me encuentre, en toda circunstancia; a tomar un libro entre mis manos y entregarme sin tropiezo  la lectura, a despertar con ánimo festivo y prepararme a disfrutar mi día como si fuera el mejor de mi vida, a convivir y conversar con los demás como si ésa fuera la única actividad o la más interesante, porque la felicidad está hoy, en el presente; no allá, cuando consiga esto o aquello, cuando baje de peso, cuando termine mi carrera, cuando me case, cuando tenga un hijo, cuando me vuelva rico, cuando rejuvenezca mi piel… Tampoco está en el pasado, si mis padres que fueron secos conmigo se volvieran tiernos, si mis maestros que no me apreciaron hubieran descubierto que yo era una maravilla, si mi primer beso hubiera sido más romántico…

La felicidad está hoy. Miles de personas, muchas extranjeras, viajan para disfrutar la belleza de Cancún. Mirándolas, yo intentaba imaginar qué cosas danzaban en sus mentes. Muchas no permitían que sus miradas se encontraran con la mía; otras sí, y sonreían. En mi corazón les deseé a todas que disfrutaran del contacto con el agua, el sol, la gente y también se sintieran tan felices como yo, pues todas estaban gastando allí su tiempo y su dinero en busca de algo que tal vez sí, tal vez no, alcanzarían.